Capítulo 50
D e un momento a otro un extraño malestar invadió mi cuerpo, lo sentía tenso y pesado, el calor y el frío me abrumaban.
El espesor de la realidad me obligó a abrir los ojos de manera lenta, aunque cautelosa.
Me encontraba nuevamente en una habitación en tonos grises, recostada sobre una especie de sofá cama, tenía un largo camisón de seda beige y el pelo suelto.
En este momento podía atribuir que el frío húmedo provenía del ventanal que se encontraba abierto de par en par, aunque el calor era extraño, era como ese calor que tienes cuando tu presión arterial baja o incluso luego de tener un gran susto, todo el ambiente era denso y enfermizo.
Aunque ahora mis mayores preguntas eran ¿dónde estaba?, ¿qué hacía ahí? Y aún más importante ¿cómo me escaparía?
Las preguntas se acumulaban, ¿esto era real?
, ya a estas alturas saber diferenciar entre lo que es real y lo que no se me había vuelto imposible, es más, ya ni sabía a qué hacía alusión la palabra real o ficticio.
Lo que antes era irreal, ahora parecía más verdadero que lo humano.
De igual manera llego un punto donde tuve que dejar de divagar, levantarme y ver realmente que era lo que me rodeaba.
Era una habitación clásica, elegante y simple, con un toque vacío y misterioso, el gris blanquecino predo minaba en ella de una manera triste, aunque realmente nada físico en ella me inspiraba temor.
Sus muebles tenían cortes finos y eran escasos, la cama tenía techo y telas transparentes colgaban de él, mientras que lo que más destacaba en la habitación era un espejo sumamente grande que rozaba los laterales de la habitación.
Intenté abrir cada uno de los cajones de cada mueble en busca de algo que me sirviera, incluso la puerta del mismo cuarto, sin éxito, todo se encontraba trancado, mi último recurso fue encaminarme hasta el balcón.
Había una vista magnífica, solo se podía ver el cielo en el largo horizonte y la inmensidad del mar en la lejanía, aunque todo cambiaba cuando mirabas hacia abajo, los tonos anaranjados y violáceos del amanecer son reemplazados por un azul intenso de la profundidad de un gélido y tempestuoso mar, donde la espesa espuma de las olas golpea la piedra del acantilado.
En ese momento, todo cambió, esfumando mi efímera tranquilidad.
—Tranquila, pequeña... —siento una voz detrás de mí, en el mismo momento que unas frías manos se deslizan por ambos lados de mis antebrazos hasta finalmente sujetarme con firmeza— hasta donde yo sé nunca has sido tan frágil —termina de pronunciar cerca de mi oído, dejando salir una risa amarga al final.
Un escalofrío recorre todo mi cuerpo sin piedad, mi mente aún estaba en calma, pero el miedo había entrado en mi sistema.
—¿Quién eres? —pregunte con la voz lo más firme que pude, sin parpadear ni agachar la cabeza, aunque no me esté mirando.
—¿Quién crees que soy? —prosigue con una voz sarcástica aún cerca de mi oído, arrastrando su nariz por mi cuello hasta mis hombros con claras intenciones de intimidarme.
Mi cuerpo se encontraba tenso, había llegado a agachar medianamente la cabeza mientras lo escuchaba, y en ese momento lo vi.
Vi un anillo grueso y viejo en tonos plata y cobre, con unos labrados extraños y hasta siniestros, rodeado por unas manos jóvenes y tersas.
En ese instante entendí con quién estaba tratando y hasta me reí cansadamente por no notarlo antes, todo me había llevado hacia él y yo estaba inmersa en mi ignorancia.
Era Gabino. Y no, seguramente esto no era real…
o, mejor dicho, no sucedía en mi mundo real.
Entonces me zafe de sus finas pero asquerosas manos y lo enfrente cara a cara, volví a ver esos ojos grises y delicadas facciones, ese gancho que a mí solo me causaba rechazo y rabia, incluso terror.
—¿A qué debo tu visita, querido? —pronuncié aquella pregunta con la voz más tranquila y falsa que pude.
—O no, querida, no te confundas —se acerca a mi— en todo caso eres tú quien tiene el placer de visitarme, debo decir que ya te extrañaba —extiende una mano intentando acariciar mi mejilla.
De inmediato corro mi cara a un lado con repudio.
—El placer debe ser todo tuyo... —escupo las palabras— ahora dime, ¿con qué derecho has montado este teatro?
Cualquiera que me escuche pensaría que estoy loca desafiando a Gabino, pero casi tenía la certeza de que su plan no era lastimarme, de ser posible... hace muchos años lo hubiera hecho, o muchas vidas, al menos eso quería creer.
—¿Con qué derecho dices pequeña intrépida? ¿CON QUÉ DERECHO? —eleva su tono de voz de manera colérica. Su sofisticado ser deja de verse tan estructurado y una sombra negra empieza a hacer aparición en sus laterales, al igual que en sus ojos.
Extrañamente se detiene, respira de forma profunda, cierra sus ojos y poco a poco va volviendo a su eje, hasta que prosigue.
