Capítulo 71
L a siguiente vez que mis ojos volvieron a ver, nos encontrábamos frente a una mansión en las afueras.
Era sumamente grande y lujosa, simplemente en su exterior se notaba su gran belleza.
Tenía una entrada doble y enrejada muy característica, una fuente frente a la puerta y grandes jardines.
Tendría aproximadamente unos tres pisos y quizás unos ochocientos metros cuadrados.
Inmediatamente al llegar, Esmeralda y Keita se acercaron a nosotros, quienes, al parecer, ya estaban allí con anterioridad y sin entradas triunfales.
Ambos saludan cordialmente agachando la cabeza y con motivación en la mirada.
—De eso me encargaré yo —rectifica Ahron.
—Saldremos de ahí con tres almas salvadas —específica Celestino.
Mientras que todos asienten.
Y así, en un dos por tres, todos nos encontrábamos en el recibidor de la sala, parados en fila.
La primera persona que vimos aparecer en la casa, fue Catalina, la dueña y señora de la mansión, la pelirroja a quien tanto había despreciado y que tanto me había hecho dudar con su historia.
La mujer nos observa con una mirada atónita, confundida.
Pero poco a poco esa ingenua mirada se transformó por una retorcida y amplia sonrisa.
Sus ojos se endurecieron y sus ropas empezaron a caer de una manera ligeramente aterradora.
En un instante su cara se empezó a deformar, hasta mostrar al verdadero monstruo oculto tras de ella: Gabino.
—¿Me extrañaste pequeña? —pregunta con soberbia aquel esbelto demonio de ojos grises.
—Moría de ansias por verte —respondí en el mismo tono, siguiendo el juego.
—Siempre fue una de tus características —afirma sarcástico—. Por suerte esta vez te estaba esperando con la mesa puesta, pero jamás imaginé que trajeras tantos invitados amor.
—Oh, no te preocupes. Ninguno de ellos ha venido para quedarse, será una visita corta —afirmé con audacia.
—Mmm, ¿en serio? —continúa— me atrevería a decir que la de ellos sí, pero quizás la tuya no tanto mi pequeña e inocente, Iroda. Preparé muy bien la cena como para que vuelvas a salir por esa puerta.
—Para tu desgracia no tengo hambre.
Él finalmente me dedicó una sonrisa triunfal, perfectamente blanca y alineada, quien diría que podría haber tanto mal en un rostro que parecía tallado por los mismos ángeles. Pero lucifer siempre fue el ángel más bello, por que no podrían serlo sus falsos seguidores.
—¿Y tú cómo estás, hermanito? —le habla esta vez a Celestino—. Veo que por algún motivo siempre nos ha gustado estar enfrentados, tan distintas pudieron ser las cosas.
—Así es... pudieron ser muy distintas, y quizás algún día lo sean, pero aquí en la tierra no tienes salvación, tú no estás comandado por el mal, tú te has unido a el en la mejor de las voluntades —le responde Celestino a su viejo hermano.
—Yo no te molesto, si tu no me molestas —replica con un tono intolerante de su alter ego.
—Yo no te molesto, mientras tú no cruces límites —responde mi guía.
Él ríe con su habitual mirada maquiavélica...
—Me encantaría preguntar, ¿a qué han venido? que los ha llamado a entrar en la cueva del lobo —nos consulta a todos, mirándonos uno a uno—. Sin dudas la respuesta me resultará sumamente divertida.
—Hemos venido por Thomas y no nos iremos sin él —respondí.
—Pero preciosa, me moría de ganas de escuchar eso salir de tus labios —dice en una burla—. Hace tanto tiempo que sé de esas ideas en tu pequeña mente —me asegura—. A tu hermano ya deberías darlo por muerto hace mucho, pero en esta casa, debo decirte que ahora, está incluso más vivo que tú.
—Quiero verlo —exigí, ignorando sus despiadadas palabras.
—Tus deseos son órdenes, pequeña, y sin duda el incapaz indio miserable también se muere por ver el niño a quien abandonó —dijo en tono despectivo refiriéndose a Ahron, a quien se podía notar a kilómetros como no había logrado moverle ni un solo cabello—.
¡CATALINA! —grita de una manera descomunal el supuesto demonio— ya bajará...
es que, no esperaba escuchar mi voz después de tanto.
—Te veo muy seguro de lo que dices, pequeño insecto de Satán —expresa Cristopher notablemente tranquilo.
Todos sabíamos que mientras antes estuvieran todos en la sala y comenzará el desenlace, antes sería el éxodo.
De un modo u otro tenía razón, la real Catalina estaba asomándose por el balcón de la escalera con una mirada verdaderamente atónita, nos observó a todos uno por uno.
Pero verdaderamente ella distaba mucho de la mujer esbelta de la foto, se le veía una mujer en extremo delgada, con la piel apagada y los ojos tristes, demacrados.
Tras de ella se asomaba un chico delgado y bastante pálido, con el cabello en tonos chocolate ligeramente caído en su rostro, lo reconocí de inmediato.
Era Thomas, mi Thomas, mucho más alto y grande, con sus marcadas facciones, pero con ojos apagados y carentes de felicidad, a pesar de sus vivaces colores.
