Más allá de nuestros ojos Capítulo 58
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Capítulo 58

Y a al caer la noche, el ambiente se había vuelto sereno, los grillos sonaban mientras yo me encontraba en mi habitación dando vueltas, nerviosa y pensativa, ansiosa, intentaba concentrarme solo en qué llevar para el viaje.

— Aunque no lo creas, no importa cuántas veces revises ese clóset, la ropa guardada ahí será siempre la misma, a menos que compres nueva —escucho a mis espaldas esa endemoniada voz, esa voz que tantas veces había aparecido en mi mente y en mi vida, Celestino.

— Me atrevería a decir que la ropa a veces tiene la tendencia a esconderse cuando uno más la necesita, así que prefiero seguir buscando —le digo algo estresada—. Sucede que hace mucho no cambias de ropa, angelito.

El solo ríe.

— Aún no superas lo de “Ángel”, puedo ver… —suspira—. ¿Estás muy nerviosa?

— No lo sé, siento que esto no solo es nuevo en mi vida, sino que es nuevo en la existencia.

— Créeme, cielo, cuando te digo que, a tu edad, pocas cosas son nuevas en tu existencia —bromea con sutileza.

— Permíteme dudarlo, tú sabrás mucho, pero yo recuerdo poco, y las experiencias olvidadas no cuentan…

— Ahí es nuevamente donde te equivocas, uno siempre puede recordar.

Nosotros vivimos y evolucionamos gracias a nuestras vivencias, la profundidad del alma jamás olvida aquello que alguna vez fue valioso.

¿Quieres que te muestre algo? —termina su frase extendiendo su mano, como ya antes ha hecho, siempre dispuesto a mostrarme más de lo que incluso merezco saber.

Poco a poco me siento liviana, mi vista se torna nubosa, pero contrario a otras veces, no siento que me voy, me siento clara y lúcida, solo puedo percibir como mi cuerpo se aleja poco a poco, no sé si mis ojos ven o mi mente viaja.

Poco a poco las imágenes se empiezan a hacer presentes, un cuarto pequeño pero elegante, con paredes blancas, cortinas de puntilla y muebles en roble oscuro que realzaban el dormitorio.

En la cama yacía una niña, de una edad que no podría discernir claramente, se le veía enferma y decaída, de piel pálida e incluso algo amarilla, su pelo transpiraba y su cara de molestia era angustiosa.

Al parecer ella no notaba mi presencia, yo al no ver alteraciones decidí caminar por la habitación, descubriendo que era más que una simple imagen.

A los pocos instantes escucho pasos, me pongo alerta y me acerco aún más a la ventana, ahí puedo notar como Celestino también está parado junto a mí en la habitación esta vez.

En esos momentos entra una mujer, la cual diría, por el parecido y semblante, que era su madre.

Era una mujer de mediana edad, bastante agradable a la vista, algo robusta, tenía el pelo castaño recogido en un moño, mejillas rosadas y cara dulce, aunque preocupada y consumida.

— Ay, mi niña, mi niña… —suspira— cuándo llegará el día en el que te mejores…

En esos momentos lo destapa y se puede ver como a lo largo de su cuerpo lo rodea un sarpullido, con hematomas violáceos, y ronchas rosadas.

Ahí comienza a colocarle un líquido que parece arder, seguramente para tratar el problema, procede a secar y vendar algunas zonas.

No cabía dudas de que esa niña tenía alguna enfermedad .

— ¿Qué le sucede? —pregunté a Celestino, dando por hecho que somos espectadores ajenos a la escena.

— Ya pronto lo sabrás…

Ahí es cuando el ambiente cambia… la mujer se había ido y había caído la noche.

Ahora era un hombre quien revisaba a ese niño, el cual tenía casi el mismo aspecto.

Por el maletín que el hombre había dejado en la mesa de luz y el estetoscopio que portaba, se palpaba de antemano que ese sujeto era un médico.

En esos instantes nuevamente aparece la señora madre, con cara de aún más preocupación.

— Señora, realmente no sabría cómo decirle esto, pero su hija parece no presentar mejoría con ninguno de los tratamientos que le proporcionamos, los análisis enviados al hospital en la capital no muestran nada claro —él médico habla un tanto apenado y resignado—.

Su hija mejora y empeora, sin importar tratamiento, medicinas, clima, o ambiente.

Realmente soy un hombre de ciencia, pero llega un punto donde debo decirle que la salud de su hija ya no está en nuestras manos.

Ahí es cuando la mujer solo se mantiene pensativa observando a la criatura… parece que nada fuera a mejorar. Y nuevamente el ambiente cambia, aunque de forma abrupta esta vez.

Ahora la mujer se encontraba en la puerta de una casa humilde y modesta, aunque cautivadora; sujetando a su hija en una silla de ruedas.

Mientras hablaba con una señora de edad ya avanzada, la cual tenía el pelo canoso y trenzado, era una mujer exótica, de vestidos largos y cara perfilada, a lo lejos se apreciaba su carácter e incluso la bondad en sus ojos.

Desgraciadamente esta vez tenía que percibir el panorama desde la distancia, no podía escuchar qué era aquello de lo que hablaban.

Ya la anciana se había hecho a un lado de la puerta y les había permitido el paso para cuando quise acordar.

