Capítulo 56
L a noche transcurrió de forma lenta y taciturna, no podría decir que no concilié el sueño, sino que tuve un largo sueño ligero, alejado de lo habitual. Mi mente aún dormida repetía aquellas luces y transformaciones vistas la noche anterior, como pequeños flashbacks.
Al despertar, al día siguiente, tampoco lo vi en mi habitación y esta vez tampoco podría decir que estaba en mi ventana.
Decidí desayunar de forma tranquila, sabía que, tarde o temprano, él aparecería como si no se hubiera ido, porque realmente sé que no se fue.
Aunque esa idea no borraba mis pensamientos intrusivos con respecto a lo que sucedió con él luego de regresar la noche anterior.
Era un día muy bello, ideal para simplemente relajarse, había nubes, aunque el sol las sobrepasaba, el clima era fresco, pero no necesariamente frío.
Mi casa estaba silenciosa, Inés aún no había llegado y mi madre dormía, mientras que mi padre había salido muy temprano a trabajar.
El tiempo pasaba sin marcar un ritmo. Tal vez estar sola me servía para aclarar mis ideas, pensar en lo que quería.
Sacando el rescate de Thomas, no tenía una idea sobre lo que haria despues, si fuera a ser sincera conmigo misma, sabía en el fondo que la verdadera razón, de que las dudas me agobiaran, era que ni siquiera era consciente de lo que sucedería la semana próxima, cómo podría saber qué hacer después.
—Ya puedes dejar tranquila esa cabeza, he regresado —escucho su voz tras de mí.
Haciéndome saber que mi momento de introspección había terminado.
—¿Dónde has estado? —pregunté, quizás, más curiosa de lo que debería.
—Arreglando asuntos —responde con simpleza.
—Oh…
—Vamos, Iroda, sé que viste todo lo de anoche, y sé que imaginas que una cosa viene de la mano con la otra.
—Realmente no sé lo que vi —aseguré con sinceridad—, ya que no voy a elegir tomar mis suposiciones como certezas.
—Es complejo, hasta diría que es difícil ponerlo en palabras, digamos que debo recordar lo que soy y lo que ya no… —me dice sin siquiera mirarme a los ojos.
—Nunca me ha parecido que lo olvides… —musité.
—Verdaderamente no, pero a veces dar cosas externas a nosotros por hecho, puede confundir a cualquiera, el mundo humano es complejo aún sin piel. El juego nunca acaba. —Termina por explicar con ligera gracia, o tal vez, sarcasmo.
—¿Y qué es lo que dabas por hecho…?
Él ríe sutilmente, me observa tiernamente, sin perder su esencia.
—Pues a ti —se sincera—, nosotros hemos pasado una eternidad juntos, hemos vivido el amor en todas sus formas, y aún en estas condiciones parecía que seguíamos juntos.
Creo que fue difícil para mí ver que todavía sabiendo quien era yo, aún siendo la misma esencia, aún teniendo recuerdos, aún siendo humana, no sientas lo mismo que antes.
Sé que una parte de ti lo hace, pero fue en extremo extraño para mi, ver como el alma recuerda, pero olvida en varias formas.
—Termina con la mirada perdida en un rincón, claramente necesitando alejar sus ojos de los míos para confesar aquello.
Me había quedado sin palabras, yo sabía que había algo muy extraño entre nosotros, lo sentía y lo sabía aún más cuando mi corazón solo tenía paz a su lado, lo sabía, porque había entendido que sin él mi vida ni siquiera hubiera sido posible.
Sabía que lo necesitaba, sabía que lo quería a mi lado, sabía que no quería imaginarme la vida sin poder verlo.
Pero al mismo tiempo no podía poner lo que sentía en palabras, me sentía enjaulada y más libre que nadie, cómo podría poner la eternidad, en una palabra.
Quizás él esperaba que lo amara con locura, de forma totalmente romántica y desesperada, pero ¿con qué propósito?
Ninguna parte de él lo correspondería, ni sería correcto, no era capaz de entender como lo que nos unía podía ser posibles en estas circunstancias.
—Yo solo sé que no puedo imaginarme las cosas sin ti, solo sé que estoy negada a seguir viviendo en un mundo donde no existes… —hablo bajo, con la voz algo cortada—. Pero no se qué esperas de mí, tú mismo me has
dicho que tú no puedes ser quien yo espero, y yo no puedo ser como tú.
—Es que no hay una manera de proceder, estas son circunstancias excepcionales, yo debería dejarte vivir tu vida —hace una pausa—.
