CAPÍTULO 1
La casa de los Benson se encontraba a las afueras de Duluth, en una calle tranquila rodeada de pinos y pequeños lagos.
Su padre, Wayne, antiguo carpintero, fue el primero en abrazarlo al enterarse de la noticia. Corpulento, callado y poco dado a mostrar sus emociones, le dio una palmada en la espalda que valía más que mil palabras.
—¡Lo has conseguido! Ahora demuestra que te lo mereces.
Su madre, Sarah, ya tenía los ojos húmedos. Su hermana pequeña, Maya, prácticamente se le echó encima.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que lo conseguirías!
Se reía como una niña. Era la única persona ante la que Aiden conseguía bajar todas sus defensas. Conocía cada uno de sus miedos, incluso los que no tenían que ver con el hockey. Sabía lo que sentía de verdad y lo que, hasta entonces, se había visto obligado a ocultar al resto del mundo.
Cuando se quedaron solos en la cocina, Maya le pasó una taza de café.
—Ya tienes esa cara.
Aiden esbozó una sonrisa.
—¿Qué cara?
—La que pones cuando le das demasiadas vueltas a todo.
Él suspiró y se mordisqueó el labio inferior.
—¿Y si no soy lo bastante bueno?
—Llevas los últimos quince años preparándote para este momento, Aiden. —Le dio un suave golpecito en el hombro—. Ahora intenta también disfrutarlo, sin preocuparte tanto. ¡Irá bien, estoy segura!
Boston lo recibió con un viento salobre procedente del puerto y el perfil de sus edificios iluminado por el sol de última hora de la tarde. Era una ciudad completamente distinta de Minnesota, más rápida y ruidosa. Quizá también más viva.
Entre los rascacielos de cristal, los edificios de ladrillo rojo y las calles recorridas por estudiantes, profesionales y turistas, Aiden tuvo la sensación de haber llegado a un lugar donde nadie se detenía nunca.
El Guardian Arena, en cambio, parecía una catedral. Al entrar en los vestuarios, respiró el olor inconfundible a goma, metal, cuero y hielo.
Era su hogar. O al menos esperaba que llegara a serlo. Los demás jugadores iban llegando en pequeños grupos. Algunos reían, otros bromeaban y lo observaban con la curiosidad reservada a los recién llegados.
—¿Benson?
Aiden se volvió. Ante él apareció un hombre de casi cuarenta años, con la barba cuidada y una sonrisa abierta.
—Soy Neal Cooke, el capitán. —Su apretón de manos fue firme—. Bienvenido al infierno.
—¿Tan malo es? —preguntó Aiden entre risas.
—Peor. —Neal le dio una palmada en el hombro—. Pero, si sobrevives aquí, te garantizo que puedes sobrevivir en cualquier parte.
Su tono era relajado, pero sus ojos revelaban una inteligencia atenta. Aiden comprendió que era uno de esos líderes que no necesitaban alzar la voz para hacerse escuchar. Su carisma y su forma de mantener a raya al resto del equipo eran más que suficientes.
Poco después llegó Tyler Evans. Veintitrés años, el pelo rubio revuelto y una energía incontenible.
—¿Tú eres el que marcó treinta y dos goles en la AHL?
—Treinta y uno, en realidad.
—Ah. ¡Entonces eres casi famoso!
Aiden soltó una carcajada. Era la primera vez en días que conseguía relajarse un poco.
El ambiente cambió en cuanto entró el entrenador Michael Harris. Rondaba los sesenta años, tenía el pelo gris y la mandíbula dura. Una mirada capaz de intimidar a todo un equipo sin decir una palabra.
Tras él aparecieron varios directivos y el director deportivo tomó la palabra.
—Bienvenidos a los Boston Guardians.
En la gran pantalla aparecieron imágenes de las victorias de la franquicia. La Stanley Cup, las ovaciones, las banderas. Después desaparecieron las imágenes y el tono de la reunión cambió.
—Aquí el talento, por sí solo, no basta. Desde hoy representáis a esta organización las veinticuatro horas del día.
Otro de los directivos empezó a enumerar las normas, una tras otra. Nada de peleas, nada de abusar del alcohol, nada de declaraciones impulsivas. Máxima prudencia en las redes sociales y respeto absoluto al código disciplinario.
—Se observará todo lo que hagáis. —La frase quedó suspendida en el aire, pero había sido pronunciada para golpear sin piedad y quedar grabada en sus mentes—. Los aficionados os observan, los patrocinadores os observan, la prensa os observa. Nosotros os observamos.
Aiden sintió que se le encogía el estómago. Siempre había pensado que lo difícil era llegar hasta allí, pero quizá se había equivocado. Lo difícil empezaba justo entonces.
Al terminar la reunión, una figura elegante le indicó que lo siguiera. Era Rick Donovan, su agente. Vestía un impecable traje azul y llevaba en la muñeca un reloj que probablemente valía lo mismo que un coche. Le había dedicado una sonrisa demasiado perfecta, casi artificial.
Entraron en un despacho privado, donde Rick se acomodó sin quitarse la chaqueta.
—¿Sabes por qué estás aquí?
—Para jugar —respondió Aiden de inmediato, por puro impulso. Pero para él esa era la verdad.
