Más allá de nuestros ojos Capítulo 65
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Capítulo 65

—C hicos, váyanse todos acercando —nos avisa Cristopher a unos metros de distancia, haciendo señas con su brazo de que nos acerquemos a él.

Volteé nuevamente hacia Celestino para observarlo, le sonreí con suavidad al ver la expresión en su rostro.

—Vamos... —le dije.

Nos acercamos lentamente, en silencio, formando una ronda algo distante y despareja.

Max nos observaba, distante y pensativo, en estos momentos extrañaba la personalidad vivaz de mi amigo, esa personalidad que destacaba en cualquier multitud, esa persona que no agachaba la cabeza ante nadie, y pocas cosas podían suceder para apagar su carismático sentido del humor.

Ahora se lo veía más pensativo, más confundido, más serio, y quizás era normal, quizás era demasiado pedirle que siguiera actuando como si nada pasara, cuando él había puesto su vida y todo lo que daba por verdadero patas para arriba, era demasiado pedirle todo eso, cuando yo ni siquiera le concedí un “tal vez” a lo único que él me ha pedido.

—Bueno ahora que estamos todos juntos, deberemos sentarnos en el piso con las piernas cruzadas y las palmas hacia arriba —informó Isabelina.

—¿Y eso por qué? —consulté.

—Vamos a abrir nuestras almas a la llegada de este nuevo ser, que nos brindará este portal sagrado, es una muestra de respeto hacia su llegada.

Tanto Max como yo la observamos y asentimos, así que todos nos agachamos lentamente cruzando las piernas y colocando nuestras manos sobre nuestras rodillas con las palmas hacia arriba.

—Ahora chicos, toca respirar profundo, inhalando por la nariz y exhalando por la boca —nos pide nuevamente Isabelina.

Inhalamos, uno, dos, tres, cuatro y cinco. Ahora exhalamos, uno, dos, tres y cinco.

—Por último, vamos a cerrar los ojos —nos pronuncia con suavidad—. Y respiraremos profundamente una vez más, para luego esperar hasta que se nos indique.

Y así fue como lentamente los humanos y los no humanos, cerramos nuestros párpados a la par.

Inhalando y exhalando profundamente. Así fue como el último suspiro al liberar el aire nos llenó de paz, nos hizo soltar por un momento la incertidumbre y solo respirar.

Aun con los ojos cerrados, una extraña luminiscencia refleja sobre nuestros rostros, esa enceguecedora luz, que aún en la oscuridad de unos ojos cubiertos, llegaba a resplandecer.

De igual manera, al menos yo, me imaginaba que el resto también, permanecíamos con los ojos cerrados, en posición de indio.

Flotando en una corta y latente inmensidad. Hasta que:

—Pueden abrirlos... —pronuncia esta vez Celestino.

Poco a poco y con lentitud ambos extremos de mi mirada se fueron separando, apreciando con más viveza el gran resplandor, que a primera vista era lo único visible.

La blancura de una luz enceguecedora, una luz que me rodeo de un calor abrasador, casi como si un incendio celestial se presentara en la inmensidad de una nube.

Aunque pasados los segundos, esa extraña neblina se fue disipando al igual que la intensidad de su calor, ahí fue cuando noté que un hombre estaba parado en la mitad de nuestra ronda.

El mismo desorden que se apreciaba en mí, pude notar en mi amigo, que al parecer había experimentado las mismas sensaciones que yo.

Era un hombre alto, con un tono de piel café profundo, su complexión física era corpulenta, musculosa, su pelo afro estaba recogido en trenzas hacia atrás. Vestía ligeramente parecido a Ahron, portaba una túnica bordada en múltiples colores, con pantalones al tobillo a juego.

—Como algunos ya sabrán, soy Keita, y me he reunido aquí con ustedes, para apoyarlos —se presenta con una mano extendida a su lado, con una voz gruesa e intensa, observándonos a todos—. Por favor, levántense.

Todos de forma suave y apresurada nos ponemos en pie, cada uno acorde a sus posibilidades.

—Yo soy Iroda, y él es mi amigo Maximiliano —me presenté a mí y a mi amigo que estaba a un lado de mí.

Él nos observa, ligeramente serio pero apacible.

—Lo sé —pronuncia luego de unos segundos— tú y yo Iroda ya nos conocemos, he venido por ustedes.

—Oh... —musite—. Como se debe imaginar, no lo recuerdo.

Él nos asiente y prosigue a seguir hablando.

—Ahora entrará Esmeralda, y ahí ya podremos continuar —afirma algo apresurado.

—No pensé que los ángeles tuvieran tiempo —balbucea mi amigo cerca de mi hombro.

—Imaginaste mal chico —le responde Ahron a su lado—. Mejor deja de imaginar y colabora, esto no es cuestión de tiempo, sino de procesos. ¿Acaso nunca notaste que Esmeralda nos acompañó en pocos momentos del proceso? ¿Nunca pensaste que eso tenía un por qué muchacho?

—Esmeralda es un ángel celestial, prácticamente una deidad, ella vive en una esfera superior, no habita la tierra como guía.

No está ni tiene permitido estar mucho tiempo en la tierra, sin ser para tareas puntuales.