Pero las cosas debieron pasar así… creo que es extraño ver como tu vida humana, y tus sentimientos continúan en un nuevo ciclo sin mí, en un esquema donde yo ya no tengo lugar.
—Max no es tu reemplazo, él es mi amigo —le aseguro con la mayor firmeza que mi voz consigue.
El ríe, sigue mirándome con ternura. Con nostalgia, hasta diría que con tristeza.
—Nunca dije que fuera mi reemplazo… —responde—, quizás es una de las desventajas de ser un protector, un acompañante, yo también fui humano, y ahora vivo entre lo que queda de mí en la tierra y el resto de mí que procura hacer el bien y mirar los cielos, soy dos cosas y ninguna a la vez.
Yo siempre estaré contigo Iroda, con o sin Max, me veas o no.
—Si una cosa deberías saber ya, señor evolucionado —procedo a intentar burlarme de él, aligerando sus palabras y las lágrimas que ya rozaban mis ojos—.
Es que luego de haber vivido todo lo que viví, mi ciclo “normal” en la tierra, jamás será lo normal, creo que, a estas alturas, en un caso excepcional, podemos pensar con mentes excepcionales.
—Nosotros seremos eternamente excepcionales, y tenemos un trato…
pero hay ciclos en la vida que se deben cumplir.
Ante todo recuerda: “el amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni presumido ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor”. Esa frase está en
un libro de historia y filosofía que amabas, y ante todo recuerda que yo te amo de una manera que ni siquiera imaginas.
Sus palabras tan cargadas de sentimientos, y tan lejanas de mi, tan evasivas, solo me llenaban de dudas y oprimían mi corazón, ante una situación que ninguno comprendía.
—¿Existe la posibilidad de que el trato no se cumpla a flor de piel, y aun así te quedes? —pregunté desafiante.
—Las posibilidades son un abanico abierto, mi gran Iroda, sé lo que piensas —se acerca y hace una pausa—.
“Si tanto me ama, porque no se queda conmigo, porque no me permite hacerlo”, y ahí sería el momento donde debes entender mi lugar y mi fuerza de voluntad, donde debes pensar que motivos me pueden llevar a tomar una decisión o otra, porque quien más ama no es quien busca acaparar, sino quien sabe dejar volar en el momento justo.
—¿Y si yo te dijera que estoy dispuesta a cambiar todo, con tal de vivir esta vida a tu lado?
—Cámbialo todo —se aleja, al responder con simpleza— en el momento en el que debamos rescatar a Thomas, haz lo que yo te diga…
—Yo hablo de después.
—Y yo de ahora, Iroda. Después será luego, no podemos pensar en cómo viviremos si aún no hemos aprendido a vivir, ni hemos conseguido los medios para eso.
—Para ti es distinto, tú estás arriba, tú puedes decidir qué hacer.
Él se ríe sin mirarme, con ironía.
—Mi cielo, yo no estoy arriba de nada. Las decisiones deben ser uno de los factores más circunstanciales que hay en este mundo. ¿Quién decide? ¿Qué decides? ¿Decides realmente tú, o debería ser así?
—Yo no quiero vivir una vida donde tu no estés en ella. —Hablo ya más bajo, más confidente, más sincera.
Para ese momento, me costaba mantener mi postura desinteresada, mi entereza. Sentía que las lágrimas estaban a punto de correr por mis mejillas, y mis emociones iban a quedar visibles a flor de piel.
—Debe ser una de las cosas más valientes que has dicho en estos últimos días. Pero… te aseguro que no lo harás. Hasta me asombra como tardas tanto en admitir algunas cosas —. Sus palabras son duras, pero me dan paz, al menos de a momentos.
—Cuando uno admite algo en voz alta, se vuelve un hecho, deja de ser un simple pensamiento rondando en nuestra mente —le confieso mirando a un lado, una de las ideas que más rige mi vida.
—Pasan las vidas y hay cosas que nunca cambian… —habla nostálgico, ligeramente divertido.
—Y no quiero que cambien, vivir una vida sin ti en ella, seguramente debe ser una de las pocas cosas que jamás he hecho.
—Te aseguro que jamás tendrás que vivir sin mí, te lo prometo.
En cuanto terminó de pronunciar aquella promesa, avancé rápidamente hacia él y envolví su torso con mis brazos, presionando con firmeza, y apoyando mi cabeza en su pecho.
Él lentamente había extendido sus manos alrededor de mi devolviéndome el abrazo, con cierta timidez en sus movimientos, acariciaba con suavidad mi espalda.
Sentir la calidez de su alma, y el confort de sus delicados gestos, me permitió dejar fluir mis sentimientos y disfrutar de la paz que me transmitía, aunque fuera pasajera.