—No. —Rick sonrió con una expresión cínica que Aiden prefirió ignorar. Hizo una pausa—. Estás aquí porque eres una inversión.
Aquellas palabras golpearon a Aiden con más fuerza que un puñetazo en el estómago. Y quizá le dolieron aún más.
—Los Guardians han invertido en ti. Los patrocinadores han invertido en ti. Y yo también he invertido en ti. —Se inclinó ligeramente hacia delante—. Así que no puedes permitirte errores. ¿Me he explicado?
Aiden asintió con firmeza, pero no se atrevió a replicar. Además, era evidente que Rick aún no había terminado con él.
—Nada de peleas.
—Claro.
—Nada de fotos comprometedoras, de ningún tipo.
—De acuerdo.
—Evita relaciones que puedan convertirse en un problema mediático. Serían tu ruina.
Aquella frase se le quedó grabada. Pero Rick aún no había acabado.
—Durante los próximos meses vivirás solo para el hockey. Es todo lo que necesitas.
Aiden bajó la mirada. Era exactamente lo que siempre había hecho para lograr su sueño. Sin embargo, por algún motivo, aquellas palabras le parecieron más pesadas de lo habitual. Tanto que le hicieron sentir una opresión que nunca había experimentado.
Tras una semana de entrenamientos agotadores, Tyler llamó a la puerta de su piso.
—¡Eh, Benson! Esta noche salimos.
—Mañana tenemos entrenamiento, Ty. No creo que…
—¡Precisamente, necesitamos despejarnos un poco! —lo interrumpió Tyler, entusiasmado.
Aiden cruzó los brazos.
—Yo no bebo, ya lo sabes.
—Nadie te ha pedido que te emborraches. Además, esta noche pincha Luke Moretti. ¡No podemos perdérnoslo! ¡Ese tío es un fenómeno!
Neal apareció detrás del joven.
—Ven solo un par de horas, ya verás que no te hace ningún mal. De hecho, de vez en cuando viene bien ver el mundo sin un casco delante de los ojos. ¡Mañana rendirás aún más!
Aiden vaciló y acabó cediendo. En el fondo, Tyler y Neal tenían toda la razón: necesitaba ver un poco del mundo exterior para concentrarse todavía más en el sueño que estaba a punto de hacer realidad.
El local se llamaba Pulse. Por fuera parecía una vieja nave industrial, pero por dentro era un universo completamente distinto.
Las luces azules y violetas cruzaban la pista como olas.
El aire vibraba al ritmo de los graves y el aroma de los cócteles se mezclaba con el de la madera pulida y los perfumes caros.
La música estaba tan alta que parecía atravesarle el pecho.
Aiden se sentía completamente fuera de lugar; todo era demasiado estridente, demasiado intenso para él. O quizá era él quien estaba demasiado acostumbrado al silencio y a la tranquilidad.
—¡Relájate! —gritó Tyler—. No estés tan tenso, aquí nadie te está juzgando. ¡Al menos esta noche!
Aiden recordó los discursos de los directivos. ¿De verdad nadie lo estaba juzgando? No estaba tan seguro. Apoyó los codos en la barra y pidió tan solo un agua con gas.
Fue entonces cuando todo cambió a su alrededor. Un haz de luz blanca iluminó la mesa de mezclas y el local entero estalló en aplausos.
El DJ del que Tyler había hablado con tanto entusiasmo acababa de subir al escenario. Aiden levantó la mirada distraídamente y le lanzó una ojeada casi aburrida. Después dejó de respirar.
Luke Moretti se movía detrás de la mesa de mezclas con una naturalidad casi hipnótica.
Llevaba una camisa azul oscuro con las mangas remangadas hasta los antebrazos, dejando a la vista tatuajes de líneas elegantes que recorrían su piel.
El pelo oscuro, ligeramente ondulado, le caía sobre la frente mientras ajustaba el mezclador con gestos precisos y fluidos.
No necesitaba llamar la atención. La atención era suya. Sonreía a la multitud como si conociera a todas las personas del local. Cuando levantaba una mano, cientos de personas lo seguían, imitándolo. Cuando bajaba el ritmo, toda la sala parecía contener el aliento con él.
Era increíble. Un fenómeno, como lo había definido Tyler. Tenía seguridad, carisma y una sensación de libertad que Aiden nunca había conocido. Es más, era justo lo contrario de todo aquello en lo que Aiden se había visto obligado a convertirse.
Como guiado por un instinto inexplicable, Luke alzó la mirada de la mesa de mezclas en su dirección y sus ojos se encontraron.
Por un instante, el ruido del local pareció desvanecerse. Aiden se quedó inmóvil y Luke ladeó ligeramente la cabeza, como si sintiera curiosidad. No había arrogancia en su mirada, solo una chispa de interés, quizá una invitación silenciosa.
Aiden sintió que el corazón se le aceleraba de una forma completamente distinta a cuando pisaba el hielo. Era una sensación embriagadora, peligrosa. Y, al mismo tiempo, imposible de ignorar.
Desde el otro lado de la sala, Luke esbozó una sonrisa apenas perceptible, como si fuera un secreto compartido entre dos desconocidos. Después volvió a concentrarse en la música. Pero, durante el resto de la noche, ninguno de los dos pudo seguir fingiendo que el otro no existía.