Más allá de nuestros ojos Capítulo 32
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Capítulo 32

L entamente comienzo a abrir los ojos, siendo consciente de que sí había logrado encontrarme con Max y nuestra relación volvería a su cauce.

Celestino aún sostenía mi mano y me miraba fijamente, esta vez sentado en mi cama. Su mirada continuaba siendo tranquila, pero su sonrisa me transmitía orgullo.

—Lo logré... —musite, aún adormilada.

—Así es amor mío.

—¡LO LOGRÉ! —grite—. Ayudé a Max y volverá conmigo —lo abrazo efusivamente, aunque él tarda en reaccionar, seguro no se lo esperaba—. Gracias…

—No tienes nada que agradecerme... Solo te ayudé un poco, pero todo lo hiciste tú —me aclara mientras nos separamos, pero sin soltar nuestras manos.

No era capaz de explicar mis sentimientos en ese momento, supongo que era una mezcla de felicidad y satisfacción, hasta parecía que junto a Celestino todo podía ser posible.

Entonces la volví a ver: aquella extraña luz que se formaba entre nuestras manos entrelazadas.

Casi como si un foco intenso e intangible se encontrara en el medio.

La primera vez que sucedió, mi protector, esta especie de joven rubio a mi lado, me había contado que se debía a que nuestras almas se estaban recordando, pero desde aquella vez no había vuelto a suceder.

—¿Y ahora por qué brillamos? —le pregunté ligeramente emocionada.

—Porque nuestras almas siguen recordándose...

Podría jurar que aquellas palabras tenían mucho más significado del que Celestino les había querido dar.

Y lo pude asegurar cuando la luz en vez de apagarse se intensificó, al punto de que mi corazón empezara a acelerarse.

Celestino no había quitado su vista de nuestras manos en ningún momento, se lo veía feliz, emocionado, pero al mismo tiempo triste.

Sus ojos celestes e intensos brillaban notoriamente en la oscuridad de mi habitación, pero lo hacían de una manera que nunca había visto en un mortal, casi podría asegurar que una lágrima estaba a punto de caer por su mejilla izquierda.

Pero el brillo de sus ojos no parecía ocasionado por lágrimas de las que estoy más que acostumbrada a ver, más bien se asemejaban a gotas que provenían de un lago hecho con agua de diamantes o alguna piedra preciosa.

Un brillo digno de una estrella o alguna nueva galaxia, digno del universo entero en la magnificencia de su soberbia oscuridad.

A tal punto, que mi mera presencia, no era merecedora de dicho espectáculo.

En ese instante fui consciente de que lo que recordaban nuestras almas, recordaban lo que en algún momento fue nuestro amor.

Por algún motivo, pueden llamarlo locura o insensatez, seguramente confusión, me fui acercando poco a poco a aquel que juraba ser mi protector y también mi antiguo amor.

Llegamos a estar tan cerca que ni siquiera era capaz de verlo con claridad, él aún no se había dignado a levantar su mirada, parecía intentar ser ajeno a la situación.

Pero en cuanto intente terminar de acortar la distancia entre nuestras caras, se separó de una manera brusca, casi como un arrebato.

—Esto no puede pasar, Iroda —dijo autoritario, con un dejo de frustración— nosotros debemos mantener las distancias. Esto no es aceptable ni está bien. —Me advirtió, casi como si estuviera retando a una adolescente insubordinada.

No lograba entender a qué se debió su cambio tan brusco de actitud, mucho menos cómo justificarme.

—Yo... yo... nunca pensé que te molestaría —me excuso muy avergonzada— no sé qué decirte —. Sentía las mejillas arder.

—Sé que no, pero hay muchas cosas que no entiendes —continúa en su papel firme e irritado.

—Después de todo no hice nada —reprocho.

—Pero casi, y hubiera sido un gran error.

—Dices que me amas, me cuesta creer que un simple beso hubiera sido el fin del mundo.

—No sé si lo notas, pero yo no soy un humano, Iroda. Deje de serlo hace mucho, aunque me veas materializado, no lo soy —contrarresta.

Lo asimilaba y no lo podía creer, nunca pensé que me iba a humillar tanto, menos frente a un supuesto “ángel” que ni es de carne y hueso.

—Como olvidarlo… créeme que es imposible olvidar que tengo un ángel siguiéndome para todos lados.

—Ya te dije que tienes que verme como un “protector” y no como un “ángel”, no soy ningún ángel —pronuncia irritado—.

Soy un alma, un espíritu, soy todo aquello que queda cuando el cuerpo físico perece en su último suspiro.

Soy un ser materializado que decidió cuidarte en tu camino, pero no soy ni seré un ángel.

—Pero...

—No tienes que decir nada más. Sé que estás enojada y confundida, y lo entiendo mejor que nadie. Por eso te digo que será mejor que duermas. —Me interrumpe mientras se sienta en un sillón y refriega su cara, supongo que “estresado”.

Pero su voz no se apartaba de su contrastante tranquilidad. Sorprendiéndome con las emociones que demuestra para ser que no es un humano. Parece que él también estuviera confundido.

Y en una cosa tenía razón, estaba muy enojada, no sabía bien porque, ya que ni siquiera tenía claro que me había llevado a intentar tan estúpido arrebato.

Y todavía tenía el descaro de tratarme con tanta comprensión, en esa situación tan poco oportuna, que si no fuera él, juraría que solo buscaba burlarse de mí.

Nunca imaginé que los “ángeles”, ya que en mi mente sigue siendo uno, pudieran ser tan estresantes como los humanos.

Pero lo que menos consideré es que alguna vez me tocaría avergonzarme por el rechazo de uno.

Definitivamente, lo único que haría sería ignorarlo e intentar dormir, con un poco de suerte mañana lograría olvidarlo.

Aunque el hecho de que siguiera en la misma habitación, no me ayudaba en lo más mínimo.