Capítulo 27
M e encontraba desayunando, o nos encontrábamos mejor dicho, porque Celestino había decidió que lo mejor era seguirme a absolutamente todas partes.
Genial, pensaba con sarcasmo para mis adentros, porque lo único que tendré que hacer es ignorar todo lo que me dice o el simple hecho de que está ahí, cada vez que haya alguien cerca.
Lo cual es muy sencillo, ya que lo único que hace Celestino es decirme todo lo que se le cruza por su cabecita de ángel.
Considerando que es sumamente sencillo ignorar a un chico de mínimo un metro ochenta y cinco, rubio como el sol y ojos azul cielo, con el aspecto de que lo talló el mismísimo Miguel Ángel.
—Celestino... sabes que te quiero, pero ¿es muy necesario que me digas todos y cada uno de los comentarios que tienes sobre la cocina guardados desde hace diecinueve años? —pregunte con una falsa sonrisa, notablemente estresada.
—Es la primera vez que me dices que me quieres en esta vida, llevo diecinueve años esperando este momento —afirma con una sonrisa de par en par, muy feliz de colmar mi paciencia.
Solo consigue que entorne los ojos ante su repentina inmadurez.
—Exageras...
—¡Claro que no! Hay personas que le rezan al menos a sus “ángeles”, tu nunca te dirigiste a mí de ninguna manera, me ignorabas —termina su oración con falsa indignación—. En tu vida anterior si me rezabas...
—Pensé que esta era tu primera vez como mi ángel.
—No... es la segunda, y antes... como ya te había mencionado, vivimos muchas vidas juntos , sin mencionar que soy tu protector, no tu “ángel”, los ángeles existen forjados de razón y renuncian a cualquier deseo, están lejos de parecerse a mí o a ti —me aclara, con tono de “debes recordarlo”, dejando un poco atrás su reciente actitud inmadura.
—Mmm —murmuré— ya me habías mencionado lo de las vidas, y no es que no lo recuerde, solo que es como si no lograra entrar en mi mente, ni siquiera trato de cuestionarlo. Es raro que tu sepas todo sobre mi, sobre mis vidas, y para mí, solo estoy yo, Iroda Dominé —pensé en voz alta.
—No es raro... es normal, así funciona el mundo terrenal, cuando lo abandonas los recuerdos vuelven a tener sentido, y tienes la capacidad de asimilar las cosas de otra manera.
—Pero...
Unos tacos rechinando contra el piso cortaron mi enunciado. La única persona que podía venir de tacos a estas horas era Inés... y por muy nana que fuera no me podía ver conversando con mi desayuno.
—¡No vayas a hacer nada para que me descubra! —le susurré a mi querido amigo invisible, a modo de advertencia.
—Hola mi niña hermosa —llega Inés—. ¿Cómo estás? Creí escuchar que hablabas con alguien —observa— que extraño...
—¿Hablar con alguien? Con quién voy a hablar si no hay nadie —le aseguro queriéndola convencer de su error—. Seguro debe ser el celular —intenté disimular mi tono nervioso.
Celestino me observa de brazos cruzados casi como si lo estuviera insultando.
—Tienes razón amor —se ríe ligeramente— esta vieja loca...
Y por suerte después de intercambiar algunas palabras más, e informarme que el viaje de mis padres durará más de lo previsto, se retira mi querida nana.
—Uf... eso estuvo cerca —suspire.
—¿A quién le hablas? No se suponía que no hay nadie —habla Celestino ofendido. O al menos aparentando estarlo.
Se encamina a la puerta fingiendo que me ignora. Entre tanto, yo permanezco sorprendida por la personalidad que puede presentar un ser que no es humano.
—Ay dios, bueno ahora voy a tener mi clase con Beatriz y después tenemos que ir a visitar a Isabelina, ella dijo que fuera cuando algo cambiara...
—Lo sé, ya estaba por mencionártelo —grita desde el pasillo.
—El problema es que Max era quien siempre me llevaba, y bueno, ahora no se ha ni comunicado conmigo —era notable la tristeza en mi voz, después de todo en diecinueve años Maximiliano nunca se había ausentado así de mi vida, solo por el simple hecho de ausentarse.
—Hablarás con Isabelina y ella mandará un auto a buscarte, y después de tu clase conversaremos lo de Max... —sentencia, con cierta desviación en su mirada al mencionar la última parte.
Aquellas palabras me preocuparon en sobre manera, significaba que Celestino sabía algo de Max que yo no, y eso no podía ser nada bueno.
La clase de piano ya había comenzado hacía un rato, pero aún no lograba preguntarle a Beatriz como es que ella conocía a Isabelina, si acaso era correcto hacerlo o cómo hacerlo sin que me empezara a hacer preguntas, ya que según ella, yo no había vuelto a tener noticias sobre la clarividente.
Podía pensar en todo menos en concentrarme en la clase.
—¿Te puedo hacer una pregunta, Bea? —interrumpí el ensayo.
—Claro que sí, Iro, ¿qué sucede? —responde mi profesora con voz dulce.
—Esta pregunta no viene a nada... pero siempre tuve la duda, ¿Cómo es que tu conocías a aquella señora Isabelina y sabías lo que hacía? —me atrevo a consultar.
Ella primero me observa fijamente, con el ceño algo fruncido y cierta duda en su mirada. Para luego de unos segundos empezar a responder.
—Pues... la verdad es que fue cuando perdí a mi marido, como tú ya sabrás fue un momento muy difícil de mi vida —toma aire—.
Un día yo me encontraba en un supermercado, ella se acercó a mí, me dijo que el alma de mi marido estaba en paz, que me acompañaba, y siempre cuidaría de nuestra familia.
Acompañado de una frase que me libró de todas las dudas, de que aquello sí era real...
me dijo “entrégale mis anillos gemelos a Emanuel en cuanto sea un poco más grande, no lo olvides...” y él amaba esos anillos, nadie más podría saber eso, solo él.
Eso me dio paz... me ayudó a seguir adelante, al igual que reforzó mi fe.
Por eso en cuanto me contaste lo que te sucedía pensé en ella.
Aunque a ti no te haya sido de utilidad.
Aquellas palabras de Beatriz me llenaron de paz y de esperanza, pero sobre todo trajeron claridad a mi mente, me hicieron sentir algo que hace tiempo había dejado de sentir: cordura.
Su historia me mostró que somos muchos los que sabemos cosas que van más allá de lo establecido, solo que permanecemos en silencio, guardando nuestro secreto de una sociedad que no tomaría por locos o mitómanos.
Llego a pensar que no hay barreras entre la vida y la muerte.
Y esta conexión que estaba viviendo yo con el otro lado, de una manera u otra, la están viviendo muchísimas personas.
Lo único que nos separa del otro lado, es no ser capaces de ver más allá de nuestros ojos.