Capítulo 48
Cuando vuelvo a abrir los ojos, me siento extrañamente liviana. Todo a mi alrededor se ve un tanto confuso y, quizás, borroso, como si estuviera a punto de desvanecerme y mis sentidos fueran menos presentes. Todo tenía una cierta visión “psicodélica”.
No podía moverme; ni siquiera tenía la más mínima idea de cómo hacerlo.
Me encontraba prisionera, prisionera de un cuerpo que no parece el mío, cada centímetro era ajeno a mí.
Intenté hablar... “¿qué sucede?”, “hola”, “ayúdenme...” aunque dudaba que esas palabras hubieran llegado más allá de los rincones de mi mente.
Pero en ese momento, un borroso y conocido chico coloca una mano alineada con mi frente y otra alineada con mi ombligo, ambas a aproximadamente unos treinta centímetros de mí, o al menos eso supuse.
En cuanto Celestino hizo aquello, comencé a sentir que me elevaba.
Poco a poco mis sentidos se iban despertando y la vista se volvía menos borrosa, al igual que los sonidos de mi alrededor se hacían presentes.
Llegó un punto donde sus manos se encontraban a mis costados y tenían toda la intención de bajarme, pero me soltó, abruptamente.
Totalmente diferente a como pensé, no caí, sino que más bien me mantuve flotando.
—Extiende tu mano hacia mí, Iroda...—pronuncia con suavidad.
Dificultosa y lentamente, logré acatar sus palabras. Extiendo mi mano, y de inmediato él la toma guiándome hasta el suelo, para que logre mantenerme en pie.
Ya frente a él, con una visión más coherente de lo que me rodea.
Miro hacia atrás, hacia ese supuesto círculo para comenzar el ritual, y me veo a mí, a mi cuerpo recostado donde aparentemente lo deje segundos atrás.
Fue entonces cuando la realidad me golpeó.
Había abandonado mi cuerpo y aún seguía siendo yo, en ese momento recaí en la insignificancia de ese conjunto de células que seguía respirando hasta sin tenerme a mí dentro de él.
Podía ver un extraño hilo brillante que me unía directo a él, tal cual y como había dicho Isabelina.
—¿Es... es lo que yo creo que es? —arrastro mis palabras.
—Así es mi amor, ese es tu cuerpo actual y tu hilo de plata.
—¿Y qué soy ahora? —observe a Celestino directo a los ojos con ligera e incoherente confusión.
—Eres esencia, eres simplemente tú, a tú casi original —acaricia ligeramente mi mejilla, pero el hecho de ser “diferente” me dificulta sentirlo.
Claramente él lo noto.
—¿Casi original? —pregunté.
—Estás haciendo muchas preguntas, Iroda —habla en un tono casi burlón— solo digamos que la tu real, tiene conocimientos mucho más amplios de todo.
Me limito a asentir.
—Ahora sí va a comenzar el entrenamiento, querida —me advierte Isabelina la cual solo se había dedicado a observar hasta ahora.
Minutos más tarde me encuentro en un salón, totalmente desconocido para mi hasta ahora.
Se trataba una sala demasiado amplia, con techos muy altos, paredes repletas de estantes y cajones, como si fueran un mueble inmenso.
A los laterales de la habitación se encontraban dos mesadas largas, de una madera caoba oscuro, al igual que el amueblado de las paredes.
El piso de la misma era de mármol color marfil con tonos ligeramente rosas en sectores.
En cuanto a la iluminación, podría decir que era lo más mágico del lugar: contaba con grandes candelabros de oro que daban la luz suficiente como para ver todo con claridad, pero a su vez eran lo bastante tenues como para no encandilar a nadie.
De todos modos, más allá de la asombrosa infraestructura, lo más mágico del lugar era que flotaban luces de colores, como místicas luciérnagas, las cuales ni siquiera pensé que existieran, en el caso de que sean seres vivos.
—¿Realmente son lo que estoy pensando? —digo mientras observo maravillada a mi alrededor.
Tanto Isabelina como Celestino sonríen. Ella ríe con sutileza.
—Se puede decir que si querida, si es que los “pájaros” de esmeralda son pájaros, estos bellos seres pueden ser luciérnagas —pronuncia cada palabra mientras mira a su alrededor.
—¿Cómo sobreviven atrapadas aquí? —se me contagia su felicidad al verlas, pero al mismo tiempo mi ceño se frunce con la duda.
—Oh, pero ellas no están atrapadas, ellas son libres en la inmensidad, van y vienen a su antojo —sus palabras estaban teñidas por ese típico tinte dulce en su voz—. Hoy dio la casualidad que se encuentran aquí, creo que es por ti —termina sonriéndome mientras intercala su mirada entre ellas y yo.
