Más allá de nuestros ojos Capítulo 52
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Capítulo 52

Y a habían pasado varios días desde mi último encuentro con Gabino.

Días que habíamos utilizado de forma constante para continuar con mi entrenamiento espiritual.

Había logrado mover los cofres con mucho sacrificio.

Se podía decir que había avanzado, aunque seguía siendo como un niño aprendiendo a caminar: lo hacía…

pero de forma torpe y lenta, tropezando en cada nuevo terreno.

A pesar de que mis padres pensaran que pasaba mis días al lado de mi amigo Max, ya hacía bastante tiempo que no lo veía.

Mis entrenamientos eran constantes y él aún seguía arreglando los temas con la organización y algunos otros asuntos.

Todo el cansancio que no me producía entrenar mi espíritu caía en mi cuerpo cuando volvía a él, tal y como la primera vez.

Era como si practicara para una maratón sin ver cambios en mi cuerpo.

Aunque, en parte, sí los había visto. Mi pelo se había vuelto más largo y llovido; incluso notaba que mi cuerpo se encontraba más delgado.

Isabelina aseguraba que era circunstancial, que era normal cambiar dependiendo del momento de nuestra vida.

Realmente, yo ya no tenía tiempo de pensar en muchas apariencias; suponía que volvería todo a la normalidad junto con mi vida humana.

El día se presentaba ventoso, los rayos del cálido sol tocaban mi rostro, pero no llegaba a sentir el calor de los mismos.

Nuevamente me encontraba sentada a lo indio en el pasto, cerca del espejo de agua en casa de Isabelina.

Estos eran momentos donde debía meditar, acercar mi alma a mi cuerpo para luego salir de él, eran momentos para encontrarme a mí misma o al menos para no perderme.

Algunas personas, al meditar, le rezan o hablan a su “ángel de la guarda”, “guías” o como quieran llamarle.

En mi caso, que tengo comunicación directa con él, prefiero mirar un poco más lejos.

Intento comprender las fuerzas del universo, intento recordar lo que en vidas anteriores aprendí.

Concentro mi ser en encontrarme y no perderme, concentrarme en el sendero del bien, concentrarme en mi bienestar.

Es curioso, porque siempre en estos momentos es cuando más presente tengo que, sin Celestino, sin mi guía, ni siquiera tendría fuerza mental para encarar la nueva dirección que tiene mi vida.

Quizás sin él tampoco hubiera podido seguir adelante sin mi hermano.

Por más extraña que resulte mi existencia, es aún más extraña la suerte que he tenido, como me han regalado un guía para mantenerme a flote, porque bien dicen que Dios no nos asigna misiones sin brindarnos los recursos para sobrellevarlas, por más ocultos que estén.

—Ya es hora —habla mi guía y actual dueño de mis aciertos y desaciertos.

—¿Lo crees? —pregunto sin despegar mi visión del horizonte— no sé si aún estoy lista…

—No hay nada que temer, si no estás lista solo estás con nosotros, continuaremos canalizándote, esto no es un ahora o nunca Iroda. —Siempre inteligente y pacífico, siempre tan él, tranquilo en la espera, aunque parezca que un mundo se nos viene encima.

Se suponía que hoy practicaríamos mi escudo espiritual, un escudo que protegería mi ser, que lo haría en cierta manera más inmune a algunos males, que lo volvería fuerte.

Después de todo era verdad, solo practicaría, intentaría descubrir si ya estoy lista o si en cambio necesito más tiempo.

Habían pasado algunas semanas desde que aún no era capaz de mover ni un solo cofre, pero también sabía que pasarían algunas más hasta que lograra manejar realmente mi protección espiritual por más efímera y frágil que resultara.

Parecía que casi todo fuera como la primera vez, entre en esa gran habitación, y tal cual aquel día, estaba rodeada de aquellas luciérnagas que bailaban en la inmensidad.

—Al parecer te han tomado cariño niña —habla Isabelina parada unos centímetros detrás de mí observando el bello paisaje que formaban—.

Siempre que empiezas una nueva tarea vienen a apoyarte, te deben de querer, los seres ilumini de este tipo no generalizan perseguir “mortales”…

—termina su frase con cierto dejo de felicidad en su voz, un dejo nostálgico y cautivado en su suave hablar, cruzada de brazos se formaba una sonrisa en su rostro.

—Quizás ha sido una coincidencia —digo, algo extrañada y, a su vez, feliz de poder observarlas nuevamente.

—No querida, hay cosas que no coinciden, solo suceden y suceden por algo.

Al igual que la otra vez ellas danzaban en el aire, se acercaban a nosotros e incluso se apoyaban, eran realmente hermosas, parecía que tuvieran una melodía angelical que era incapaz de oír pero podría decir que casi la escuchaba.

