Más allá de nuestros ojos Capítulo 61
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Capítulo 61

—E ste cuarto tiene una sola cama... —observé a Max con cara de desaprobación.

Sin embargo, él al percatarse de ello, parece hasta más sorprendido que yo, su cara se transforma en un completo poema que no sabe si le agrada o no la visual que sus ojos tienen.

—Podría jurarte que yo pedí una habitación en suite para dos personas, específicamente con dos camas, en lo posible dos cuartos. —Me informa algo nervioso.

—Con que si, eh... —continúe con mi postura de reprobación para comprobar que no me estuviera mintiendo—. Yo veo una sola cama y un solo cuarto.

—Aa... pues —comienza a explicarse—, pero yo pedí dos camas individuales.

—Es verdad, Iroda, esto fue un error del sistema, se hizo mal la reserva —se interpone Celestino a “defender” a Max, por decirlo de una manera.

Aunque sus facciones serias y palabras secas no reflejan mucho entusiasmo.

—Es verdad, debió ser eso... —vuelve a hablar mi amigo en un tono algo dócil y avergonzado—. Pero se guro esto tiene arreglo, pediremos otra habitación.

—Ni lo intenten, el hotel está repleto, solo perderíamos tiempo —suspira Celestino—. Ahora deberíamos salir por algo de comida para ustedes luego de que se refresquen, Isabelina llegará en unas horas, y recién ahí comenzaremos con los arreglos.

—Es verdad, amigo, tengo mucha hambre y seguro Iroda también —se recuesta Maximiliano en la cama.

Celestino solo me observa con una sonrisa ladeada y algo seria, pero con una mirada suspicaz, me tranquiliza.

Al verlos a ambos juntos, en esa habitación de hotel, en una ciudad como Jerusalén, era irónico pensar cómo estos dos hombres de mi vida, habían llegado tan lejos por mí, por un propósito, por Thomas o, quizás, por todo lo que dije y mucho más aún.

Ya dentro de las empedradas y estrechas calles de la antigua Jerusalén, a unas cuantas calles de nuestro hotel, la visión era distinta, más antigua, con una energía extrañamente vieja y renovadora.

Unas calles que han visto la historia y la fe pasar por ellas año tras año.

Unas calles que han inspirado la fe a nivel mundial, y sin embargo, han dejado a sus propios habitantes en una constante tensión y disyuntiva entre creencias.

Estas calles cargan más de dos mil años de fe y milagros, estas calles que nos conducen al misterioso Jerusalén.

—¿No les parece irónico? —pregunté.

—¿Qué cosa, pequeña ilumini? —responde Celestino, mientras ambos me observan expectantes.

—Que tengamos que venir hasta la Tierra Santa, para dilucidar el pecado de la desaparición de mi hermano —afirmé.

—Parece un chiste —mufa Max.

—Es que realmente lo es, a veces no hay mejor lugar para esconder la oscuridad que en donde todos deben jurar ver luz —explica mi protector.

—Como en las iglesias...

—Exacto mi maravillosa, Iroda —prosigue Celestino— no me malinterpreten, estas calles están cargadas de fe y esperanza, y han contemplado muchos milagros, al igual que muchas iglesias, las cuales llegan a tener almas nobles y bien intencionadas.

El error está en pensar, que esa es la regla y no la excepción —hace una pausa, para mirar a su alrededor—.

Todo el milagro de su historia, no la bendijo por la eternidad, ni la volvió inmune al mal.

Tendría que venir un mesías cada cien años, para limpiar este contaminado mundo, y todos los no encarnados que estamos aquí, sabemos que esa no es la misión aquí en la tierra.

—Y... ¿Volverá? —se atreve a hablar Max luego de tan emblemáticas palabras.

—¿El Mesías? —pregunta Celestino asombrado por el interés de Max.

—Si... ese mismo.

—Pues sí... volverá, pero quizás cuando vuelva, no será reconocido, y quizás cuando vuelva, ya no será tiempo de salvar, sino de volver a empezar, con las memorias de lo que fue —le responde Celestino con simpleza.

La cara de mi amigo era pensativa, lo observaba con el ceño ligeramente fruncido y no hacía amague de darle una respuesta.

Quizás sea tiempo de volver a empezar… esa frase retumbaba en mi mente.

Quisiera saber qué quiso decir Celestino con aquellas poco esclarecidas palabras, pero mientras olvidábamos que hablábamos con un ser que solo nosotros podíamos ver en aquellas transitadas calles, por lo que me abstuve de preguntarle.

Ya el silencio se hacía aparente en un falso dueto, cuando nos acercábamos al mercado oculto entre las empedradas paredes con puertas de colores.

