Capítulo 57
Y a solo quedaban unos días para partir de viaje hacia Jerusalén, por supuesto aún faltaba contarles a mis padres sobre esta travesía que estaría disfrazada de vacaciones “turísticas”.
Se suponía que Max les contaría esto hoy mismo junto conmigo, ya que el viaje sería como un regalo de su parte hacia mí.
Creo que hoy mismo caí en la ligera posibilidad de que a mis padres no les parezca del todo agradable la idea de que emprenda un viaje tan lejos sola, no podría decir si era un cabo suelto en el plan o simples ocurrencias mías.
Pero es sorprendente como nunca antes habíamos tocado este punto.
De una forma u otra, esto era crucial, y siendo mayor de edad desde hace tiempo, me iría con mis padres felices o los dejaría con un suspiro de inconformidad por unos días.
A veces hay que elegir, entre la opción correcta y la opción segura.
Justo antes de saltar a un precipicio, hay que saber que valdrá la pena la caída, y con esto no me refiero al viaje, sino a lo que pasara en el.
El día era ventoso, templado, podría jurar que la gran mayoría de los días importantes en mi vida se caracterizan por el viento o el calor, tanto los buenos como los malos.
Mis cumpleaños, los primeros días de clases y las despedidas, la primera vez que me caí en bici, entre muchos otros.
El día que Thomas se fue era un día típico de primavera, ventoso y tortuosamente caliente, era su cumpleaños número nueve, la familia estaba reunida, sus amigos estaban jugando.
Vestía una camisa de manga corta a cuadros celestes y blancos, con una bermuda en tonos tierra; su pelo castaño cobrizo peinado hacia atrás, sus mejillas rosadas, sus ojos heterocromáticos, donde uno brillaba verdoso como los árboles y otro resaltaba en una hermosa tonalidad café, era un niño alegre, atlético y sumamente energético.
Sin dudas parecía un día ideal, hasta que se hicieron las diecisiete treinta horas, minutos antes de cortar el pastel, nadie más lo vio, todos pensamos que estaba escondido, lo buscamos en todos los rincones de la casa, luego en todos los rincones del barrio, seguimos con la ciudad, incluso con el país a lo largo del tiempo, fue un caso conocido a nivel internacional.
Las primeras semanas cualquiera podía conocer la cara de mi hermano, con el paso del tiempo la búsqueda se convirtió más en la pobre familia que había perdido un hijo pequeño en el seno de su casa, nos volvimos un ejemplo de las cosas malas que le puede pasar a uno, empezamos a representar las frases “nadie escapa del destino", “el dinero no da la felicidad", habían personas que llegaron a sospechar lo peor.
Pero diríamos que con el paso de uno o dos años, el recuerdo solo perduraba en nosotros, en algún vecino cada tanto, en los padres de los amigos de Thomas, y en la página de personas ausentes.
Pero el mundo empezó a seguir girando, las personas dejaron de mirarnos con dolor, dejaron de hablar, dejaron de buscar, dejaron de preguntarnos cómo seguía todo, simplemente para el resto del mundo todo acabó.
Y para la mayoría, Thomas Domine jamás había existido, no pensaban en él a diario, no lo extrañaban, no se preguntaban qué fue de él, ni cómo sería ahora.
Parecía que nueve años después, aquel niño solo vivía en mi memoria, y otro tanto en la de nuestra familia.
Pero ahora, solo faltaban unos días para que él volviera a la vida en cuerpo y alma, para que Thomas Domine volviera a ese hogar que nunca debió abandonar, iríamos hasta Tierra Santa por él, y volveríamos con un casi resucitado, porque quien vive en las penumbras, casi debe volver a nacer.
—En unos minutos llegará Max —le informé a Celestino.
—Lo sé, Iroda, claramente lo sé —responde— lo importante es que le hayas comunicado eso a tus padres.
—Ellos ya sabían que venía, cuando exactamente no es tan importante, sí, según ellos, solo vamos a merendar.
—Es verdad —dice con excesiva tranquilidad.