—¿Por mí?
—Han venido para apoyarte, son seres luminis, son muy bellas, ¿verdad? —habla Celestino mientras estira su mano para que tres de ellas reposen en su dedo índice.
Lo imito, y de inmediato unas cuantas comienzan a acercarse y reposar a lo largo de mi mano y brazo, incluso una se reposo en la sima de mi nariz y cabeza.
Por unos momentos se sintió la felicidad en el ambiente.
—Bueno creo que ya es tiempo de comenzar —continúa hablando, avanza por la sala directo hacia una de las mesas.
Lo sigo, pero Isabelina se mantiene en la entrada.
En cuanto me encuentro a su lado, Celestino con un simple movimiento de manos abre un cajón que se encuentra a metros de distancia de él, para que tres distintos cofres leviten hasta quedar sobre la mesa.
Los tres se colocan en fila con cierta distancia entre ellos, eran cofres de distintas maderas con cerraduras y labrados, notablemente antiguos.
—Intenta tocar uno de ellos —me alienta, con un tono pacifico, cansado, junto con una mirada analítica y los ojos ligeramente arrugados para fijar su mirada.
Doy unos pasos, estiro mi brazo con sutileza e intento tocar esa enigmática caja, pero fallo, literalmente no logre tocarla, mi mano pasa atreves de ella como si no existiera.
—¿Qué sucede? —mi cara de asombro era notable.
—Poco a poco vas a tener que recuperar tu habilidad de humana y fortalecer algunas nuevas como espíritu.
—Así es querida mía —habla Isabelina desde la entrada.
—O sea... que ¿No puedo hacer nada en esta condición? —consulte preocupada.
Celestino se recuesta sutilmente en la mesada mientras le hago dicha pregunta.
—Así es, pero ya veremos cuanto te lleva el entrenamiento. Este de aquí —comienza a moverse señalando el siguiente cofre—, deberás hacerlo levitar, mientras que este último... —ya señalando el tercero— deberás correrlo sin tocarlo —pronuncia lo que debería hacer con el último con cierto pesar.
—Correrlo... —pienso — ¿cómo hiciste con Gabino aquella vez? —deduje rápidamente que se tenía que tratar de eso.
Pero claramente eso que él hizo aquella vez, era mucho más complejo que solo mover algo. Aquello era como una extraña energía densa que lo controlaba, algo que iba más allá de mi comprensión.
—Así es... pero eso será lo último que hagas, Iroda —me aseguro mi protector mirándome a los ojos—. Si todo sale bien, estos cofres solo serán una ayuda para comenzar, luego vas a tener que intentar con una gran variedad de objetos, pero todo va a depender de tus posibilidades.
—Ya que este chico no piensa explicártelo, lo haré yo —entra la otra mujer presente en la sala, que hasta el momento se había mantenido un poco al margen—.
Esa técnica de “correr” o “empujar” —mira de reojo a Celestino—, es como él bien ya sabe, tu energía y fuerza interior proyectándose al exterior.
Pero, aunque generalmente las almas tengan una gran energía, es difícil que todos puedan manifestarla.
También... —comienza a hacer ademanes con sus manos, y dar vueltas alrededor de nosotros— pueden haber otras maneras de mostrar nuestra energía, pero digamos que esta es una muy útil y habitual, sobre todo cuando te vas a exponer a seres no tan “buenos” ...
—Realmente... había imaginado que todo iba por ese lado —digo con sutileza, aunque quizás era una idea más abstracta la que rondaba por mi mente—. ¿Creen que pueda hacer eso?
—Podrás cielo, te lo aseguro —me reafirma Celestino—. Pero ahora no te preocupes por eso. Paso a paso... Primero, hay que concentrarnos en el primer cofre.
Y así pasé las siguientes horas, concentrada enfrente a ese cofre, mentalizándome en que si podía hacerlo, imaginando que si lo había hecho.
Pero la realidad es que no, solo logré sentir un leve roce, casi imperceptible, pero al menos pude convencerme de que si podía, era solo cuestión de quererlo e intentarlo.
Volver a mi cuerpo fue hasta incluso más fácil de lo que pensé; no tuve que fingir entrar dentro de el nuevamente ni mucho menos.
Puse mi dedo índice sobre ese extraño hilo, al igual que celestino, con la concentración de ambos, sobre todo la de él, desperté rápidamente en mi cuerpo.
Lo que sí descubrí en cuanto me coloqué en pie, fue que la falta de cansancio que sentía como espíritu, cayó sobre mí en el estado carnal.
Pero después de una infusión que me dio Isabelina, una dosis de agua, y una buena merienda con la susodicha, se puede decir que volví a mi estado normal.