Capítulo 47
Y a había pasado un largo rato desde que Celestino e Isabelina me habían abandonado en el césped de aquel patio, con la simple misión de observar el cielo, liberar mis preocupaciones y repetir en mi mente una secuencia de entrada y salida de mi cuerpo.
Debía “imaginar” que mi alma dejaba a mi yo carnal dormido y llegaba hasta la entrada de la finca como esencia, una secuencia de concentración que tenía que repetir una y otra vez.
No sabía si habían pasado minutos o incluso horas, ya que esa simple práctica me adentraba a una extraña y estremecedora relajación, donde perdía la percepción del tiempo.
—Bella durmiente, ya puedes parar —habla suavemente Celestino—. Es hora de empezar con el verdadero entrenamiento —afirma en cuclillas a un lado de mí, con una media sonrisa en su rostro.
—¿No se supone que ya habíamos empezado? —le pregunté con la voz adormilada, a lo que él mantiene su sonrisa sutil, mientras me ayuda a ponerme en pie sujetándolo de un brazo.
Me di cuenta que la respuesta era negativa cuando me encamino hacia un patio interior, con ventanas y paredes hechas de cristal con múltiples colores y diseños,
cientos de plantas y flores exóticas en los costados.
En el medio de la sala había una lona blanca extendida, la cual estaba rodeada por un círculo con un peculiar polvillo blanco brillante y lo más extraño de todo, eran la cantidad de velas encendidas que rodeaban el círculo.
Eran velas gruesas y de baja estatura, tenían un tono beige con ligeros brillos dorados, y en cada punta había una vela azul.
—¿Qué significan las dos velas azules en los extremos? —le pregunté a Celestino mientras observaba todo, aun agarrada de su brazo.
—Simbolizan la unión de ambos mundos, por eso están en los extremos... —me explica con voz suave.
Lo observo curiosa. Si bien la confianza en mis acompañantes me mantenía tranquila, y la belleza del lugar era innegable. La imagen frente a mi era inevitablemente perturbadora, la idea de un ritual solo llevaba a mi mente hacia historias de terror, con una protagonista demasiado ingenua.
—Y todo esto... ¿es muy necesario? —una extraña mueca se hace presente en mi cara, mientras él comienza a curvar una sonrisa.
—Con la presencia de este chico aquí... —me responde Isabelina, quien se aproxima a nosotros desde la entrada—. Nada de esto es indispensable, pero siendo que estamos empezando y tu no lo manejas, es de gran ayuda tenerlo.
—Comprendo... ¿Siempre será así este ritual o es solo para comenzar? —indagar en todo lo que me rodea es mi don y mi maldición.
Ambos se dedican miradas dudosas y cómplices.
—Siempre, no vamos a correr riesgos —sentencia Celestino de manera brusca.
Su comentario, aunque a mí me haya dejado algo impactada, a Isabelina le resultó molesto, al parecer hasta las almas más tranquilas tienen emociones “agresivas”. No puedo negar que me genera algo de gracia interna.
—¿Cómo qué riesgos? —mi voz no es confrontativa, pero sí demandante.
—Todo esto de aquí, junto con Isabelina, será lo que proteja tu cuerpo. En ese momento estaré solo con tu alma —responde con seriedad—. Seguro podré dejarte una encomienda que te proteja, mientras más ayuda mejor.
—Nada va a lastimar su cuerpo querido, tienes que liberar esas ideas de tu mente —le dice Isabelina.
—Bien sabes a quien nos enfrentamos Isabelina, bien lo sabes —le responde sin mirarla a los ojos.
El ambiente se había vuelto tenso, un falso ángel y una bruja discuten frente a una mortal que vive en un mundo que no le pertenece. Basta con pensarlo para darme cuenta de la obra de teatro que se había apoderado de mi vida.
—¡Ya basta! —grité con frustración — hay muchas cosas peligrosas en la vida, mi hermano nos necesita.
Mientras Isabelina me dedicaba una mirada compasiva, el chico a su lado se mantenía imparcial, con su mirada concentrada en un punto fijo. Yo mientras tanto procuraba contener mis emociones, y evitar que las lágrimas salieran de mis ojos. No estaba triste, ni estaba
verdaderamente enojada, pero las circunstancias me llevaban a tener demasiados sentimientos encontrados.
—Esto ya no será la vida, Iroda, no como tú la conoces —susurra, para terminar su frase carente de gracia con una voz perdida, observándome de la misma manera que Isabelina.
Procede a extender su mano hacia mí, y me dirige hacia la lona frente a nosotros. Me detengo justo frente a las velas, las cuales se apagan de inmediato cuando me acerco.
—El círculo volverá a encenderse cuando estés dentro de el, querida, no temas —me informa Isabelina recostada sobre el marco de entrada.
Observe a ambos, quienes me miran con ojos imparciales. Doy un paso al frente, me recuesto, y cierro mis ojos mientras se encienden todas las velas siguiendo un hilo.