—Termina de informar Celestino, de forma también apresurada, para librarnos de dudas.

—Ya llega —interrumpe Keita.

Nuevamente, reapareció ante nosotros la misma escena que vivimos aquel primer día, solo que esta vez, la luz en el cielo, ya estaba presente.

Pequeñas mariposas poco a poco comenzaron a descender de los cielos, cada vez en mayor cantidad y tamaño, cada una más bella que la anterior.

Así fue como un torbellino de ellas comenzó a descender hasta que se terminaron por disolver, revelando a la gran pelirroja con un ojo violáceo al alcance de nuestra vista.

Su apariencia era tan extraña y cautivadora como aquel primer día.

Ella nos observaba y nos sonreía uno a uno sin emitir palabra .

—Tanto tiempo, iluminis —termina por saludar, aquel extraño y bello ser, con la misma voz, tan estructurada, fina y delicada.

—Te estábamos esperando —le confiesa Celestino— no tenemos mucho tiempo.

—Lo sé —nos observa a Max y a mí—. Ellos son humanos y deben realizar las vueltas antes que se meta el sol —responde. A mi extrañeza.

—¿Las vueltas? —pregunté.

—Ya vamos a especificar lo que haremos, así podremos ejecutarlo. —Se interpone Cristopher.

—Quizás debimos hablarlo antes, si en serio tenemos poco tiempo... —opina mi amigo algo inconforme con el manejo de la situación.

—El tiempo es el justo y necesario —le contrarresta sin el mejor de los humores—. Hay información que debe estar en su mente el tiempo justo, aunque no lo crean, sus pensamientos no son el lugar más seguro.

Max lo observa serio, en silencio, sabiendo que tiene razón, pero no menos inconforme.

—Bien, tendremos que llegar a un punto crucial, donde si podremos ejecutar el rescate —empieza a hablar Celestino—. Deberemos de llegar al monte Sinaí, donde nos darán la divina aprobación.

—¿Necesitamos una aprobación para esto? —pregunté efusivamente.

—Pero claro niña, acaso piensas que lo único que existe en esta tierra es el bien, esto es un eterno equilibrio —responde Ahron.

—Es que... después de haber sumado tantos de ustedes para rescatar solo un alma, supuse que el permiso y la fuerza recaía en ustedes —termino por decir algo contrariada.

—Ahí es donde te equivocas —habla Keita—.

Esto no es solo cuestión de rescatar a un alma de luz, es cuestión de poner un parate a la cantidad de organizaciones oscuras que intentan manejar ya demasiados aspectos de la tierra, interponiéndose con los reinos de almas ya establecidos y con el destino mismo.

Cualquier humano en su libre albedrío podría llegar a desviarse, o incluso que el mal entre en su vida en algunos casos, pero las almas de luz son libres, cuando se rompe esa norma, el equilibrio natural entra en juego.

Bajo este reino terrenal, pueden popular los peores males, pero el reino superior es quien pone los limites —cada una de sus palabras estaban llenas de energía, llenas de emoción y firmeza—.

Nosotros sí estamos aquí por el alma de tu hermano, pero principalmente, estamos aquí para cumplir el orden universal.

Celestino aprobó gratamente con sus gestos a Keita, para agregar:

—Nosotros tenemos derecho de interponernos como lo hacemos, el permiso recae en algo más profundo —me explica—, la organización donde pertenece Gabino, es mucho más grande y profunda de lo que nosotros imaginamos, pensar que tu hermano es el único títere en manos del mal, sería utópico.

Por eso es nuestro deber actuar bajo el apoyo de toda la luz en la tierra.

—Es difícil quizás para nosotros pensar en estas cosas, por más transparentes que parezcan hoy, ya que cuando nos toca tan de cerca, nuestro público egoísmo, se reduce a nuestros alrededores. —Hablé sin enfocar la

vista en ninguno. Por alguna razón, una extraña culpa invadió mi ser.

—No es egoísmo, Iroda, es preocupación —se acerca a mi Isabelina—, por mucho que lo intentes, nosotros somos humanos —toma mi mano, al igual que la de Max—.

Esta en nuestra naturaleza, es parte de nuestra esencia carnal el apego, tu vida es tu película, y no es tu deber preocuparte por todos en el mundo.

Cualquier ser humano que lo haga, jamás tendría un segundo de paz.

Y era verdad, tanto físicas como espirituales, cualquier persona que haya dedicado, aunque sea unos minutos a mirar a su alrededor, sabría que el mundo está repleto de tragedias, de tristezas, de injusticias...

Y lo peor de todo, es que seguramente, ese patrón no cambie.

Que cada uno de nosotros solo es una pequeña e insignificante gota en el océano.

Pero si algo sé, es que, si cada uno procura lo mejor de sí, para uno y para quien lo rodea, poco a poco en el pequeño gran mundo, muchas escenas maravillosas conviven con las tristezas y muchos milagros surgen de los peores escenarios.

Porque si algo he aprendido en este tiempo, es que la fe mueve montañas, y nuestra fe, aunque quizás no solucione nuestros problemas de forma inmediata, a la larga nos brinda paz, nos brinda salvación.