Más allá de nuestros ojos Capítulo 66
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Capítulo 66

dimensión alterna.

U na brisa fresca nos sacudió, y un llamativo olor salado llegó a mis sentidos.

El lejano cantar de algunas gaviotas fue lo que finalmente me hizo caer sobre mis pies y abrir mis ojos.

Nos encontrábamos en la mitad del océano, parados sobre una estructura de madera flotante, bastante grande, a decir verdad.

Mientras tanto, la ninfa nos había traído hasta aquí, se encontraba flotando sobre el agua de pie.

—¿Qué hacemos aquí? —le cuestiona Maximiliano.

—Ya veo, que como a toda ninfa te encantan los juegos —manifiesta Celestino.

—Al contrario, mi querido ángel, tu bien sabes que todo tiene una manera —le responde tranquila.

—Y entonces, ¿ahora qué sigue?, ¿cómo nos guiarás hasta el monte Sinaí? —decidí ir al grano.

Era evidente que la respuesta no aparecería sola.

—Nos encontramos en una fosa oceánica, intercedida por la dimensión alterna, la respuesta a su pregunta, se encuentra bajo sus pies —la ninfa nos confiesa nuestro verdadero desenlace mientras señala la profundidad—.

Solo la humana más joven, será quien podrá recopilar el elixir que los llevará en un viaje hacia el sagrado Monte Sinaí.

Muy pocos en este mundo han tenido la posibilidad de tener comunicación directa con la aprobación celestial, generalmente siempre se da por ángeles intermediarios, o porque el mismo poder supremo convoca a los mortales.

Pero el destino es curioso, y para almas humanas como la tuya Iroda, las fuerzas de la naturaleza, han colocado reservas bien protegidas en distintos rincones del mundo, la que te toca a ti, está en manos de las ninfas marinas y los tritones.

—¿Y cómo se supone que llegaré hasta ahí? —le cuestioné observando la oscuridad del océano.

—Las ninfas oceánicas te guiarán, te llevarán hasta la ubicación del elixir y te traerán de regreso, ellas te darán la posibilidad temporal de respirar.

—Yo iré con ella —afirma Celestino, saltando tras de mí.

—He dicho, que solo bajará la humana más joven, la humana conectora de la misión —remarca Berenice.

—Pero yo sigo siendo su protector, su custodio, y no hay fuerza natural en la tierra que pueda dar orden de alejarme.

Ella calla, y observa no muy conforme.

—Bajaras, pero no intervendrás —ordena la ninfa con firmeza.

Permanezco en silencio, observando la inmensidad del océano, pensando en que debería, por primera vez, arrojarme a un mundo oscuro e incierto. Por un momento volteo, y veo como todos me observan, Celestino se acerca a mí, y musita en mi oído:

—Tú puedes, de todo lo que hemos hecho y deberemos hacer... esto es a lo que menos deberías temer.

Yo le sonrío, sus palabras me tranquilizan. Incluso saber que bajaría conmigo, ya era una gran tranquilidad para mí. El miedo era casi inexistente con él a mi lado.

—Si es tan sencillo, ¿por qué insististe en ir conmigo? —le cuestioné con motivos.

—Es mi deber —termina por decir con una cálida sonrisa, aún cerca de mí.

Quería creer que solo era así, que era solo saltar al vacío.

De igual manera, quizás por inercia, decidí voltearme hacia mi amigo Max, y abrazarlo con fuerzas, abrazar a mi amigo confundido, ese amigo que estuvo conmigo en las buenas y en las peores, ese amigo que puso su existencia en una cuerda por mí y por lo que considera correcto, ese amigo imperfectamente humano, que se ha comportado mejor que cualquiera.

—Todo saldrá bien, amore —murmura mi amigo— ya estamos en las últimas —me sujeta por los hombros y me sonríe.

Le agarré por última vez la mano, mientras también sujeté la de Isabelina y les sonreí, en las miradas de ambos pude ver todo su apoyo. Me doy vuelta, miro hacia el frente y me coloco en el borde de la tabla junto con Celestino. Busqué su mano, y la sujeté como si fuera mi ancla.

—Salta y te encontrarás con la resolución —me informa por última vez la ninfa.

Tomé dos pasos de distancia, y salté. Me arroje como si fuera a nadar un rato, pero sin la intención de salir a la superficie.

Celestino, sin siquiera casi perturbar el agua, cayó tras de mí.

Abrí los ojos y lo vi, sin duda ver su blanca piel y ojos celestes bajo el mar, era majestuoso, sus cabellos dorados se movían al vaivén del agua, como si fuera una fantasía.

