Capítulo 44
Y así pasaron horas y horas, solo sentados, apreciando la nada y todo a la vez.
La noche cayó acompañada de una fuerte brisa veraniega, mientras que las luciérnagas de la noche se hacían cada vez más presentes en la inmensa oscuridad.
Nos encontrábamos recostados sobre el césped, sin emitir sonido.
Aunque, en realidad, podríamos estar hablando a los gritos y a nadie le importaría, porque ya habían pasado las nueve de la noche y mi casa aún permanecía desolada, a excepción de dos extrañas almas de mundos distintos en el patio trasero, nosotros dos.
Ver a Celestino en esa situación me resultaba tan extraño...
tan humano. Su mandíbula enmarcada y relajada, sus cabellos dorados que parecían brillar al igual que su blanca tez, podías mirar cada centímetro de su “piel” y en ella no encontrarías ni una sola marca, ni un solo lunar, ni una sola “imperfección”.
Y era de esperar, los inmortales no estaban condenados a tenerlas; creo que, más bien, ellos elegían como mostrase.
Su perfección era la belleza en persona; sin embargo, era abrumadora, ya que era totalmente opuesta a mí.
Sus facciones eran finas sin ser delicadas, su cuerpo era delgado sin ser menudo, era un ser muy bello en realidad, su presencia era imponente de una manera poco común, creo que jamás me había detenido a analizar demasiado su ser, su belleza peculiar.
Su presencia desentonaría en un grupo. Era un ser que transmitía paz, que emitía una luz enceguecedora sin siquiera brillar, casi como si un aura de luz lo rodeara.
En cambio, yo... era una persona bastante promedio, nunca tuve problemas de autoestima, pero físicamente nunca destaqué.
Mi estatura es promedio, al igual que mi peso, mi cabello es largo y castaño claro con algunos destellos rubios y ondas en las puntas, mi piel es clara, un tanto rojiza y bronceada, lo que entona bastante bien con mis ojos verdosos, pero no había nada que destacar, y sinceramente nunca me importo demasiado.
Supongo que mi mente pasó tantos años concentrada en otros problemas, que no tuvo energía para seguirlos buscando en mí, simplemente me aceptaba la mayoría del tiempo.
—¿En qué piensas? —pregunta de repente mi acompañante, sacándome de mi sumergimiento.
—En tu rareza y en mi normalidad —afirme divertida y sincera.
A lo que él ríe y me observa sin terminar de entender.
—Tu normalidad es fascinante —su voz tiene un dejo de diversión, por poco diría que le resultaba un sin sentido absurdo—. Siempre lo ha sido.
—Solo quise decir que tu apariencia, es un tanto... —lo pienso—. Perfecta, mientras que yo soy del montón —le confieso, intentando sonar lo más casual posible.
Al contrario de lo que esperaba, la diversión en su rostro aumenta, y viene acompañada de una amplia sonrisa que termina en unas de esas risas a modo de “no tienes remedio”.
—Mi apariencia es algo subjetivo, versátil en este mundo —comienza a relatar sutilmente—. Es muy normal que no te parezca del “montón”, porque no lo soy —gira su cuello para observarme— pero en cuanto a tu apariencia, es muy humanamente estética y “actual”.
Esta vez me toca reír a mí. Sin duda tenía las palabras justas para llamarme simple, pero dejarme en claro que estoy lo suficientemente bien para no quejarme.
—Se lo que piensas —murmura—. Y no te lo digo solo por hacerlo, realmente en esta vida tienes una apariencia estética y aceptada socialmente, puedes considerarte “afortunada” —suelta con ironía—.
Pero no debes olvidar que es solo un cuerpo, como si fuera un “alquiler”.
Debes cuidarlo mientras lo tengas, quererlo, él te acompañará por muchos años e irá cambiando y evolucionado junto a ti; pero llegado el final...
lo dejaras y el alimentara la tierra. Para que luego te otorguen uno nuevo.
—Realmente no lo había pensado así, como algo tan pasajero —suspire.
La afirmación de Celestino me había descolocado, por supuesto que en este tiempo había aprendido que no siempre nos veríamos igual, entre tantas otras cosas.
Pero no me había detenido en la poca relevancia que tiene nuestro envoltorio, que por supuesto es útil y como bien dijo mi protector, debemos quererlo, pero al pensar en la irrelevancia de su forma y color, hasta es difícil pensar como tantas personas sufren o dedican su vida solo a la superficialidad del mismo.
A algo tan banal, que al mismo tiempo siempre nos ha dividido.
Una de las tantas ironías de la vida, como un simple envoltorio de turno, podía haber causado guerras, matanzas, esclavitud.
Como el ser humano hasta hoy en día podía despreciar a otro por considerarlo “bello” o “feo”.
Un día Celestino me dijo, que todo en este mundo es como una prueba, una lección, y cada cosa que nos sucedía o cada realidad que nos tocaba vivir era un aprendizaje, tanto para nosotros como para quienes nos rodean. La apariencia es una y estoy segura de que nos queda un largo camino por recorrer.
—De igual manera, no quiero que me malinterpretes —vuelve a hablar Celestino, después de que yo me perdiera en mi mar de pensamientos—.
