Capítulo 40 #2
No le queda más que agachar la cabeza un momento con pesar, para volver a mirarme con aquellos ojos azules que parecen gritar mil excusas para no hacerlo y no decir nada a la vez.
Da un paso más frente a mí, quedando a muy poca distancia, toma mi mano y la extiende a modo de que quede palma con palma.
Después de algunos segundos, todo se torna borroso y oscuro.
Un olor frío y húmedo comienza a recorrer mi sistema, junto con un aura y neblina gris.
Muy a lo lejos comienzo a presenciar lo que parece un ritual de boda, una pareja toma la mano cada uno del otro y realiza un corte en la palma hasta sangrar, mientras que ambos pronuncian ¨estaremos juntos durante toda la eternidad¨, esas palabras permanecen resonando en mis oídos mientras todo se torna borroso.
De un momento a otro un pantallazo de imágenes horribles se presenta ante mí.
Un sinfín de escenas protagonizadas por un hombre de estilo montañés, alto y grande, de cabellos rojizos y una mujer muy delgada, de tez pálida y cabellos castaños.
A lo que parecían pasar varios años entre una y otra, ya que la joven mujer parecía irse deteriorando.
Un hombre cruel y manipulador, violento y abusivo; el cual se dedicaba a torturar a aquella pobre mujer tanto psicológica como físicamente de todas las maneras imaginables, sin ningún motivo aparente, al principio ella intentaba fallidamente defenderse y al final solo permanecía inmovil.
Todo sucedía en una casa amplia, antigua, oscura, donde todo en ella gritaba silenciosamente, cada pared parecía albergar un callado suplicio.
De a momentos se escuchaban leves gritos y sollozos que se debilitaban a lo lejos.
Todo termina con la fatídica escena, donde la veo a ella parada en frente de un balcón mirando al cielo, a punto de saltar, o más bien… escapando de ese tormento.
Todas aquellas imágenes cobraron un sentido terrorífico, maquiavélico.
Los recuerdos volvieron a mí de una manera abrupta, tan potente como una tormenta de hielo, que en vez de congelarme la piel...
me heló el alma. Aquella mujer suicida, era yo y aquel hombre abusador, era Gabino.
Por eso él me conocía y sabía tanto de mí, ni siquiera con la muerte me pude librar de él, y ahora... estaba tras mi pobre hermano.
En cuanto abrí los ojos y volví a ser consciente de las miradas expectantes que me rodeaban, la tristeza se apoderó de mí.
Me desplome de rodillas en el piso y un río de lágrimas comenzó a recorrer mis mejillas de una forma desenfrenada.
Pero pensándolo mejor, no era la tristeza la que ocasionaba mis lágrimas, era enojo, furia en su máxima expresión, indignación, porque la tortura de una vida se convirtió en una condena eterna, una condena que yo no creía merecer.
—Jamás quise que todo esto volviera a tu mente —menciona ausente Celestino, hasta en su mirada, a pesar de las lágrimas notaba emociones indescifrables que se asemejaban mucho a la tristeza, y la compasión.
Pero yo no quería nada de eso, nunca he querido la lastima de nadie.
Siempre he sido el centro de la lastima y la compasión, la pobre chica del hermano desaparecido, la pobre familia que lo tenía todo, pero nunca encontró a su hijo.
Y en este caso era peor, era la pobre víctima de alguien a quien no me podía igualar. Sus palabras volvieron a mi mente:
“Ni siquiera cuando éramos iguales pudiste enfrentarte a mi”.
Entonces me largué a correr de una manera dramática y hasta algo inhábil.
No sabía cómo enfrentarme a todos ellos en ese momento y mucho menos que esperaban de mí al saber aquello, solo sabía que tenía que aclarar mi mente.
Entonces corrí... corrí como si una multitud me estuviera persiguiendo.
Salí de la casa, atravesé uno de los jardines, pase el puente de se sobreponía a la pequeña laguna, hasta que llegue a ese extraño bosque que rodeaba la “fortaleza”, no sabía a dónde iba, pero necesitaba que fuera tan lejos como para que aquella casa no sea más que un recuerdo de mi nueva y abrumadora realidad.
Llegó un punto en el que ya no corría, solo caminaba, no sé cuánto tiempo pasó hasta que llegue a un lugar un tanto más despejado, donde los árboles se guardan las distancias.
Supuse que al menos había pasado casi una hora, debido a que el hermoso día soleado y caluroso se transformó en uno gris y ventoso, aún hacía calor, pero se notaba la proximidad de la tormenta.
Parecía que el clima se había puesto de acuerdo con mis emociones. Entonces decidí descansar.
—Perdóname... —escuche a mis espaldas la voz de mi supuesto protector.
Era de suponer que pronto aparecería, él siempre estaba conmigo y para él, aunque yo quisiera estar sola, la situación lo ameritaba.
—No tienes por qué pedirme perdón —musite ausente.
—Claro que sí, yo no debí mostrarte eso, tú debes vivir tu vida... no las pasadas. Hoy eres Iroda Domine, y es lo único que debería importar.
—Si las vidas pasadas cambian la de Iroda, debe importarme. Ese pasado no está tan atrás como debería —digo ya más firme—. Por lo tanto, no debes pedirme perdón.
—Te pido perdón porque mi deber era solucionar esto, yo debí solucionar este problema sin involucrar tu mortalidad. Pero no lo hice... no pude.
Las palabras de Celestino estaban rozando lo mundano, ese ser superior en él, ya no estaba tan presente, sus palabras lo hacían ver casi tan vulnerable como yo. Eso me hizo sentir peor, nuevamente las lágrimas llegaron a mis ojos, pero esta vez de una manera más leve.
—No puedo creer que pase casi una vida así... ¿Acaso nadie se dio cuenta? ¿Nadie intentó ayudarme? —me pregunto en voz alta, entre lágrimas.
—Muchas personas lo sabían, casi todos los que te rodeaban.
Pero en esos tiempos... —hace una pausa—.
Algunas personas se preocuparon, pero esas mismas no se sentían capaces de hacer algo o no querían interponerse, y otros tantos te culpaban a ti —suspira—.
Te culpaban porque el ser humano puede ser muy cruel, algunos sin hacer maldades cooperan con ellas.
Siempre tenían una excusa distinta, pero siempre buscaban la manera de hacerlo pasar por tu culpa y convencer al resto.