CAPÍTULO 2
A la mañana siguiente, el hielo parecía más duro de lo habitual.
El ambiente del Guardian Arena era cortante, impregnado del olor familiar a metal, goma y hielo recién alisado. Las cuchillas de los patines dejaban estelas blancas sobre la superficie perfecta, mientras el golpe seco de los palos y los discos llenaba el pabellón con una precisión casi musical.
Aiden Benson buscaba refugio precisamente allí, porque sabía muy bien que debía resistirse a las tentaciones. Así que, cada vez que su mente intentaba volver a la noche anterior, aumentaba la intensidad del entrenamiento.
Más esprints, más tiros, más contacto. Más esfuerzo físico para tratar de borrar el pensamiento que lo atormentaba cada vez más.
La verdad era que el dolor muscular le resultaba mucho más fácil de soportar que aquello que le oprimía el estómago cada vez que recordaba unos ojos verdes iluminados por las luces de un local.
—¡Benson! —La voz ronca del entrenador Harris retumbó en el pabellón—. ¡Otra vez, no te pares!
Aiden volvió a arrancar sin vacilar. Atravesó el hielo con zancadas potentes, el tronco ligeramente inclinado hacia delante y el disco pegado a la pala del palo. Superó a dos defensas, amagó el tiro y, en el último instante, cambió de dirección y coló el disco bajo el larguero.
Al sonido de la red al tensarse le siguió un breve silencio. Después Neal Cooke silbó, divertido.
—Vaya… ¡Parece que el novato está intentando dejarnos en evidencia! ¡Nada mal, de verdad!
Tyler Evans se rio y le dio un ligero empujón con el hombro.
—¿Qué has desayunado hoy, Benson?
—Lo de siempre, diría yo.
Aiden se encogió de hombros y esbozó una sonrisa.
No podía contar que apenas había dormido cuatro horas.
O quizá incluso menos, a decir verdad. Porque cada vez que cerraba los ojos veía a Luke detrás de aquella mesa de mezclas.
Aquella sonrisa apenas insinuada, aquella mirada que parecía reconocerlo entre cientos de personas.
¡Era absurdo, maldita sea! ¡No tenía sentido!
En el fondo, ni siquiera lo conocía. ¡No podía hacerle sentir aquello!
¡Si ni siquiera había hablado con él! Aunque le habría gustado.
Y, sin embargo, había logrado colarse en sus pensamientos con una facilidad desarmante que Aiden no conseguía explicarse. Solo podía seguir preguntándose si a él le habría pasado lo mismo.
Al otro lado de la ciudad, Luke Moretti había terminado de trabajar poco después de las dos de la madrugada. Los últimos clientes habían ido abandonando el Pulse mientras él desconectaba los auriculares y el controlador con gestos ya automáticos.
—Diría que ayer causaste sensación.
La voz pertenecía a Zoe, la camarera del local y una de sus amigas de mayor confianza. Luke sonrió sin levantar la mirada, intentando ignorar el comentario. Solo había vuelto al local para tomar algo y preparar la siguiente sesión.
—¿Estás de broma? ¿A quién impresioné?
—No te hagas el tonto. —Ella cruzó los brazos y puso los ojos oscuros en blanco—. A ese tío enorme que estaba junto a la barra. No me digas que no te fijaste en él. ¡Es imposible!
Luke soltó una risa suave.
—¡Ah, el jugador de hockey!
—Ese mismo. Te pasaste media noche mirándolo.
—Bueno, quizá porque él también me miraba a mí.
—Exactamente.
—Además, estaba justo en mi línea de visión. ¡No habría podido evitarlo ni aunque hubiera querido!
Luke suspiró, intentando aparentar indiferencia.
No era de los que iban detrás de nadie; nunca lo había sido.
La gente entraba y salía de su vida a la misma velocidad que las canciones que mezclaba, y a él siempre le había parecido bien.
Aprovechar el momento sin profundizar en ningún vínculo, en ninguna relación.
Era la mejor forma de no pasarlo demasiado mal y, al mismo tiempo, no hacer sufrir a nadie.
Pero aquel chico… había algo distinto en él.
No se trataba solo de su atractivo y de su físico imponente.
Tenía en los ojos una melancolía difícil de ignorar que Luke había sabido reconocer, incluso desde lejos.
Era como si se sintiera fuera de lugar y librara una guerra silenciosa que nadie más podía ver.
—Por cierto… he investigado un poco, por si te interesa. —Zoe no parecía dispuesta a rendirse. Cuando se le metía algo en la cabeza, podía llegar a ser realmente cabezota—. No ha sido difícil. Se llama Aiden Benson.
—Vale, gracias por la información. En fin, ¡será mejor que me vaya! —Luke se levantó del taburete, le guiñó un ojo y se pasó una mano por el pelo—. Nos vemos pronto, Zoe.
Al salir del local, sacó el móvil y buscó el perfil oficial del Pulse. Entre las historias publicadas durante la noche había una fotografía del público. La amplió y vio que, al fondo, casi escondido entre la multitud, había un chico al que reconoció al instante.
Le bastaron unos minutos de búsqueda. Zoe tenía razón: era él, Aiden Benson. Así, además del nombre, descubrió su equipo y, después, también su perfil.
Vaciló unos segundos, luego sonrió y se decidió a escribir. Era una locura, lo sabía. Pero le apetecía dejarse llevar por el instinto.
«Anoche preferiste mirar la mesa de mezclas en lugar de bailar. ¿O me equivoco?».
Pulsó enviar con un suspiro. Después, al pensarlo mejor, se dio cuenta de que el mensaje era bastante tonto, pero ya estaba hecho. Bien podía probar suerte.
¿Qué tenía que perder?
El mensaje llegó en plena sesión de vídeo. El móvil de Aiden vibró en el bolsillo del chándal. Lo notó, pero no lo miró de inmediato. No lo hizo hasta una hora después, cuando regresó al vestuario.
Al leer el nombre del remitente, el corazón le dio un vuelco.
Luke Moretti.
Releyó el mensaje al menos cinco veces y se quedó mirando fijamente el móvil. Tyler se asomó por detrás de su hombro.
—¿Se puede saber quién es?
Aiden bloqueó enseguida la pantalla y guardó el teléfono.
—Nadie.
Tyler soltó una carcajada y le dio un empujón con el hombro.
—Con esa cara de estar en las nubes, no puede ser «nadie». ¿Alguna nueva conquista?
—Entonces digamos que es alguien que no te incumbe —respondió Aiden entre risas—. ¿Mejor así, Ty?
—¡Vale, vale! —Ty asintió, alzó las manos y le lanzó una mirada inquisitiva—. Pero lo averiguaré, tranquilo. ¡A mí no se me escapa nada!
La respuesta llegó diez minutos después, cuando Aiden por fin pudo volver a sacar el móvil sin nadie alrededor.
«Me has pillado, no sé bailar».
Tres puntitos aparecieron casi de inmediato.
«Entonces tendré que encontrar algo que se te dé mejor».
Aiden se rio a solas. Era una sensación nueva e inesperada. Por primera vez desde que había llegado a Boston, no estaba pensando única y exclusivamente en el hockey. Y darse cuenta de ello lo hizo sentirse inexplicablemente ligero.