Más allá de nuestros ojos Capítulo 63
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Capítulo 63

A parentemente ya estábamos a punto de llegar a la casa de Julio, quien muy amable y ahora más sereno, nos trasladaba, esta vez como sus invitados, a su hogar.

Vivía un poco más alejado del centro de la ciudad vieja, su casa era lo que vendría a ser una propiedad horizontal dentro de una gran casa en piedra, similar a un departamento.

Era verdaderamente bello, ventanas coloridas, piedras color arena y muchas plantas decorativas en su exterior.

—Oh vamos chicos, no sean tímidos, son bienvenidos —nos animaba Julio una vez que estábamos frente a su puerta.

Hasta que, por educación, él se nos adelanta y abre la puerta, dejándonos pasar.

Por dentro sin duda era más bella y acogedora, se podía apreciar, al entrar un recibidor con sillones de madera corte francés, y almohadones con un estampado en tonos celestes y dorados, acompañados de una mesa ratona a juego con mármol rosa.

Los pisos eran de baldosa lustrada, y por supuesto a simple vista abundaban los pájaros y decoraciones en barro, lo cual le da ba un toque exótico.

No faltaba más que hablar del aroma a flores que presentaba el ambiente.

—¿Ya llegasteis Julio? —se escucha claramente el llamado de una voz femenina, la cual damos por hecho que sería Teodora— ¡Julio! ¿Eres tú verdad? —vuelve a llamar al no tener respuesta inmediata.

—¡Así es amor mío! —responde esta vez Julio.

—¿Por qué no respondías? —se encamina la señora por el pasillo al parecer algo contrariada—. No ves que me haces dejar la puerta abierta y termino pasando un susto... —su voz comienza a apagarse cuando ya nos ve a nosotros parados en el recibidor, para luego si continuar:

—¿Por qué no me dices que traes visitas hombre? —se cruza de brazos con divertida indignación mirando a su esposo.

—Ellos son Iroda y Maximiliano, los conocí hoy en el aeropuerto y los volví a cruzar en el mercado, y dije: “pero esto es una señal”.

Porque como entre tantos habitantes me voy a cruzar a esta misma parejita curiosa en un mismo rato —le cuenta de forma muy resumida y divertida a su mujer la explicación de por qué estamos en su casa—, y entonces pensé, que sería de mal augurio no traerlos a comer. —Termina por explicar.

—Ay, y pues sí, hombre, ¿cómo no? —le dice alegre y divertida la señora—. Pero es más que un gusto chicos —afirma mientras se acerca sonriente a darnos dos besos a cada uno y un ligero abrazo—, yo soy Teodora, pero me pueden decir Dora que no pasa nada.

Una señora más que simpática y alegre, hasta incluso logró sacarnos toda la incomodidad que teníamos, realmente alguien especial. No todas las mujeres recibirían tan felices a los extraños que su marido trae sin avisar a cenar.

—Es un gusto para nosotros, yo soy Iroda y Julio nos ha hablado mucho de ti en este rato de conocernos —me presento alegre y con ligera timidez.

—Y yo soy Max, y debo decir si me lo permite, que Julio se quedó corto cuando dijo que su esposa era guapa, muchas gracias por recibirnos —se presenta Max más que adulador, un privilegio a que nuestra corta edad se puede dar sin pasar por irrespetuoso y considerando la personalidad vivaz que tienen nuestros anfitriones.

Aunque su comentario era muy cierto, era una mujer de estatura mediana, algo más alta que yo, pelo negro azabache, sumamente lacio y brillante, con unos ojos verde esmeralda sumamente bellos y penetrantes, la forma avellana que tenían y sus pestañas negras eran más que cautivadoras.

Su complexión era mediana, pero en sintonía, portaba un vestido melocotón ligeramente justo en la cintura, largo y vaporoso en un corte sencillo.

Era una mujer bella, una mujer simple, pero su apariencia junto con su personalidad resultaban agradables a la vista.

A medida íbamos avanzando por el pasillo, comenté con sutileza y hasta curiosidad:

—Es realmente hermoso el aroma que tiene la casa, como... como a flores, nunca había sentido este aroma.

—Es flor de la pasión, muchacha, casi que una de las más emblemáticas del mundo, y basta que decir de los creyentes.

Obtengo inmediatamente una respuesta, pero me asombra notar que no fue ni Julio ni Teodora quien me ha respondido.

Sino más bien una mujer que se encontraba bajando unas escaleras centímetros tras de mí.

Al voltear y ver aquellos ojos, me sorprendí, quedé muda y estática por lo que debieron ser segundos.

Era ella, eran los mismo negros y penetrantes ojos fijos, era la extraña mujer del mercado quien me había respondido con tanta rapidez.

—Y ella es mi madre chavales —nos informa Julio—, la misma Epifanía en persona.

—Es todo un placer señora —se apresuró a saludar Max.

—Lo mismo digo —imito a Max algo confundida, pero amable.