Con esto no quiero decir que no puedas pensar en que algo o alguien puede ser hermoso o atractivo, solo quiero que te concentres en que la belleza va desde adentro hacia afuera, las personas buenas siempre serán bellas de distintas maneras, porque es algo subjetivo, algo que se encuentra en pequeños detalles.
La sintonía de las actitudes junto con sus rasgos vuelve armónico al ser humano.
Analice cada palabra, cada mueca que hacía, mientras se expresaba con firme serenidad, casi como si estuviera dando una clase de vida a su eterna protegida, mientras yo pensaba en todas aquellas cosas que quizás ya sabía, y que su misión no era enseñar, sino hacerme recordar.
—Sin duda no eres de este mundo amigo —rio sutil—. Tienes toda la razón, creo que muchos piensan de ese modo. Pero este mundo, a diferencia del tuyo, tiene muchas teorías y poca práctica —terminé con una media sonrisa, mirando hacia el suelo y jugueteando con el pasto que me rodeaba.
—Lo sé mi querida, Iroda, pero te aseguro que tú eres lo suficientemente capaz para llevarlo a la práctica.
—¿Lo crees? —pregunté, ligeramente extrañada y divertida, sin dejar mi faceta anterior, pero esta vez mirándolo fijamente.
—No lo creo mi pequeña ilumini, yo lo sé —me toca la punta de la nariz a modo de broma—. Ya lo he visto.
—O sea... ¿Qué se supone que ya pasé por muchas etapas de “superación”? —el falso sarcasmo se apodera de mí, aun confundida por su gesto en mi nariz.
—Claro que sí... y te puedo dar un vistazo si así lo quieres —extiende su mano directo hacia mi—. Sabes que hacer.
Y si, sabía perfectamente que, al tomar su mano, mágicamente me llevaría a el pasado, cuando aún ambos existíamos en la misma realidad. Y por supuesto que la aceptaría, con melancolía en el pecho y los pelos de punta, pero aceptaría.
Su mirada se tornó de un azul intenso y brillante, poco a poco me fui perdiendo en sus ojos mientras que una luz blanca me rodeaba.
Nuevamente una oleada cálida me abrazó y empecé a sentir un leve cosquilleo en todo el cuerpo.
Al igual que la otra vez, un flash de imáge nes empezaron a llegar a mí de manera fugaz pero nítida, eran parejas en situaciones muy similares a la nuestra, en la noche sentados, recostados mirando las estrellas o conversando.
Pero lo más digno de destacar, era la diversidad en cada una de ellas, sería casi imposible describirlas a detalle.
Pero si podía recordar parejas indígenas, y con pocas ropas, rostros muy pálidos con cabellos rubios y vestimentas exóticas, cuerpos esbeltos y de tez muy oscura, rostros asiáticos con trajes típicos, hasta incluso momentos en que nuestras apariencias no eran justo las mismas...
como diferíamos en colores de cabello y ojos, hasta incluso piel.
Puede ver como fuimos delgados y más robustos, como llegue a ser pelirroja como el fuego, mientras él tenía cabellos que se asemejaban al carbón.
Simplemente todo aquello me resultaba tan familiar y desconocido a la vez.
Pero lo que más me llamaba la intención, fueron aquellas tres últimas imágenes, la tercera es aquella hermosa pareja de la boda, nuestra última vida juntos.
Mientras que en la segunda vi una chica de pelo azabache y ojos miel, con un vestido rojo estilo años cuarenta, sentada en una reposera viendo las estrellas, mientras que el chico rubio a mi lado la observa a unos metros de distancia, él se veía un tanto transparente, no tan tangible como hoy en día y a su vez brillaba de una manera peculiar en la tranquilidad de la noche.
Mientras que la última éramos nosotros, justo hace unos momentos, sentados el uno junto al otro.
Esa imagen se mantuvo presente hasta que, poco a poco, la mirada firme de celestino la fue sustituyendo.
El regreso a la realidad vino acompañado de un leve cosquilleo, que fue reemplazado por un corazón agitado y un torbellino de emociones que sentía en mente y cuerpo.
Creo que la mayor intención de Celestino, era solo hacerme ver como había cambiado nuestra apariencia sin haber cambiado nuestra esencia ni la situación.
En todas aquellas vidas fuimos los mismos de una manera u otra, y siempre sentimos lo mismo.
La mejor manera de saber que quien te quiere, lo hará de cualquier forma, contra viento y marea, con cualquier envoltorio.
—Nunca pensé que hubiésemos vivido tantas veces este momento...
—¿Es fascinante no? —sonríe como niño— como se asemejan tantos momentos de nuestras vidas, como cada uno es igual y único a la vez.
Y tenía razón, en cada escena éramos nosotros en una situación similar, pero ninguna igual a la otra.
—Como si fuera un eterno déjà vu... —musité.
—Realmente lo es “Iroda” —afirma, mientras se acerca un poco a mi y me abraza con un solo brazo.
Yo le respondo simplemente inclinándome hacia su hombro, guardando silencio. A veces los pensamientos y las emociones encontradas eran tantas, que no creía oportuno darle una respuesta con palabras. Muchas veces los momentos hablan por si mismos.