CAPÍTULO 3
Durante los días siguientes empezaron a escribirse cada vez más a menudo.
Primero intercambiaron mensajes breves; después, fotografías de lo que tenían alrededor. La pista de hockey, el amanecer desde el puerto, algún local de la zona… Cada conversación parecía durar mucho más de lo previsto y ninguno de los dos parecía dispuesto a terminarla.
Luke era brillante, irónico y curioso. Le hacía preguntas de verdad sobre él.
No le interesaban las estadísticas, los partidos ni la opinión de los expertos.
Quería saber cuál era el primer recuerdo feliz de Aiden, por qué había elegido el hockey, qué canción escuchaba antes de salir al hielo, si es que escuchaba alguna.
Y también qué era lo que de verdad le daba miedo.
Preguntas que nadie había pensado nunca en hacerle. Al menos, no de la misma manera.
Su primer encuentro «oficial» tuvo lugar en un pequeño diner abierto toda la noche, un local escondido entre Beacon Hill y el puerto. Las luces de neón se reflejaban en el asfalto aún mojado por la lluvia.
Entraron casi a la vez, pero durante un momento ninguno habló. Se limitaron a mirarse. En persona, sin el ruido de la música y sin la pantalla de un móvil de por medio, todo era distinto. Quizá porque así estaban de verdad expuestos, sin defensas.
Aiden parecía aún más imponente. La sudadera gris no lograba ocultar su físico atlético, pero era su forma de encoger ligeramente los hombros lo que lo hacía parecer casi vulnerable. Luke lo observó con una sonrisa.
—Sabes… eres mucho menos intimidante de lo que pareces.
Aiden ladeó la cabeza y lo miró con una expresión algo escéptica.
—¿Eso es un cumplido?
—Creo que sí.
Él soltó una risa sincera, envolvente. Luke se dio cuenta de que, cuando reía, se le formaba un pequeño hoyuelo en la mejilla izquierda que le pareció sorprendentemente tierno.
Hablaron hasta el amanecer, casi sin darse cuenta. De música, de sus familias, de Minnesota. También de Italia, donde había nacido el padre de Luke antes de trasladarse a Estados Unidos.
En cierto modo, era como si no quisieran precipitar lo que había entre ellos, pero ninguno de los dos se daba cuenta del tiempo que pasaba.
Y tampoco quería ninguno exponerse demasiado.
Aiden sabía demasiado bien que sería peligroso, sobre todo para él.
No estaba del todo seguro de qué quería Luke ni de por qué lo había buscado.
Lo único que sabía era que no tenía intención de renunciar a aquello.
Así que, desde aquella noche, los encuentros se convirtieron en una costumbre.
Siempre a última hora, siempre lejos de las miradas ajenas.
Boston parecía transformarse después de medianoche: las calles se vaciaban y las luces de las farolas se reflejaban en el río Charles.
El viento traía el olor del agua salada y del café de los locales que aún seguían abiertos.
Caminaban el uno junto al otro sin un destino concreto, hablando de todo. O se quedaban en silencio. Con Luke, aquel silencio nunca resultaba incómodo. Era un espacio en el que Aiden por fin podía respirar, y eso era para él algo casi completamente nuevo, sobre todo desde que estaba en Boston.
Una noche, Luke lo llevó a una pequeña pista de patinaje al aire libre, cerrada al público por labores de mantenimiento.
El encargado, un viejo amigo suyo, les había dejado las llaves y unos patines.
Las luces estaban apagadas; solo unos pocos focos iluminaban el hielo.
Aiden miró a su alrededor, algo desconcertado.
—No me digas que tienes miedo. —Luke lo provocó al tenderle un par de patines.
—Deberías saberlo: yo vivo sobre el hielo —respondió Aiden con una sonrisa.
—Bien, entonces enséñame. En realidad, estamos aquí para eso.
—¿Ah, sí?
—Sí, ya que te tengo a mano, ¡he pensado en aprovecharme! ¿He hecho bien?
Luke se rio de aquella forma atrevida que Aiden encontraba increíblemente atractiva. Pero, pese a sus esfuerzos, resbaló casi de inmediato.
Aiden lo agarró instintivamente de un brazo antes de que cayera y, durante una fracción de segundo, quedaron muy cerca. Luke volvió a reírse, aferrándose a él.
—Creo que mi talento está claramente en otra parte. ¿Tú qué opinas?
—Diría que sí, pero acabas de empezar. No pierdas la esperanza.
