Capítulo 59 #3
Nos colocamos en una de las filas para los taxis en la salida del aeropuerto, junto con otras numerosas personas, algunas como nosotros, turistas con variadas nacionalidades y por otro lado residentes que al parecer ya habían cumplido con su cuota de turistas.
Por otro lado, siempre estaban quienes contaban con personas que los venían a recoger, choferes, transporte público y quien fue y vino en su propio automóvil.
Ya cuando llegó nuestro turno, el chofer se baja sin hablar para colocar nuestro equipaje en el maletero, e indicarnos que subamos.
— לאן הם הולכים
—aparentemente pregunta el señor en hebreo, de manera que sus palabras resultan ajenas a mis oídos.
— למלון
“Vista del sol” —responde de inmediato Max, quien, al parecer, y quizás de manera abstracta conoce el idioma.
Ahora veo porque tan tranquilo el muchacho... El chofer se da vuelta y nos observa.
—¿Hablan español cierto? —nos pregunta de forma eufórica el taxista, quien parece alegrarse mucho con ese hecho—.
Yo soy Julio, yo nací en Mallorca, hace cinco años estoy trabajando en Jerusalén, mi padre es de por aquí.
No saben el gusto que le da a uno encontrarse con personas que hablen el idioma, chavales. Y díganme, ¿A dónde los llevo entonces?
Nosotros aún lo observábamos asombrados por la rapidez con la que nos arrojó toda esa información extrañamente en español, pero no dejábamos de agradecer internamente por ello.
—Dios no puedo creer que hayamos tenido tanta suerte de justo encontrarte —se expresa Max con alivio—. Realmente ni siquiera sé si te lo había dicho de forma correcta, pero vamos al hotel “Vista del sol”, en el centro.
El taxista ríe.
—Pues debo decirte que si chaval, pero ese acento no te ayudaba en nada; no se te había terminado de entender, o quizás no te seguí escuchando luego de ver que tenías habla hispana —vuelve a reírse, dando a entender la gracia en sus palabras—.
Pues vamos para allá, les aviso que no queda exactamente cerca.
—Se lo agradecemos —hablé finalmente yo para no ser la muda del grupo. Bien que para eso ya tenemos a Celestino.
—Nada que agradecer señorita, debo decirles que hacen una hermosa pareja.
—No somos pare... —comienzo a decir sin llegar a terminar mi frase.
—Ay el amor, el amor, me encanta cuando llevo enamorados, me transmiten felicidad —continúa hablando Julio, sin esperar siquiera una respuesta—. Es más, yo cuando tenía su edad fue cuando conocí a Marta, el amor de mi vida.
Nosotros nos mirábamos entre sí con gracia en el ambiente.
—¿Es su esposa? —pregunta Max.
—No. Hace veinticinco años que no la veo, al parecer ella se enamoró más de los millones que tenía el hijo del patrón de su padre y bueno cosas que pasan, luego conocí a mis otros amores.
—Pues... quizás no era la mujer para usted —le digo suavemente—. ¿Cuáles fueron sus otros amores?
—Afirmativamente no niña, luego conocí a Teodora, mi amada esposa y al horno.
—Al fin y al cabo, fue mejor que Marta se haya ido con sus millones... —comenta Max causando una leve risa en todos.
—Con que el horno... Es cocinero. ¿Qué cocina? —le pregunté.
—Así es, es mi pasión, el arte que brota de mis manos en realidad —nos relata con orgullo—. Cocino todo tipo de aves en mi horno, de todos los tamaños.
—¡AVES! —gritamos con cierta interrogación al unísono.
Nuestra cara era un poema.
—Así es cháveles, eso he dicho, aves. Y debería mostrarles unas, no saben lo magníficas que son. ¿Cuáles son sus favoritas?
—Pues mis favoritas son las golondrinas, pero realmente no se preocupe, nosotros no consumimos esas cosas —le afirmé al señor.
—Pero como no las van a querer, si son hermosas joder, yo les podría regalar una, me han caído muy bien y una pareja hermosa merece un ave hermosa de mi horno.
¡BIP!, ¡BIP!
Resuenan bocinas a nuestro alrededor, al parecer una bici ha caído en la calle trancando el tráfico.
—Está loco —susurra mi amigo, suavemente en mi oído con cara de preocupación.
—Pues si —no me queda más que darle la razón con cara de simpleza y una extraña mueca.
—Oh, disculpen el alboroto chicos, ya casi no nos queda nada por llegar.
En un dos por tres ya nos encontrábamos divisando el famoso hotel que mi amigo — y si digo amigo, no novio— había reservado, y donde se supone también se alojaría Isabelina.
—¿Es este verdad? —pregunta Maximiliano comparando lo que ven sus ojos con las fotos de su móvil.
—Así es tío.
—¿Cuánto le debemos? —preguntamos mientras bajábamos del taxi, junto con Julio.
—Eh… 17.95 chavales, sin duda ha sido un gusto encontrarme con tan hermosa y agradable pareja.
—Bueno, sin duda decimos lo mismo de nuestro chofer, gracias por todo —afirma Max.
Ambos estrechamos su mano, ya con las maletas en mano.
—Se van a quedar con ganas de mis aves eh —nos afirma con gracia antes de subirse al coche.
Nosotros nos limitamos a reír y saludar encaminándonos al hotel.
—Está loco, sí que estos extranjeros son raros —vuelve a afirmar Max.
—Te sorprenderías, créeme —habla finalmente Celestino con una sonrisa dibujada en su rostro.