Era como una feria gigante, pero de calidad, no había nada que no estuviera allí para la venta, incluso los pequeños restaurantes, o los mercantes que ofrecían comida en sus puestos se hacían cada vez más presentes cuando la media tarde se acercaba.

Sin dudas para dos extranjeros que habían pasado horas sin comer, aquellos olores exóticos parecían el mejor manjar.

Después de haber observado una buena variedad de puestos terminamos comprándole a una amable señora que tenía habla inglesa fuera del árabe, la cual nos vendió un tradicional pan pita, con hummus, Shakshuka y Shawarma.

Lo vendría a ser un pan árabe con un hummus tradicional, huevos cocidos con salsa de tomate picante, carne asada bien condimentada y algunas verduras que acompañaban a la carne.

Sin dudas una comida rápida muy alejada de nuestro mundo occidental, pero más que apetitosa.

A pesar de tener nuestra comida en la mano, los vendedores nos seguían ofreciendo comida de forma energética, más allá de si nosotros les comprendiéramos o no.

Lo que sí logró sacarme de mi ensimismamiento fue una mujer de ojos negros penetrantes, con tez blanca, que cubría su cabeza con su típico hiyab, el que se veía que había sido colocado de forma brusca y apresurada.

Nos observaba de manera detenida, aunque lo más preocupante no era una mirada poco disimulada, sino a donde estaban dirigidas sus pupilas. Las cuales estaban enfocadas en un ser rubio en particular, un ser que se supone nadie más debería ver.

Mientras sacaba mis conclusiones, una estruendosa y conocida voz me obligó a mirar hacia otro lugar.

—Pero chavales, no puedo creer que tan pronto los vuelvo encontrar, más de ochocientos mil habitantes en Jerusalén sin contar los turistas y unas horas después juntos en el mismo mercado.

—Sí no... es como magia —habla Max, en un imperceptible tono irónico.

—Pero vengan, vengan, tienen que deleitarse con las aves de las que les hablé —se apresura Julio.

—Es que, Julio, nosotros no queremos ser groseros, pero nosotros no comemos aves, al menos yo ni loco comería una —le comunica Max en un tono nervioso.

—¿Comer? —pregunta mientras estalla en risa—, pero tíos, ustedes sí que están mal —vuelve a reírse—. O vamos vengan, tienen que ver esto.

En eso toma a Max del brazo y nos encamina dentro del mercado.

—Pero miren, yo soy cocinero, pero en barro chavales, ¿vosotros en serio pensaron que yo cocinaba aves? —termina por estallar en otra carcajada por nuestra ignorancia.

Ahí es cuando nos señala, su puesto, repleto de estatuillas, con múltiples aves de todas las variedades y colores.

— Wow ... eh... la verdad que no sabemos ni qué decirle señor —termine por aclararme sin poder evitar una risita avergonzada.

—Es que como dijo que era cocinero y amaba su horno... nunca imaginamos que fuera en barro —se explica mi amigo.

Mientras que el invisible Celestino, mantiene una sonrisa triunfante en su rostro, al parecer para él esto no era ninguna sorpresa.

—Ay, chavales, sí que son una pareja de críos... tienen que abrir más esas mentes si van a andar deambulando por el mundo —prosigue con un tono divertido y se encamina aún más a su puesto—. O vamos chicos elijan una para cada uno, sé que te gustan las golondrinas, acá tengo varias.

—Son realmente muy hermosas... sin duda es arte —las observé, mientras todos contemplábamos sus creaciones—. Me gusta esta paloma... —afirmé mientras agarro una delicada y blanca paloma.

Miro a Max y a Julio, quienes tenían en sus manos una pareja de golondrinas que al parecer estaban a punto de enseñarme.

—Me gusta la paloma... —repetí, ahora un poco más bajo, pero con un poco más de entusiasmo y afirmación.

Pude ver como la cara de mi amigo se ablandeció, me miró con ternura y, tal vez, algo de tristeza en los ojos.

—Es muy hermosa, amore —se limitó a decir en un tono bajo. Sin cambiar su postura visiblemente sentimental.

Julio nos miraba algo confundido, era de entender, para él éramos una simple pareja, y claramente le costaría sacar conclusiones, es más, es extraño pensar que algo tan simple haya reflejado algo.

—Saben que: se llevan las 3, la parejita para ambos y la bella paloma para tan bella chica —nos afirma feliz mientras no agarra a ambos de los hombros.

Celestino nos observaba, Max observaba a Celestino y a aquella paloma, Celestino solo nos observaba a nosotros.

Quien diría que, si nos vieran, todo el invisible teatro que se presentaba frente a ellos, dos golondrinas en el puesto de un cocinero de aves, junto con una expectante, blanca e invisible paloma, en plena Tierra Santa.

Donde no se veía nada, pero lo estaba todo.