Capítulo 59 #2
Sin dudas las palabras de mi madre eran más que sinceras, nadie mejor que nuestros padres sabían cómo siempre desde muy pequeños habíamos estado el uno junto al otro sin importar que, hasta en las cosas más insignificantes, hasta que llegó la gran batalla, la desaparición de Thomas, lo que mi madre vio como una lucha de superación que ambos llevamos juntos, a la par con ellos.
Lo que ella jamás sospecharía es que junto a Max no solo lo superamos, sino también lo afrontamos, y así como habíamos afrontado tantas cosas pequeñas, ahora venía la grande.
Entre lágrimas y abrazos partimos hacia el aeropuerto; Maximiliano, Celestino y yo en un coche, mientras que mis padres e Ines en otro.
Un gran punto que no había considerado era que, así como mis padres quieren despedirnos en el aeropuerto, los padres de Max tienen las mismas expectativas.
Hacía ya años que no se veían, creo que en uno de nuestros cumpleaños fue la última vez.
Al principio la distancia se fue notando lentamente, primero las visitas disminuyeron, luego las reuniones, hasta que solo iban a los cumpleaños, luego solo a nuestros cumpleaños, hasta que más bien nuestros respectivos padres solo nos tenían a nosotros como nexo, sin necesidad de verse las caras entre ellos, pero tampoco de separarnos.
Más allá de que jamás se habló del tema, al menos nunca en profundidad, siempre sentí que fueron más bien los padres de Max quienes decidieron dar un paso al costado.
Antes creía que después de haber pasado una situación tan dolorosa, quizás ellos no supieron manejarlo, o más bien no querían nada que manchara su perfecta vida.
Pero ahora, después de que tantas cosas nuevas llegaran a mi vida, la verdadera razón de esa separación, creo que podría dar de qué hablar.
Capítulo 6 0
Llegada a Jerusalén.
P odría redactar a lujo de detalle cómo fue la despedida en el aeropuerto, podría narrar como en un verso la caída de cada lágrima de mi madre al vernos partir, podría describir los ojos orgullosos y melancólicos de mi padre al ver a sus niños crecer, incluso podría hacer énfasis en la distante cercanía de ambos padres.
Antes hermanos, unidos casi por sangre, hoy perplejos y desconocidos, casi como ver que la derecha desconozca a la siniestra, sin saber cuál es, más bien, su par bueno.
Podría haber dedicado horas a describir esas dos horas de espera y despedida, pero realmente preferí guardar esa idea en mi mente, después de todo, los cuentos de lágrimas y abrazos no son los más admirados.
Aunque todos bien sabemos que los aeropuertos han visto más besos y lágrimas sinceras que muchos casami entos.
El vuelo hasta Jerusalén se ha mantenido tranquilo, no se decir con exactitud si me pareció largo o corto.
Fue pacífico y gran parte de él nos la pasamos durmiendo, con la excepción de Celestino, que se mantuvo más que sereno y despierto a mi lado, creo que aunque hubiera estado cuarenta y ocho horas en el avión nada lo hubiera impacientado, estos son los momentos donde se recae en la inhumanidad y magnificencia de un ser que no es mundano, él no ve, no siente, ni piensa como nosotros, lo hace mejor.
Para variar la escala fue lo peor de todo.
Pero podría decir que el aterrizaje al llegar fue lo que me tomó más desprevenida, ver por la ventana aquella tierra, saber lo que implicaba estar allí, era abrumador.
Al bajar pude sentir un calor abrasador, como pasar del invierno al más ardiente de los veranos. Era curioso, porque en esta época la temperatura varía más bien entre unos nueve y catorce grados centígrados, incluso acostumbra llover.
— Al parecer ni el mismo infierno está contento con nuestra llegada, y por eso mudo sus llamas hasta aquí —se queja Max cuando ya nos encontrábamos camino dentro al aeropuerto.
—No precipites tus quejas —le contesta Celestino mientras se le adelanta.
—Tranquilo angelito, a mis quejas no se le agota la batería.
—Aunque te encantaría, a mi paciencia, tampoco —responde Celestino con un tono que saca de su lugar a Max—. No importa lo que digas o hagas, hoy o nunca, yo estoy con ustedes, y te guste o no, soy indispensable —termina su oración para proseguir caminando, de manera que no da pie a respuestas.
Podría asegurar que Max nunca ha terminado de aceptar la presencia de Celestino, pero bien sabe que lo necesitamos más que nada.
Aunque, lo que más le molesta no debe ser su presencia, sino que por más que él llegue a arder en ira, a Celestino no se le moverá ni un solo pelo.
Hay virtudes, que casi ningún mortal puede soñar con tener.
Así fue como empezó nuestra estadía en Jerusalén, Tierra Santa.
Podríamos decir que es una de las capitales más polémicas y emblemáticas del viejo mundo.
Un lugar al que no hubiera elegido venir de vacaciones.
Pero para nosotros, en este momento no es mucho más que el lugar de retención de mi hermano, sin olvidar el claro cruce dimensional que representa.
Por ahora, lo primero que debemos hacer es llegar y ubicarnos en nuestro hotel.
—Tenemos que buscar un taxi —suspiré, mientras los observaba con agobio en el concurrido aeropuerto.
Sin duda un foco de culturas, edades, etnias, y por qué no, enfermedades; como cualquier lugar tumultuoso.
—No te preocupes, no será más que salir y tomar uno —responde Max de inmediato.
—¿Y cómo haremos con el idioma?
—Pues, como cualquier turista —se ríe de mi ignorancia y se encamina un paso delante de mí.
Al parecer no importa donde estés, ni que ciudad, ni que aeropuerto, hay reglas que cualquier turista sabe o debería saber.
Y a pesar de que Max y yo estemos en un “mismo nivel económico”, el ha recorrido quizás los aeropuertos más importantes del mundo, pero yo he salido del país muy ocasionalmente.
Quizás por eso seamos un equipo, lo que yo no sé, él lo sabe, y viceversa.