—Algo me dice que esta nueva costumbre tuya de flotar de aquí para allá con tu angelito ha logrado que olvides tu lugar —habla ahora, de forma calmada—.
Tu pequeña, eres una simple humana, tú eres la que se toma el derecho y el privilegio de mirarme a los ojos.
No lo olvides, porque te puedo hacer recordarlo.
Suspiré entre una risa mientras miraba hacia un lado. Realmente me asombraba como había llegado a dialogar tanto con la persona que había dedicado parte de su existencia a obsesionarse con la mía.
—¿Qué quieres conmigo? —voy al grano— porque si no te molesta desearía acabar con esta “visita”.
—¿No deseas charlar conmigo? —hace la pregunta retórica mientras que sonríe de lado y acariciaba su barbilla— seguro ya quieres volver con tu querido Celestino... tu dulce angelito.
Termina su sarcástica frase encaminándose para adentro de la habitación. Decido seguirle el juego e ir tras de él, después de todo no me quedaba otra opción.
—Quiero suponer que tienes algo contra él... pero dime ¿no te da pena dedicar tu vida a odiar a alguien que no siente nada por ti? —le cuestione con falso interés.
Él alza una ceja, me observa y se detiene frente al gran espejo, voltea 180 grados y queda mirando fijamente su propio ser, por inercia y seguro por curiosidad, lo imite.
—Me encanta saber lo poco que tú gran angelito te ha contado, ¿no te das cuenta que eres como un títere? Hablan y planean tu vida a su antojo; se aprovechan de tu ignorancia —me dice mirándome a atreves del espejo.
Ya podía ver su juego, quería confundirme, hacerme dudar, alejarme de los únicos en quien podía confiar y dejarme a la deriva, pero más allá de la cautela, la mente es curiosa y engañosa. Por más que supiera a ciencia cierta sus intenciones, necesitaba saber a dónde quería llegar.
—Creo que sé más que suficiente sobre mi vida actual, y algunas pasadas, para querer buscar soluciones a los problemas que tu muy gustosamente me has traído.
En parte era verdad, claramente no lo sabía todo, pero sabía bastante como para tomar cartas en el asunto, y realmente es improbable que lograra saber todo en tan poco tiempo, como tantas veces me ha explicado Celestino.
—Si eso crees... quizás te haría bien abrir un poco más los ojos —dice mientras me señala el espejo con un ademán en su cabeza y se cruza de brazos.
En ese instante nuestro reflejo es reemplazado por la imagen de una mujer abrazando a un hombre en una época más antigua, donde se usaban los largos vestidos y extraños trajes. Era la misma mujer que me había mostrado Celestino en la vida junto con Gabino, era yo... pero aquel hombre no era Gabino.
—¿Acaso no lo reconoces? —pregunta— es tu querido Celestino.
Yo solo lo miro entre confundida y sorprendida, mientras él mantenía su posición de desdén y gracia.
El espejo continúa mostrando ese mismo hombre, pero esta vez no era yo la que lo abrazaba. Era un hombre, el mismo hombre de la otra vez... era Gabino. Un abrazo efusivo, como el que le darías a un amigo que aprecias mucho o incluso a un hermano.
—Así es “Iroda”, era mi hermano —ríe como si le estuvieran contando un mal chiste—. Mi querido y gran hermano menor, el buen y simpático Abel, amado por todos... ah... —suelta un suspiro falsamente cansado— incluso por ti, mi prometida y mi esposa.
La historia que él contaba tenía sentido, Celestino me había relatado que habíamos estado juntos en todas nuestras vidas de una manera u otra.
Pero al mismo tiempo me desconcertaba. ¿Acaso él sabía en vida las abe rraciones que me había tocado vivir con su hermano?
. Y más aún... ¿Podía caber la posibilidad que mi relación con él en ese entonces desencadenara la maldad de Gabino? ¿Celestino se sentía responsable?
Todas esas fueron dudas que empezaron invadirme, pero una cosa tenía presente, sea cual fuera la realidad, mis acciones o incluso las acciones de mi “protector”, no podrían justificar el sufrimiento que me causó Gabino en vida y aún menos el rencor y maldad que persistió en él luego de ella.
Entonces ya puedo proseguir a responder:
—Realmente no sé por qué motivo piensas que esto me sorprendería, yo bien sé que he pasado mis vidas con Celestino —respondo con simpleza.
—Lo curioso aquí es que esa vida no la pasaste con él, la pasaste conmigo, tú eras mi prometida, ¡MI ESPOSA! —eleva la voz—. Y tú habías aceptado eso pequeña, nadie te saco a rastras de tu casa.
Yo lo observo a través del espejo, lo analizo, en calma, sin cambiar mis expresiones faciales.
—¿Y a dónde quieres llegar con todo eso? —lo increpe— ¿acaso buscas que te entienda?, ¿qué sentía lástima por ti?
Hable con educación a pesar de la dureza de mis palabras, realmente sabía que debía ser cautelosa y dentro de todo en esta situación no ganaba nada entrando en tensión.