Verlo nuevamente removió mi alma, mis ojos y mis recuerdos.
Aunque, así como lo observaba erguido y sumamente confundido, lo vi desvanecer en los suelos, tal y cual como si cada hueso de su cuerpo hubiese imitado la gelatina.
Ahron lo había dormido para mantenerlo inconsciente de su desgracia, para mantener pura su mente aun en la miseria de esta cárcel.
La mujer de inmediato se acercó a él con preocupación, para cerciorarse de que permaneciera respirando.
—Solo está dormido —anuncia Ahron. El único quien le puede proporcionar un sueño tan sano y momentáneamente permanente.
Gabino lo observa con odio.
—Pues ahí esta tu querido hermano —señala a Thomas el susodicho—. Y bueno, su despiadada captora —pronuncia con burla.
—No te confundas Gabino, bien he sabido aprender quién es mi enemigo en esta sala —le dejé en claro con audacia.
—Te sigo viendo bastante arisca preciosa, deberías ya de saber que tus amigos cerca —pronuncia amigos mientras señala a todos aquellos quienes están conmigo— y los enemigos más. —Termina por señalarse a él.
—Está soñando si cree que podrá con todos nosotros usted solo —advierte Ahron.
—Y si acaso piensa, antigua serpiente, que nosotros hemos bajado de los cielos, con miedo a un simple atormentado terrenal, se encuentra a lo sumo bastante equivocado. —Esta vez es Esmeralda, la señora del silencio, quien lo previene del desenlace.
—Mis pequeños angelitos, yo sé muy bien que ustedes saben que un ser como yo, no trabaja solo. ¿O acaso mi pobre Iroda no eres consciente de eso? —Gabino pronunció cada palabra con inmensa tranquilidad, la típica sorna en su voz era eternamente presente.
Poco a poco, distintos y variados seres se le fueron sumando por detrás.
En total quizás serían unos seis seres de su tamaño, y quizás otros seis de un tamaño menor y apariencia retorcida.
Se notaba a distancia que no representaban lo mismo, los que se pararon tras de Gabino eran como él, eran eruditos por su belleza, eran seres que parecían pulidos por los mismos dioses, dos de ellos eran mujeres hermosas y los otros tres, eran hombres altos, musculosos y delicados.
Pero en cambio, los otros seis seres, que se encontraban algo más atrás y en los laterales, eran terroríficos.
Tres de ellos eran casi sombras, una de ellas alargada y otra más pequeña, su similitud humana era presente, pero sin duda no eran espíritus, no enteros al menos.
En cambio, los otros tres, si se veían como personas, como personas grises y apagadas, con sonrisas tétricas, sin duda hacían alusión a todo aquello que los niños temen.
Sin embargo, no me causaban ni una pizca de terror, porque su insignificancia, era más que enceguecedora.
—¿Qué es todo esto...? —pregunta Catalina con bajo tono de voz y mirada aterrada, mientras baja las escaleras.
Su marido apareció caminando por detrás, se detuvo un momento a ver a Thomas, pero la escena en la sala de recibidor colmó su vista y su mente.
—¿Te aterra verdad? —le pregunta Celestino con suavidad—. Te causa pavor ver y pensar que tu eternidad está condenada a esto —prosigue ya con énfasis.
Ella al verlo, al mirarnos a todos, al reconocerme a mí, se desploma a llorar en el piso.
Diciendo una y otra vez, que ella no sabía, que jamás imaginó, que nunca entendió que tan grave sería, que se arrepiente, y que ahora es muy tarde; cada palabra, era un grito de ayuda y perdón.
Todos nosotros la observamos, quizás algunos con más pena que otros, o quizás yo en mi humanidad me compadecía de ella de otro modo, sin embargo, aquellos que estaban por arriba, no lo veían tan grave.
—Nunca es muy tarde para aquel que se arrepiente, para aquel que sufre por el mal que causó en carne propia, nunca es tarde para aquel que fue ignorante y hoy pide misericordia. —Le enuncia Celestino acercándose y arrodillándose a su nivel, mirándola a los ojos.
Con una mano toca su frente, y una luz deja marcada en ella, casi como una mancha. La mujer lo observa aún en llanto.
—Cuando salgamos de aquí, tu alma estará tan salvada, como la vida de ese niño —notifica Esmeralda con una sonrisa—.
Y la de usted señor —pronuncia al ver a aquel hombre a quien se le caían las lágrimas y parecía encontrarse al borde del infarto—.
Pagarán en vida por los crímenes, pero sus almas serán libres.
Gabino, nos observó a cada momento con una sonrisa estampada en sus labios, al parecer su maldad y su ego eran igual de fuertes.
Pero tuve que pestañar dos veces, para ver el hilo negro que los unía a él, que unía a mi hermano, Catalina y aquel señor Fernando.
Ese pequeño detalle del cual seguro los demás eran conscientes, ese pacto que había impedido la situación durante años, esa unión macabra que había hecho este ser.
En ese momento fui consciente, de que era realmente en lo que debía enfocarme, y que debería hacer para llevarme a mi hermano.
Pero en ese instante Cristopher da un paso al frente, y me dice suavemente: