Capítulo 65 #2
—Y la pregunta finalmente es... ¿Cómo y quién nos llevará a esa aprobación? —pregunté luego de unos segundos de pensamientos—. Quizás yo no sepa demasiado de historia, pero sé que la ubicación real de ese monte es bíblica y desconocida.
—No te preocupes, Iroda, no llegaremos ahí caminando —habla Cristopher—. Nos darán la entrada.
—¿Quién nos dará la entrada?
—Daremos nueve vueltas a mano derecha por el Jardín, al finalizar las nueve vueltas, daremos tres medias vueltas sobre nosotros mismos estando de la mano, y se presentarán ante nosotros todas las posibles deidades, ninfas o seres, que seguramente ahora se encuentran deambulando por aquí.
—Pero, si acaso aquí hay seres como ustedes, ¿no se supone que los estaríamos viendo?
—Realmente no, no son como nosotros. Son seres de las fuerzas de la naturaleza, seres feéricos, o en caso de ser Celestiales, son demasiado poderosos, se encuentran en sus asuntos, habitan en una dimensión media entre la tierra y otros planos de existencia —me responde Celestino.
—¿Ellos son más capaces de llegar al monte Sinaí, que los mismísimos ángeles? —Interviene mi amigo.
—Para ustedes que son humanos, afirmativamente. Ustedes pertenecen a las fuerzas terrenales, y sólo ellas los guiarán hasta un lugar divino oculto aquí entre la tierra y la media dimensión.
A veces uno piensa que sabe a lo que se enfrenta, piensa que después de descubrir tanto, ya no queda nada por saber.
Uno cree que al ser tan ignorante del mundo que habita, al ver un abanico abierto frente a sus ojos, sabe todo lo que debería saber, todo lo que necesitaría saber.
Pero afirmativamente a los humanos nos hace falta darnos cuenta de lo pequeños que somos al lado de todo lo que nos rodea, darnos cuenta de lo limitados que son nuestros pensamientos y creencias al lado de lo que podría haber más allá o quizás, más acá.
Al menos, afirmaría que es la realidad de la mayoría de nosotros.
—Ahora que ya todos sabemos lo que sigue —interrumpe Keita nuestros pensamientos—. Nos tomaremos de las manos y daremos las nueve vueltas.
Y bajo esa dichosa primicia, todos nos tomamos de las manos, ángeles con humanos, en una corta y extraña travesía.
Quién pudiera imaginar, la última vez que tomaste la mano de alguien, la última vez que de pequeño tomaste la mano de tus pequeños compañeritos, que hoy, estarías tomando la mano, de un grupo de seres, que te guiarían al desenlace de tu vida.
Sin duda la vida está llena de gestos pequeños, que solo se vuelven trascendentales, al lado de las personas correctas.
A esas horas del mediodía, en Jerusalén, como en la mayoría de los rincones de la tierra, el sol se encontraba en su máxima posición, los rayos del sol eran capaces de atravesar el ramaje, y golpear contra nuestros cuerpos, aportando vitamina D a nuestras vivaces células.
Ya nos tocaba la tercera vuelta, a un paso lento, firme y sincronizado, si acaso alguien nos viera, pareciera que estuviéramos danzando, en algún extraño ritual.
Y quizás, así era, sin pensar que fuera una danza o sin acaso razonar que verdaderamente nos encontrábamos en un ritual.
Nuestras conectadas almas, con escasas explicaciones, supieron ponerse en sincronía, por un fin común, un fin lleno de sentimientos en cada uno de nuestros corazones, pero muy diverso en cada una de nuestras mentes, unidos por una causa a defender.
Cada una de nuestras mentes gritaba más de mil palabras, cada una de nuestras mentes profesaba mil ideas, pero nuestras cuerdas vocales callaban, callaban en la pendiente de la duda.
Porque la duda, a pesar de muchas creencias, no radica solo en los conocimientos o la ignorancia, sino en las posibilidades.
Podría afirmar, que cuando de trances se habla, el tiempo es transportado a otra dimensión, porque se vuelve imposible diferenciar las horas de los segundos, algunos podrían decir que han pasado quizás cinco horas en nuestra caminata, pero realmente, quizás solo han pasado cinco instantes, uno por vuelta, uno por respiración, uno por rezo.
Pero el instante más largo, fue el último, un instante sorpresivo e intermitente, un instante, cuando el primero de nuestra fila, colocó un pie en el mismo lugar de la partida, en la mismísima quinta vuelta del jardín.
En ese instante el silencio se volvió denso, pesado, luminoso, la blancura se apoderó de nuestro alrededor por lo que al parecer fue un minuto, nuestros pies dejaron de tocar la tierra, y volvieron a caer abruptamente en el suelo.
El instante terminó, dando comienzo a uno nuevo, donde la dimensión intermedia apareció ante nuestros ojos.
No hizo falta pestañear para notar que nos encontrábamos en el mismo lugar, pero verdaderamente parecía el mismo en otra época.
La dimensión intermedia le brindaba un toque brillante, vivido, con una mayor cantidad de vegetación, inclusive se podía apreciar una fuente que antes no se encontraba allí.