Ella nos dedica una sonrisa con un gesto de aceptación y agradecimiento inclinando su cabeza.

—Como te decía, este aroma representa la flor de la pasión —señala una pequeña mesa a su lado, que casualmente tenía una estatuilla en barro de la flor—. Y es una de las flores más enigmáticas del mundo, por la fe que está cargada en ella y en su leyenda...

—Oh, vamos madre, dudo que estos chavales estén interesados en esas historias tuyas... —la intercede nuestro anfitrión.

—Hijo, creo que eso deberían decirlo ellos, yo al contrario veo que hasta el mundo los trajo a mi para que les cuente esta historia —responde su madre con mucha seriedad.

Él se resigna estirando los brazos y nos observa.

—Prosiga... —le doy pie.

Después de todo, esta mujer me llamaba la atención desde el primer minuto que la vi, y no voy a dejar escapar lo que sea que pueda estar pasando.

—Bien... como dice una de las más famosas leyendas —da comienzo al relato con suavidad—.

Se escucha por boca de ancestros, que hace ya más de dos mil años, por el camino que llevaba al monte Calvario, se encontraba una piedra semienterrada, de la cual asomaba una punta afilada.

Al ser un camino habitual, ya muchos se habían lastimado con ella, pero nadie había querido o podido sacarla de aquel sitio.

Tantos incidentes, habían llevado a nombrar el lugar como la vía dolorosa.

Llegó un día, donde el mismo Jesús tuvo que atravesar ese camino, agotado por el peso de la cruz y por la brutalidad de los hombres, trastabilló en varias ocasiones y una de ellas fue sobre esta piedra.

De sus heridas empezó a brotar abundante sangre, tiñendo la piedra y regando la tierra —hace una pausa para respirar—.

Después de eso, todos conocemos lo que pasó cuando tuvo que finalizar el recorrido.

Pasados los meses de su partida, cuando ya las aguas se encontraban un poco más calmas, cuenta la leyenda que se pudo notar como aquella piedra estruendosa comenzó a desmoronarse, tanto que se convirtió en pedazos.

Hasta que cuando ya se podía apreciar el fondo enterrado, se pudo ver como una pequeña flor crecía.

Una flor diferente a cualquiera antes vista, era una pasionaria.

No fue la belleza o la extrañeza lo que cautivó a los observadores de la época, sino el extraño simbolismo que escondía.

Los sabios miraron con asombro: sus tres estigmas florales serían los tres clavos usados para la crucifixión; su base representa el cáliz de la Última Cena, las cinco anteras son las cinco heridas; la corola representa la santa corona; los diez ‘pétalos’ los apóstoles, mientras que aquel pequeño y anaranjado fruto, que encierra unas semillas rojizas, representan el cuerpo.

No tardó mucho tiempo para que este pequeño y puntual símbolo se extendiera por toda Tierra Santa, y con los años por el mundo.

Los antepasados, que pudieron presenciar este milagro en las calles, y entender como nada puede significar todo, como la vida y el mundo se compone de milagros ocultos en cada rincón, llegaron a entender esto como un símbolo...

o al menos eso he leído —. Ya después de unos minutos, realmente finaliza su detallado relato.

Aunque algo me decía que tenía un motivo para haber sido tan detallada. Hasta que prosigue:

—A veces los milagros están en frente a nuestros ojos, incluso a veces nos suceden o luchamos por ellos, pensando que son una excepción, que se escapan de lo natural, pero ignoramos que el mundo se compone de ellos, ignoramos que la base de la vida humana esta afianzada a pequeños y grandes milagros que suceden día a día, y jamás debemos olvidarlo.

Aunque claro, que algunos llaman más la atención que otros...

—Epifanía, ¿a qué se debe todo esto? —le pregunta su nuera.

—Oh, es que pensé que por eso mismo teníamos el placer de esta visita... —se expresa con falsa incertidum bre—. Aquí mismo, a un lado de esta bella joven, tenemos a un custodio entre nosotros.

—¿A un custodio? —pregunta Julio— ¿realmente lo dices madre?

Todos se miraron entre sí expectantes, ligeramente contrariados mientras que la señora se estampa en una sonrisa irónicamente obvia y triunfal, casi como si sus palabras fueran simples y abiertas a los ojos de todos.

Mientras que yo ya había notado muy bien a que se refería, y quizás a donde iba a llegar desde que la vi.

En cuanto a Max, por más que lo supiera todo, extrañamente, era el más confundido del grupo.

—¿Se los explico yo o lo haces tú querida? —me pregunta con tranquilidad la madre de Julio—. Aunque ya verás, que aquí más que nada esperan solo una simple confirmación a las palabras de esta vieja bruja.

Después de tanto tiempo en contacto con el mundo no terrenal, tantos años con Celestino a mi lado, con o sin saberlo, jamás en la vida me plantee la posibilidad de que alguien externo me pusiera en el compromiso de afirmar su existencia.

¿Acaso esta señora tenía tan claro que yo sí sabía de su compañía?