Más allá de nuestros ojos Capítulo 36
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Capítulo 36

—E l problema está solucionado —anuncié en cuanto entré a la sala donde se encontraban todos. Mientras Ahron venía tras de mí.

—Parcialmente, quiso decir —rectificó Ahron de inmediato. La cara de confusión del resto era sepulcral y expectante.

—¿A qué te refieres, Iroda? —pregunta Celestino con rapidez.

— Bien lo sabes, muchacho. El plan se hará, pero bajo mis condiciones, las que bien sabes son necesarias desde hace nueve años.

—Eso ni que hablar. El plan puede funcionar perfectamente si solo nosotros lo llevamos a cabo —aseguró Celestino.

El descontento en su voz y la desilusión en su mirada eran visibles a lo lejos.

—Sabes perfectamente que no. Sin Iroda —todos me observan—, el plan no funcionaría, hay que arriesgar para conseguir. La chica ya no es ninguna niña, ha crecido y está decidida, lo veo en sus ojos, no podemos ir en contra de las leyes del destino —sentencia Ahron.

Celestino intenta hablar, pero Isabelina lo interrumpe con su mano, para continuar ella:

—Ya todos sabemos que Ahron tiene razón... Solo es cuestión de prepararla. No hay otro camino, querido.

El temple de Celestino ya se había calmado, sus revoluciones internas habían bajado, al punto de solo estar pensativo y notoriamente triste. Tampoco diría que estaba muy alterado, pero sí estaban discutiendo, y claramente mantenían una diferencia pujante desde el inicio.

—Yo... —comienzo a hablar, sintiéndome excluida en una conversación sobre mí misma.

Pero en ese momento comienza a sonar el timbre de la puerta.

—Es Max —habla Isabelina.

Entonces Cristopher se encamina hacia la puerta, de no ser porque Maximiliano ahora tiene su anillo del cuarto ojo estaría preocupada.

Una puerta abriéndose sola, sería algo llamativo, y hasta aterrador.

Pero en cuanto lo hace, la cara de Max se torna muy extraña, solo nos observa a mí y a Isabelina.

Pero de inmediato se torna simpática como de costumbre.

—¿Nuevo sistema de puertas que se abren solas? —pregunta mientras observa la puerta, divertido— me gusta, me gusta.

La cara de Cristopher era sin duda divertida. Pero, a mi parecer, nada era divertido, se suponía que él iba a poder verlos a todos... ¿Acaso no funciona su anillo?

—Mejor pasa y siéntate querido, tengo algo para ti —se me adelanta la dueña de casa.

En cuanto Max lo hace, y toma asiento en uno de los finos sillones “reina Ana” que había en la sala, en tonos crema y rosa pastel, que cabe destacar solo acentuaban los aires excéntricos y algo mágicos del ambiente, Isabelina le ofrece lo que parece un té.

Era obvio que si para mí era ajeno lo que sucedía, aquella situación para Max era más que extraña, creo que si viera al resto de los integrantes en la habitación, lo sería aún más.

—Hazlo Max, te aseguro que es la pieza que falta para lo que te expliqué anoche. —Lo aliento a tomar la taza de té con un gesto.

—Confío en ti, Iroda... confío en ti —dice observándome mientras toma la dichosa taza y la mira de una forma muy poco prometedora.

Y no lo culpo, la situación era confusa en sobremanera. Pero finalmente consume el contenido de un solo sorbo, con el ceño fruncido y sin querer darle más vueltas.

El efecto es casi inmediato, sus ojos comienzan a cerrarse, su cuerpo empieza a tambalearse en el asiento mientras balbuceaba palabras incomprensibles, hasta que cae aparentemente dormido hacia atrás.

Su reacción fue tan sorpresiva para él, como para mí.

—No te preocupes, es normal. En unos minutos despertará y los verá a todos —me tranquiliza Isabelina mientras se agacha, al igual que yo, junto a Max.

En el transcurso de esos minutos, nadie habló, todos parecíamos sumergidos en nuestros mundos, esperando. Parecía que nadie siquiera deseaba continuar con la discusión anterior, que por supuesto no nos llevaría a ningún lado.

Pasados unos cinco minutos, Max ya se estaba revolviendo en el sillón.

En serio, esperaba que se levantara lúcido, y no preguntando todo sobre la situación, porque hay que aclarar que a Max siempre le ha gustado, que digo gustado, encantado y hasta fascinado, complicarme la vida, aunque fuera inconscientemente.

Pero en este momento me parecía muy gracioso verlo ahí durmiendo casi como un bebe, con un “traje”, o medio traje mejor dicho porque era el pantalón y la chaqueta color negro, pero con una remera básica blanca y zapatillas del mismo color.

Típico de Max, intentando tener un pie en ambos mundos, con uno en su vida y otro en el trabajo.

Su pelo que imagino antes estaba minuciosamente peinado, pero ahora se le escapaban mechones por todos lados, lo que le daba un aire desenfadado y sus pecas lo hacían ver más niño, solo me queda reir mentalmente, lo miro y no sé qué haría sin mi amigo.

El reflejo de mi hermano, mi segundo hermano, ese hermano que creí perder hace tanto tiempo y ahora estaba a punto de recuperar.

Finalmente, después de algunos minutos, mi amigo abre los ojos desorientado, mirando atónito hacia todos los rincones.

—¿Qué pasó? ¿Y desde cuándo hay tanta gente en esta casa? —pregunta adormilado, pero algo demandante.

Las risas no tardan en hacerse presentes, aunque no demasiado eufóricas.

—Ahora si ya los ves a todos Max, ellos son de quienes te hable —le explique— ese “té” activa el poder que te otorga ese anillo, el cuarto ojo.

—Justamente querida, Iroda no necesitó de esta infusión porque su anillo se lo entregó su protector —señala a Celestino— pero el tuyo por más que fue autorizado, te lo entrego una mortal, y se necesitaba de más ayuda. —Termina de explicarse Isabelina.

—Entiendo —se acomoda en el asiento Max mientras nos observa— o sea... ¿Qué tu eres ese famoso Celestino? El de las voces y eso —se detuvo en ese chico rubio.

—Él mismo, Maximiliano. Es todo un placer que al fin nos “conozcamos” directamente —responde el susodicho.

En ese momento Max se levanta a estrechar su mano, muy seria y formalmente, para después hablar:

—El placer es todo mío —sentencia mi amigo cortésmente.

Celestino le corresponde el saludo con un dejo de gracia, la cual también se percibía en todos los demás presentes. Yo sinceramente no entendía que les resultaba tan gracioso, y al parecer Max tampoco, porque de inmediato soltó su mano y se volvió a sentar.

—¿Y los otros dos señores aquí presentes quiénes son? —vuelve a hablar mi amigo.

—Yo soy el protector de Isabelina, Cristopher, es un gusto muchacho —se presenta primero, haciendo un extraño saludo de manos y mirando a ese búho que al parecer siempre llevaba cerca— Y él es Josué, un compañero espiritual.

Max le dedica una sonrisa de asentimiento. Yo por mi parte me preguntaba que era un “compañero espiritual” y por qué no me lo había presentado a mi anteriormente.

—Y yo soy Ahron, el protector de Thomas, hermano de Iroda, si es que aún soy digno de ese puesto —vuelve a su moral avergonzado del principio, abandonado ese carácter avasallante que pude notar tempranamente.

—Es un placer conocerlos a todos —se vuelve a parar Max nervioso— espero ser merecedor de su compañía, y al menos serles útil en algo.

—Y lo serás muchacho, créeme que lo serás. —Le asegura Cristopher.