—Tu tranquilidad hasta me resulta preocupante —dije algo fastidiada.
Maximiliano apareció pocos minutos más tarde en su auto junto con su cálida sonrisa, venía relajado y por sobre todo puntual, ya que para él “a tiempo es tarde". Al parecer tener que decirles a mis padres que me llevaría hasta el otro lado del mundo no era algo que lo preocupara en sobre manera.
—Para ser que esto ya está arreglado, estás demasiado nerviosa, Iroda. —Habla Max casi en una gracia.
—¿Cómo que arreglado? —cuestione.
—Claro, tu piensas que, si interfirieron en las mentes de la organización para que retomen el caso, no van a hacer algo tan simple como incentivar a tus padres a aceptar un simple viaje —se expresa con obviedad y sorpresa por mi ignorancia.
—Realmente esa idea no había cruzado por mi cabeza, pero tienes razón, no entiendo por qué no me dijeron nada —miro hacia Max, quien solo levanta sus brazos a modo de incertidumbre—. ¿Es verdad? —pregunto ya cuando veo aparecer a Celestino, suponiendo que sabía bien de lo que hablamos.
—En parte si, sabes que no leemos todos los pensamientos ni los controlamos, pero podemos transmitir sentimientos y pensamientos positivos, o ideas, que faciliten la respuesta, en este caso, preguntar será una simple formalidad informativa.
—¿Y por qué yo no sabía nada de eso? —me exalté, notablemente estresada.
—Porque no preguntaste —responde Max en una risa.
—Exacto, Maximiliano tiene razón —se apresura a continuar mi guía—generalmente es el único motivo por el que ignoras las cosas.
Y pues dicho y hecho, la respuesta afirmativa fue inmediata.
Podría relatar como Max saludo a mis padres, como se pusieron al tanto de los pormenores de su vida, para que luego él les relatara un viaje turístico e histórico que había planeado para nosotros en el año previo a la universidad, pero realmente sería un sin sentido, mis padres no hicieron más que emocionarse por nosotros, al parecer el peligro no fue un punto que cruzó por su mente ni por un segundo.
Y no solo habían logrado que su respuesta fuera positiva, sino también aligerar su mente de dudas, porque a diferencia de cómo hubieran reaccionado mis padres en su esencia habitual, los por menores tampoco entraron en su lista de preocupaciones.
De igual manera Max les entregó una guía de todos nuestros lugares a visitar y hotel de hospedaje, incluso números de contacto y registro, a su vez que el número de las agencias de viajes y guías turísticas, de ser real, parecía un viaje planeado a detalle.
—¿Qué curioso no? De viaje a Jerusalén, nunca me lo imagine… ni siquiera un viaje a estas alturas del verano —habla mi madre entusiasmada, pero con un dejo confundido.
—Si es que llevaba ya casi todo el verano pensando y planeando, solo que necesitaba estar listo —responde Max relajado y divertido, como si fuera real.
—Lo imaginamos, es más estando tanto tiempo juntos este verano —mis padres se observaban cómplices—, es razonable que no te sobrara el tiempo para planear esto…
—Así es, pero bueno, no cambió por nada mi verano junto a Iroda —. Me abraza Maximiliano amistosamente.
Lo más curioso de todo, es que este fue el verano que menos tiempo pasé al lado de Max. Mi vida cambió, al igual que mis prioridades, no podía dedicar mi verano a relajarme con mi amigo. Muy diferente a como mis padres lo imaginaban, mi vida un día había hecho click, y ya jamás nada sería igual.
—Gracias, Max… todo salió excelente.
Me sentía en la necesidad de agradecerle, por mentirle a mis padres, por realmente ayudarme con esto, por todo.
—Lo sé —habla orgulloso— no se podría esperar menos de mí.
—Bueno, señor ego. —Entorno mis ojos a lo que él se ríe.
—Soy simplemente realista.
—Bueno, en fin, ¿te quedarás un rato? —lo invito.
—Si, amore, hasta las siete y treinta, tengo cosas que arreglar con mi padre y bueno, contarles del viaje —termina de hablar lento mientras se rasca la cabeza.