Variadas mariposas volaban la zona, al igual que pájaros de múltiples colores y distintos cantos, las flores se hacían presentes a cada rincón, incluso aquellas extrañas luciérnagas que según yo habitaban la casa de Isabelina, ahora se encontraban aquí.
Mientras más observaba, parecía que fueran apareciendo nuevos detalles ante mis ojos.
Lo siguiente que pude observar, fueron la cantidad de seres muy pequeños y de colores caminado por el jardín, sobre los árboles y entre las flores, mi mente inmediatamente los identificó como duendes, su piel, al igual que su vestimenta variaba de color, la gran mayoría tenían tonos de piel humanos, aunque algunos portaban el azul, el verde, el amarillo, incluso un tono rojizo, sus cuerpos eran corpulentos sin llegar a tener sobrepeso, tenían expresiones marcadas y una ligera ternura en sus rostros, sin embargo y de momento, parecían ignorarnos.
Lo siguiente en presentarse sobrevolando ante mí, fueron pequeñas mujeres con grandes alas de colores, eran hadas.
Algunas más pequeñas que otras, sus cuerpos diminutos como muñecas, delgados y definidos; sus cabellos eran largos de extraños colores, sueltos y recogidos, el brillo las caracterizaba en todo su ser, brillaban sutilmente, sobre todo sus alas, las cuales variaban en tamaños y formas, relucían como si acaso estuvieran bordadas con oro y diamantes.
Y por último, asomándose entre los árboles pude apreciar extrañas mujeres, cada una más distinta a la otra, de extraños ropajes o incluso casi desnudez, pero si en algo coincidían era en su extraña y peculiar belleza, mientras más de cerca las observaba más enceguecedora resultaba, era muy distinto al brillo agradable de los ángeles, estos seres, estas mujeres, eran impactantemente bellas, sin necesariamente expresar brillo alguno.
—Esta es la dimensión alterna, en su máximo esplendor —habla Cristopher.
—¿Todos ellos también nos ven? —pregunta Maximiliano algo anonadado.
Observando a su alrededor.
—Pues sí, aunque realmente, de quererlo... siempre pudieron vernos —responde orgulloso nuevamente Cristopher.
—Esas mujeres... ¿son...? —pregunté sin quitarles un ojo de encima.
—Son ninfas de la naturaleza. —Me informa Ahron como el más serio de todos nosotros.
—Y son hadas y... —musité analíticamente también con asombro.
—Y duendes, afirmativamente, Iroda. Y piensa que esto es lo único que tuvimos el privilegio de ver. —Termina mi frase Isabelina.
Poco a poco tres de esas ninfas se fueron acercando, al igual que las hadas, comenzaron a detener su actividad y a observarnos.
A un lateral de nosotros, un árbol se disolvió, mostrando a una bella ninfa de piel canela y cabello azabache, la cual se colocó en silencio un poco por delante de nosotros.
Observándonos fijo, con el ceño fruncido.
—¿Qué hacen aquí? —Nos pregunta con seriedad, en un tono elevado e impositivo, una de ellas.
Era una mujer alta y curvilínea; su cuerpo estaba magníficamente definido y contorneado.
Su tez era blanquecina, sus labios carnosos de un rojo carmín, sus ojos celestes como el cielo, su pelo, negro como la noche.
Sus rasgos eran delicados, pero todo su rostro expresaba carácter e imposición, cualquiera podría ver que, a esa mujer, ninguna tormenta la movería de su sitio.
—Nosotros... —intenté de la forma más firme que pude comenzar a relatar nuestra petición. Hasta que:
—Ni te molestes, Iroda... —me interrumpe Keita—. Ella nos predijo ya hace un tiempo... sin mencionar que algunas de ellas, incluyéndola, captan pensamientos en el aire, y otros recuerdos.
Ella se rio de una manera sarcástica y triunfal, aunque carente de maldad. Sus iguales la acompañaron en la sonrisa.
—Jamás vas a cambiar Berenice —le afirma Cristopher.
Ella sonríe aún más ampliamente.
—Tu hermano tampoco, mi querido... Cristopher. —reclama la ninfa, con diversión.
Aunque claramente, nosotros carecíamos de información sobre lo que hablaban.
—Veo que conservas tu puesto aquí... —cambia de tema Cristopher...
—La antigüedad siempre le gana a cualquier virtud... —le responde Berenice.
Las hadas cada vez están más cerca de nosotros, cada una nos observa desde una postura diferente. Al parecer, cada una formulaba una opinión distinta sobre nuestra llegada.
—No las subestimes —exclama otra de las ninfas, esta vez una pelirroja de menor estatura.
—¿Qué? —le pregunté.
—Lo que han escuchado, no las subestimen, su tamaño no l as determina. —Nos hace referencia a las hadas.
—Pero yo no las subestimo... —le afirmé, sabiendo que incluso recién las estaba observando nuevamente, sin siquiera formular una opinión sobre ellas.
—Nadie dijo que estuviera hablando de ti niña, hablo de él —señala con su cabeza a Max.
—Yo tampoco las subestimo —exclama mi amigo con un gesto contrariado.
—Claro que lo haces, las ves como si no fueran nada, como si fueran casi inertes, y son seres tanto o más pensantes que tú. Deberías mirar un poco más allá de tus talones —le recrimina la pelirroja.