Entretanto, sus manos se rozaron mientras Luke intentaba recuperar el equilibrio. Ninguno de los dos las apartó enseguida. Había sido un contacto breve, casi casual. Y, sin embargo, había bastado para acelerarles el pulso a ambos.
Se habían hecho amigos, o quizá algo más. Pero ninguno parecía dispuesto a poner en peligro su relación, tal vez por no perder algo que se estaba volviendo demasiado valioso como para tener que renunciar a ello.
Mientras tanto, en el Guardian Arena, Aiden seguía sorprendiendo a todo el mundo. Marcaba, recorría la pista y recuperaba cada disco con una velocidad increíble.
El entrenador Harris asentía cada vez más a menudo y Rick Donovan parecía satisfecho con los resultados. Probablemente estaba convencido de haber hecho una gran inversión al apostar por él.
—Bien, sigue así. Los patrocinadores empiezan a fijarse en ti, así que procura no echarlo todo a perder.
Sin embargo, aquellas palabras, a las que estaba acostumbrado desde hacía tiempo, tenían ahora un sabor distinto para Aiden.
Porque cada vez que Rick las pronunciaba y empezaba a hablar de proteger su imagen a toda costa, Aiden pensaba en Luke.
En sus paseos nocturnos, en aquellas conversaciones sinceras a las que ya no sabría renunciar.
En la libertad que sentía cuando nadie lo reconocía.
Sobre el hielo siempre había sido dueño de sí mismo. Fuera de él, en cambio, iba perdiendo poco a poco el control de su corazón. Como nunca le había ocurrido antes. Al menos, no de aquella manera.
Una noche de diciembre empezó a nevar con fuerza sobre Boston. Los copos danzaban en el aire, amortiguando el ruido de la ciudad. Aiden y Luke caminaban por la Charles River Esplanade, con las manos metidas en los bolsillos de sus abrigos.
El viento era realmente frío, pero ninguno de los dos parecía notarlo.
—¿Sabes qué es lo que me gusta de ti? —preguntó Luke.
Aiden lo miró, inseguro. Sintió que un leve rubor le subía al rostro, pero intentó parecer seguro de sí mismo.
—¿Qué?
—Cuando por fin dejas de pensar e intentas dejarte llevar.
—¿Pasa tan pocas veces? —En realidad, Aiden ya sabía la respuesta.
—Por desgracia, sí. Pero estás mejorando. Yo no pierdo la esperanza.
—¿Por eso no te importa que nos veamos así?
—Así… —Luke se encogió de hombros y asintió—. Sin ir más allá, como ya habría hecho con otros. No quiero forzarte, Aiden.
Se detuvieron junto a la barandilla que daba al río. La nieve había empezado a posarse en el pelo de ambos, creando un efecto casi mágico. Durante unos instantes se limitaron a quedarse allí, contemplando el reflejo de las luces de los puentes en el agua oscura.
Después Luke se volvió lentamente hacia él.
Sus miradas volvieron a encontrarse, pero permanecieron en silencio.
Aiden sintió que el corazón le latía con fuerza en el pecho, como cuando había conseguido el fichaje por el que tanto había trabajado.
Y, al mismo tiempo, era una sensación completamente distinta, que nunca antes había experimentado con nadie.
Alzó una mano, vacilante, y rozó con los dedos unos copos que habían quedado entre el pelo oscuro de Luke. Él no se apartó. Al contrario, acortó la distancia lo justo para que sus alientos se mezclaran en el aire helado.
—No dejo de decirme que debería mantenerme lejos de ti… —murmuró Aiden con una sonrisa insegura—. Me lo repito cada vez que vuelvo a casa, cada mañana nada más despertarme… Todo el tiempo, en fin.
Luke lo observó con dulzura y entornó los ojos verdes.
—¿Y lo consigues?
Aiden negó apenas con la cabeza.
—Evidentemente no, visto que estoy aquí y que…
Fue Luke quien cerró el último espacio entre ellos, interrumpiendo sus palabras.
Sus labios se encontraron en un beso suave, casi tímido al principio, que fue haciéndose cada vez más profundo, más atrevido.
Aiden respondió con el mismo ímpetu, saboreando su boca y dejándose guiar por el instinto y la emoción del momento.
El mundo pareció reducirse a ellos dos, al aliento que compartían y al calor inesperado que nacía entre ambos pese al frío del invierno.
Cuando se separaron, siguieron cerca, con las frentes casi rozándose.
Ninguno de los dos habló; no hacía falta. Acababan de cruzar aquella delgada frontera más allá de la cual sería imposible volver atrás. Sencillamente, no habían sabido resistirse. Ambos sabían que no sería fácil, pero renunciar ya no era una opción.