Y nuevamente, ahí había acabado mi visión de los hechos, pero por algún motivo seguía parada allí.

— Adelante, ¿qué esperas? —habla Celestino quien había aparecido nuevamente parado a mi lado— síguelos… y entra.

No le respondo, solo actúo en base a sus palabras.

Me encaminó hasta la casa y entro, al parecer el tiempo dentro de allí había transcurrido mucho más rápido de lo que pensé haber tardado en llegar, porque al entrar pude ver como la niña ya se encontraba recostado en una especie de cama en la mitad de la sala.

La anciana había colocado ambas manos por encima de su cuerpo de forma casi fantástica, el tiempo estaba estático, pero todo eso no era lo más extraño de la situación.

Por detrás de la anciana, habitaban 4 seres luminiscentes con características humanas, los cuales transmitían una energía, como densidad, de forma directa hasta la mujer, para que ella a su vez la transfiriera hasta la niña.

Fue algo cautivador, único y magnifico, como esa señora intermediaba el mundo humano con el espiritual de una manera tan lúcida. Pero…

— ¿Qué está haciendo? —pregunté a Celestino directamente.

— No es obvio… está curándolo —me dice.

De inmediato tengo que desviar mi vista nuevamente, porque la escena ya había cambiado, aquella habitación era la misma, incluso sus integrantes, pero esta vez, la niña estaba en pie.

Portaba bermudas, y camisa de mangas cortas, su piel estaba limpia, sin siquiera marcas, ya no se lo veía cansado y enfermo.

Es más, sus ojos brillaban y sus mejillas eran brillantes y rojizas.

Se lo veía sano y feliz. La señora ya no estaba consumida ni cansada, ahora se la veía fresca.

No paraba de agradecer a dos manos a aquella anciana, que tanta salud le había devuelto a su hija.

— Pero… lo ha curado, ¿por qué ella, o ellos… y los médicos no?

— Hay males que escapan de este mundo, aunque son totalmente terrenales.

A veces nos enfermamos, pero no desde el cuerpo, sino desde el espíritu, y peor aún, a veces nos enferman.

Hay gente muy mala o más bien, muy perdida, capaz de realizar cosas aún más retorcidas que la violencia física, gente capaz de contactar el mal para dañar a otro —hace una pausa de forma que necesita casi respirar para continuar—.

Los hay impulsivos o macabros, que son capaces de matar o lastimar a otros con sus manos, pero un poco más allá se encuentran los verdaderos seres malignos, quizás la peor escoria de la humanidad, seres tan cobardes y retorcidos, que quieren verte sufrir por pura dicha propia.

Son tan cobardes que no son capaces ni de hacerlo ellos mismos, recurren a entidades, falsas amigas del supuesto satán, quienes le dan momentáneo poder, un poder tan efímero que los hace creer poderosos.

Pero lo que no saben a veces estos mundanos, es que no hay peor precio, que cuando has alquilado tu alma por pura sed de sufrimiento ajeno.

Ellos creen que pueden manejar vida y cuerpo de otro, pero realmente no es más que una ilusión.

— Alguien decidió enfermar a esa niña… como si fuera brujería… —pensé en voz alta.

— Así mismo, Iroda. Y lo lograron, pero, ¿no lo ves? Está perfectamente curado, porque por cada gota de oscuridad, hay un mar entero de luz para aquellos que la buscan…

— Una gota de oscuridad jamás ocupará un cuarto iluminado, pero una gota de luz, es capaz erradicar un cuarto oscuro…—repito las palabras que una vez me dijo mi guía.

— Así es mi cielo… jamás olvides sentir lástima por quienes se revuelcan en su falso poder, son quienes más tendrán que buscar la misericordia del gran arquitecto, bien conocido como Dios.

— Aún no puedo creer que sea la misma niña —pronuncie feliz dándole un último vistazo—. Entiendo por qué uno no debe temer…

— Justamente… pero, es más, no solo quería que vieras que no hay de qué temer, sino que, no es la primera vez que las fuerzas del bien, te ayudan para sacar de tu vida el gélido mal.

— No termino de comprender… ¿soy esa mujer?

— No… tú eres esa pequeña niña. Tu fortaleza se ha puesto a prueba en más de una vida mi guerrera. Y esta no será la primera vez donde luchas contra el mal, así que tranquila… esto no es del todo nuevo.

Junto con las reveladoras palabras de mi guía, el viaje da punto de partida a la realidad.

Las palabras solo quedan sostenidas en un hilo sobre mi mente, tanto su rostro como lo que nos rodea parece ser arrebatado de mi campo de visión, se desvanece como pintura al óleo bajo la lluvia, como el reflejo en un charco tras pisar en él.

Y así es como caigo abruptamente entre las paredes de mi habitación, tal y como si solo hubiera soñado despierta por unos instantes.

— No sé n i que decir… —hablo aún agitada— a veces me cuesta creer que yo soy la misma, que tantas veces me has mostrado… siento que estuviera dividida.

— La mente olvida en vida, pero el alma no. Tu esencia de hoy no parte de la nada, Iroda…

— Entonces… ¿algún día lo recordaré todo?

— Así es, cuando estés preparada para hacerlo, sabrás todo, la mente humana y la vida humana no puede llevarse a cabo con esos recuerdos tan exactos. Pero un día… recordarás todo, y serás enteramente tú en toda su esencia.