—No puedo creer que le hayas dicho primero a los míos y luego a los tuyos —opiné. Mientras sirvo jugo en dos vasos, y le alcanzó uno a Maximiliano.
—Es que estaban de viaje —levanta los brazos defendiendose.
—¡Espera! ¿Dijiste siete y media? —pregunté, cambiando de tema—, ya son casi y cuarto.
—Bueno nos quedan unos minutos —se justifica—, vamos a sentarnos afuera.
Valía la pena aprovechar como había quedado el atardecer, las nubes se habían esparcido, dejando entrever destellos rosados a los lados.
—¿Han hablado sobre lo que sucederá luego? —continua Max—. Con Celestino.
—Realmente poco, aún ni siquiera me ha asegurado que se quede —le respondo en un suspiro apenado.
—¿Tú quieres que siga siempre contigo? —pregunta mi amigo confundido.
—Pues claro —digo como si fuera una obviedad—, ahora que he descubierto como son las cosas, no puedo vivir ignorándolas.
—Ignorarlas y que se quede siempre a tu lado no es lo mismo, ¿no pienses que podría ser extraño?
—No lo sé, sé que sería complicado, pero al mismo tiempo no me imagino las cosas sin él.
—¿Lo amas? —me interrumpe, dejando el vaso de jugo sobre la mesa de jardín.
—Pues… —me trabo unos segundos— sí, realmente sí, es o fue el amor de mi vida o de mi existencia.
Después de que esas palabras salieran de mi boca, ni yo misma podía creer el significado de lo que había admitido, mucho menos el hecho de que lo dijera en voz alta.
—Que haya sido tu amor antes, no lo vuelve el amor de tu vida ahora, tu vida es esta, Iroda, y él no pertenece aquí, no es un humano. —Max se expresa rápido y firme, con notable frustración.
—Como dije sé que es complicado… —sostengo ante mi amigo.
—Pensé que las cosas podían ser distintas, más luego de lo que hablamos el otro día.
—No te comprendo Max.
—¿Cómo qué no? Yo estoy aquí, Iroda, estoy contigo ahora, no… no estuve mil vidas a tu lado, ¡Pero estoy en esta! —Termina por elevar el tono de su voz.
—Y seguirás estando Max, sos mi amigo, nada de eso cambiará... —le respondo también elevando el tono de mi voz, con cierto matiz de súplica y desesperación en mi voz.
—Quizás hay cosas que deban cambiar, como todo en la vida —afirma con pesar.
—Sabes que te quiero —le aseguro con dificultad en mi voz—, que sos mi amigo, pero realmente no tengo cabeza en este momento para darte una respuesta a lo que me dices, es distinto, no es una situación normal, no puedo renunciar a ninguno.
Max solo suspira con pena en su mirada, aunque con comprensión, sabía que lo entendía, que entendía que no sabía qué decir o hacer.
Solo me dio esos abrazos a medias, donde ambos sabemos que el otro está para ti, que pueden contar el uno con el otro, que hay problemas, pero realmente ni siquiera vale la pena hablar de ellos, entonces solo queda apoyar cabeza con cabeza, y esperar a ver que pasa.
—¿Sabes que ya es hora de que me vaya cierto? —me consulta, aún sin dejar de abrazarme.
—Lo sé… —musité suave y sin ganas de que eso suceda.
—Luego te voy a hablar, ¿está bien? —afirma y consulta mientras se separa de mí. Cambiando su cara por una más alegre.
—Está bien… y cuéntame cómo salió todo luego.
—Lo haré —sonríe y solo me da un beso en la mejilla antes de tomar rumbo a la salida—. Chao, amore —grita antes de salir.
—Chao Max.
Hasta cuando uno más quiere que las cosas sean simples, más complejas resultan aún. Cuando tu mente quiere estar solo en una cosa, pareciera que el universo confabulara en tu contra para que, hasta lo más simple y estable en tu vida, decidiera volverse camaleónico y confuso.