Más allá de nuestros ojos Capítulo 50 #2
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Capítulo 50 #2

—Quiero que te bajes de esa nube de cristal, tú crees que siempre has sido un ángel caído del cielo, víctima de esta horrible tierra, piensas que eres una pobre alma inocente.

Jurarías que yo soy el monstruo más ho rrible de esta tierra —me explica con notorio fastidio—.

¿No te llama la atención que justo esta parte de la historia es la que no sabías?

, ¿no te cuestionas ni por un segundo si no tienes algo de culpa?

Y aún mejor, mi pequeña, ¿no te interesa saber si tu amado ángel protector, no fue lo bastante despiadado como para dejarte a tu suerte...

pues, conmigo? —termina sus preguntas cada vez con más énfasis.

—Realmente no sé lo suficiente para decirte si actúe o no de forma inadecuada, pero nada de lo que supongo que pude haber hecho justifica tus actos, y más aún podría llegar a justificar que el problema de una vida se convierta en el enigma de nuestra existencia, han pasado siglos...

No logro entender que quieres conseguir conmigo.

—Le explico sin demasiado entusiasmo, aun mirando el espejo.

—Es que tu no lo entiendes... podría decir que tu angelito lo entiende, tú no logras entender que hay promesas que deben cumplirse, tu dijiste que estarías conmigo y lo estarás, nosotros tenemos un pacto de sangre. —Habla tan tranquilo que resulta preocupante.

Vuelve a guiar su vista hacia el espejo y de inmediato en él comienzan nuevamente a reproducirse imágenes.

Ahora era Celestino, encarnado en Abel, en una iglesia, se estaba casado con una joven rubia, y a un lado estaba yo sentada junto a Gabino, apreciando la ceremonia.

Luego de inmediato nos veo nuevamente a mí y a Abel juntos, él me soltaba el abrazo, soltaba mi mano y se iba, me dejaba.

—¿Ves? Él te dejo, te dejo conmigo, como estaba pactado y se fue a vivir feliz su vida, ¿aun crees en todo lo que él te dice?

—me cuestiona—. ¿Te contó cómo te abandonó en el peor momento según tu?

, ¿te dijo que sabía a ciencia cierta las supuestas atrocidades con las que tuviste que pagar?

Lo dudo... —responde sus propias preguntas con burla e ira en sus ojos.

Por mientras él hablaba yo aun me encontraba estática, permanecía observando el espejo, nada me cerraba, por segundos creía que Gabino había logrado su objetivo, había logrado confundirme.

Ya no sabía cuál era la verdad, no sabía si sus palabras eran ciertas.

Si realmente ese supuesto ángel que ahora me guía, hace no tantos siglos, había cooperado indirectamente con el demonio que tengo a mi lado.

Quería irme, quería escapar, ya no podía seguir sobrellevando la situación.

—Ya es hora de que me vaya —afirmé.

Él ríe, y su risa me sabe amarga, ácida, trae recuerdos a mi alma, me reduce y me condena, casi como quitándome la esperanza.

Ya no era la misma Iroda de hace unos minutos, ahora me parecía más a esa mujer que Celestino había abandonado, esa mujer que se encontraba a la merced de un enfermo consumido por la maldad, atrapada, antes en una sociedad que la condenaba a cuatro paredes y ahora como un alma en algún rincón retorcido del universo, el cual no tenía una clara salida.

—Con que piensas irte... —me analiza aun con astucia y acidez en la mirada— y ¿cómo piensas hacerlo pequeña?

—comienza a acortar la distancia entre nosotros, cuando llega hasta mí, prosigue a seguir hablando cerca de mi odio, causando un escalofrío en todo mi cuerpo— creo que deberás abandonarme de la misma manera que lo hiciste una vez, o quedarte a mi lado, pequeñ a.

— Termina su frase poniendo ambos brazos a mi lado y volteandome con una sonrisa retorcida en su rostro.

Él quería que saltara, que saltara por ese precipicio, como lo hice aquella vez.

Tenía todo planeado, sabía como intentar destruir mi frágil y actual realidad, sabía como llevarme al pasado nuevamente, obligándome a actuar a su merced.

Supongo que es la única opción que me queda, no hay salida y por lo visto, nadie vendrá por mí.

Gabino aun me sujetaba de lado a lado, acariciando mis brazos, y a pesar de que mantenía cierta distancia, el simple hecho de tenerlo cerca generaba terror en mi ser y asco en toda su expresión.

Al pararme frente al espejo, di pie a un juego, qué jamás pensé que pudiera tener cabida en mi mente.

—Decide —pronuncia en mi oído, colocándose muy cerca de mí— te puedes quedar aquí conmigo, o continuar con la tradición —termina por decir aun sonriente.

En ese momento comienza a envolverme con sus brazos por la espalda, abrazándome lenta y efusivamente. Con su mano derecha acariciaba mi hombro izquierdo y con su mano izquierda acariciaba mi brazo derecho. Su cabeza estaba dando vueltas entre mi cabello y mi cuello.

—Tienes dos opciones, puedes quedarte con quien prometiste hacerlo o repetir tu fatal destino para regresar con quien te abandono y te causo todo este tormento —afirma sobre mi oído, con voz calma y apacible, que casi llega a suavizar sus ácidas palabras.

Mi mente era un caos, me encontraba inmovilizada en mente y cuerpo, casi ajena a mi propia persona. Gabino aun me mantenía recluida entre sus brazos, hasta que suelta un leve suspiro, en el cual se aleja suavemente y me deja escapar de un lado.

—Decídete… ya te di tiempo de pensar —me ordena.

Me encamino sola y sin mirar atrás hacia el balcón, me subo a él y espero, siempre he tenido miedo a las alturas, pero en este momento no sentía miedo de la altura, más bien tenía miedo de volver atrás, temía de haber entrado en un limbo del cual no pudiera salir.

Solo podía elegir entre saltar o no saltar.

Y caí, no sabía si alguien me había empujado o si realmente me había dejado caer, pero simplemente caía.

Sentía como mi cuerpo y mi alma iban en un vaivén, veía como mi existencia pasaba por mis ojos y mi fugaz corazón latía al galope, pero, sin embargo, estaba tranquila, sentía que cuando mi cuerpo tocara ese gélido mar, simplemente todo estaría en calma. Que todos mis problemas terminarían.

Pero entendí que no cuando vi mi reflejo en las olas que ya estaban en calma, esperándome, esto no era real. Y aquí nada acabaría, porque realmente nada acaba cuando los problemas te persiguen.