Tenían múltiples colores que incluso parecían variar y crear nuevos, escapaba de mi visión ser capaz de verlas, escapada de mi razón explicar su existencia, simplemente era magnífico.

—Ya es hora, Iroda, no hay mejor momento que este, inténtalo… intenta proyectarte —me pidió mi guía en ese instante cortando mi ensoñación.

Debía dar un paso al frente y sentirme, sentir la manera en la que yo lograría proyectar lo que era.

—Recuerda que solo tú puedes saber cómo —da término la mortal más antigua en la sala.

Coloco mi mente por fuera de la situación, dando dos pasos al frente.

Con el pasar de los segundos, decido alejar mis pensamientos.

Y aunque siempre pareció algo imposible, lejano a la realidad, no me resultó tan difícil.

En segundos dejé de ver, de oír, de recordar, de pensar, de sentir…

y solo era yo. Estaba sola conmigo, sentía que flotaba, que solo me rodeaba la inmensidad.

Quizás era el único momento donde realmente me sentía yo, donde me sentía bien, es más creo que hasta ese momento, nunca en esta vida había comprendido el verdadero significado de sentirme “bien”, o tal vez si, tal vez esto no era sentirme bien, esto era sentirme en la gran expresión de mí.

Si tuviera que hablarle a alguien sobre este momento, le diría que se imagine flotando en un gran mar cálido y pacífico, donde el agua acaricia tu ser sin saber dónde termina ni cuando empieza, donde la temperatura del agua se apega en perfecta sintonía con el aire y el cuerpo.

Le pediría que imagine que una extraña densidad ha borrado los pensamientos turbulentos, le diría que se imagine un mundo sin males, que imagine que ha bajado un ángel del gran cielo para dejar en su mente solo las cosas buenas de su vida y su ser, solo lo imprescindible para no perder la esencia.

Por lo tanto, le diría a esa persona que olvide los parámetros de lo que cree imposible y se anime a creer, a creer en todo lo bueno en este mundo y por sobre todo, a jamás olvidar que mientras haya un solo rayo de luz en la oscuridad, siempre el bien será más fuerte, le diría que recuerde que una gota de oscuridad no puede apagar un cuarto iluminado, en cambio, una sola gota de luz acabaría con las tinieblas de la oscuridad.

Podría decir que si esa persona al menos puede hacerse una sutil idea de esto, podría llegar a comprender al menos la mitad de esta removible y magníficamente inexplicable sensación.

Ya no sabía cuánto tiempo había pasado, no podía ser consciente si esta inmensidad me había llevado a una lluvia de instantes o solo a uno. Pero como todos los instantes, deben acabar.

Y baje, suave y de prisa. Mis falsos pies acariciados por el frio suelo como una pluma, donde poco a poco volví a ver, volví a existir.

—¿Lo logré? —Pregunte en un suspiro.

—Y mira que lo lograste… chiquita —responde Isabelina cortando con una risa y entonando.

—Como siempre los colores te acompañan… —habla suave Celestino—, tu luz tiene destellos de múltiples colores, supongo que ahora entendemos a las luciérnagas, ellas te seguían y conocían tu verdadera luz.

Se ríe nostálgico, observando las luciérnagas a su alrededor.

—Pero… ¿Siempre que quiera protegerme me voy a tener que alejar de todo y voy a irradiar luz? —cuestioné extrañada.

—Para nada, ahora solo estabas descubriéndote, tu buscaste eso, no era una protección sino un autoconocimiento, una elevación de espíritu —me responde mi guía.

—Es el primer paso mi niña, poco a poco, tu espera, ya hoy hiciste más de lo que muchos pueden imaginar y tuviste la suerte de hacerlo sin la carga carnal —me dice Isabelina.

Sabía que había logrado algo lejano a mi vida humana, pero realmente pensaba que parte de ello era no llevar la carga de mi vida.

—¿Carga carnal?

—Así es, como ya sabes tú estás haciendo un viaje astral, tu cuerpo está unido a ti en esta vida, pero ahora no estás en el… se puede decir que eres un poco más tú, un poco más esencia y un poco menos Iroda —continúa respondiendo Isabelina.

Lo entendía y la vez no, yo era yo, y para mí eso no era cuestión de divisiones, aunque por un lado entendía que quizás era la percepción que tenía desde mi mente terrenal y rudimentaria.

—Solo digamos que llegas a ser puramente tú, sin nombres ni ataduras —habla Celestino mientras se acerca un poco más de mí, intentando que no dedique mucho tiempo en entender cosas que no llegan a incidir en el hecho.

Siempre he querido saberlo todo, aunque en estos últimos tiempos he entendido que hay cosas que debo saber, pero quizás no es mi obligación entender, porque hay una delgada línea entre ser consciente de las cosas y saber explicarlas, la primera es necesaria, pero la segunda puede llevar tiempo.