En la superficie el sol nos iluminaba, pero se notaba con claridad, como poco más abajo, el agua oceánica no resultaba tan cristalina.

En un segundo, pude apreciar a una mujer de cabellos largos y castaños flotando a un lado de mí; sus ojos eran de un extraño y sumamente intenso color rubí, su piel era pálida y brillante, con algunas tonalidades diversas en algunas zonas de su cuerpo, sus piernas eran extrañamente confusas, pero a mi sorpresa no tenía cola de sirena.

Lo que tampoco tenía, era ni una sola prenda en todo su cuerpo.

Antes de que pudiera pensarlo, se acerca a mí, quizás más de lo que me gustaría, y me da un beso en la nariz.

De inmediato, el aire vuelve a mi cuerpo, vuelvo a respirar, tal y cual como si estuviera en la tierra, realmente si lo tuviera que explicar me resultaría imposible, pero el agua se volvió ajena a mi aparato respiratorio.

De inmediato, ella retrocede, y nos señala que la sigamos.

Yo avanzo tras de ella, y Celestino tras de mí.

Nadábamos cada vez más a la profundidad, los peces eran cada vez más presentes, incluso algunas anémonas, y algas.

Pero cuando llegamos al primer suelo, había múltiples corales de colores, animales extraños de los cuales desconozco el nombre, incluso pequeños pececitos de colores, las flores marinas decoraban el ambiente.

Pero luego de eso, se encontraba la fosa en un lateral, se divisaba a simple vista oscura como la noche.

A pesar de eso y con más dificultad la seguimos, para nuestra extrañeza, nuestros cuerpos irradiaban una luz a nuestros costados al igual que la ninfa, logrando un mayor campo de visión, aunque me imaginaba que seguramente ella tenía un más visible el camino.

Ya íbamos varios minutos nadando por las profundidades, divisando aún algunos extraños animales luminiscentes, hasta que nos encontramos con uno de los laterales de la fosa, la ninfa se detuvo, junto a una gran pared de roca.

La cual, para nuestro desconcierto, tenía una insólita perilla bastante oxidada y antigua, la ninfa la gira, dando paso a la apertura de una puerta de piedra camuflada, ella observa hacia el interior, y nos da paso para que entremos por el lumínico pasillo, que se encontraba recubierto por cristales blanquecinos.

Así que poco a poco nos adentramos en él, encontrándonos con una sala, la cual tenía pisos de cristal pulido, paredes de roca lisa con matices de gris y rosa; y distintas perlas y cristales adornando los laterales.

Al final de la habitación, se encontraba una mesa con solo un frasco en el medio, incrustado, mientras que en la última pared, se apreciaba una cruz.

Di por hecho de inmediato que ese era el elixir que nos llevaría a nuestro destino, por ende, velozmente me acerqué hasta ahí para sujetarlo.

Pero mis planes se vieron interrumpidos cuando, la misma puerta que nos permitió ingresar hasta allí se cerró bruscamente y el agua se disipó.

Justo frente a mí apareció una mujer de cabellos rojos, bastante menuda y de pequeña estatura, ella sujetaba el elixir por detrás.

—Iroda, yo soy Diametra, protectora de cada uno de estos frascos bajo el mundo oceánico —comienza a relatar la pequeña mujer—.

Este te corresponde a ti y a los tuyos, el deber que recae sobre ustedes es protegerlo, tiene más de una función en el mundo mortal, te lo confiero a ti gracias a quienes te rodean.

Lo único que te pediré a cambio, será que cuando su función haya culminado para ti, lo rompas y lo arrojes al océano, se desintegrará, y volverá a mí —cada una de sus palabras es lenta y pausada—.

Este elixir cumplirá su función, esparciendo nueve gotas por tu cuerpo, pero no te preocupes, ya sabrán los tuyos como usarlo.

—Diametra, no tenga duda de que cumpliré con su pedido —le respondí algo anonadada, después de saber el peso de la situación. Su hablar pausado, y el tono melodioso de su voz, solo le daba más simbolismo a su presencia.

—Lo sé, lumini, dicho esto, es tuyo. —Termina de decir eso para levantar dicho frasco.

Lo toma en sus manos y comienza a acercarse hacia mí, para finalmente y a distancia entregármelo.

—Mucha suerte —me desea la mujer, cuando ya lo había colocado entre mis manos.

Sin retirar su vista de mí, el agua se vuelve a hacer presente en la habitación, casi de forma instantánea, para que la puerta vuelva a abrirse, y junto con eso, ella desaparece. Finalmente, habíamos cumplido nuestra misión bajo el océano.