Más allá de nuestros ojos Capítulo 9
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Capítulo 9

E sta noche nadie apareció en mis sueños...

ni se presentó misteriosamente en un momento poco conveniente.

Simplemente no sucedió nada, ni hoy, ni los días siguientes.

Así pasaron días e incluso semanas, cada hora que transcurría me sumergía más en mi desgracia y en la aburrida e incierta monotonía de mi vida.

Max me hablaba constantemente para saber cómo estaba, y aunque no recibiera respuestas, supongo que el simple hecho de que leyera los mensajes le daba cierta paz.

Incluso vino a visitarme una vez, pero creo que entendió que aún necesitaba tiempo para adaptarme a esta nueva realidad.

Se que nada muy trascendental paso en mi vida estos últimos días para los ojos del resto, pero para mí sí, antes tenía esperanzas.

Creía tener un motivo real que confirmaba mis ilusiones y pensaba que mágicamente una extraña señora con solo verme me daría las anheladas respuestas de mi vida. Pero no, nada de eso sucedió.

Y ahora... ahora solo tengo la foto de mi hermano en la mesa de luz, y el recuerdo de su último adiós.

D e a momentos pareciera que todos ya se han adaptado a la desaparición de mi hermano, a su ausencia.

Ya no esperan verlo a la hora del desayuno, ni piensan en él antes de dormir.

No se preguntan si tendría novia, si aun amaría las películas de superhéroes, o si seguiría jugando al tenis.

No se cuestionan cómo sería todo si él estuviera aquí, qué rumbo hubiera tomado su vida.

A veces también me pregunto qué tan distinta podría ser yo, si no hubiera perdido a mi hermano tan pronto.

Que se sentiría la vida sin tantas dudas o sin tanto miedo.

Una vez mi madre me sugirió ir a un grupo de apoyo, incluso me anotó. Creo que comenzare a ir, fue hace ya unos meses, pero seguro me aceptaran. Después de todo, la idea es ayudar a quien lo necesite.

Al día siguiente ya había hablado con mi madre, me informó dónde y a qué hora se llevaba a cabo el dichoso grupo.

El lugar fijo, era un taller donde dan múltiples cursos, pero resulta que habitualmente acuerdan juntarse al aire libre, ese día era a las nueve de la mañana, en un parque muy cercano a la casa.

—Buenos días a todos... Soy Iroda Dominé y tengo diecinueve años —me presenté ante todos.

—Hola, Iroda —saludan amablemente el resto de los integrantes del grupo.

—¿Por qué estás aquí, Iroda ? —pregunta la mediadora.

—Pues... mi hermano Thomas desapareció hace nueve años, cuando apenas tenía ocho. Y nunca pudimos descubrir su paradero...

Continúo relatando mi historia, para que después los demás me cuenten las de ellos, y me dieran sus “condolencias”. Puedo decir que algunas de sus historias me

impactaron demasiado, sin duda son personas que han sufrido mucho en la vida.

Que se haya presentado un señor que perdió a su hija hace 20 años, aunque no sea agradable admitirlo, me dio cierta tranquilidad, me hizo entender que cada uno tiene sus tiempos, y no estoy mal por tardar en aceptar.

Después de todo la superación es algo que solo te afecta a ti mismo y solo tú puedes entender.

S upongo que mamá tenía razón, que estaba necesitando esto, que hablar y no callar era lo que me traería un poco de alivio.

Aunque sigo con la sensación de que este no es el camino, que mi hermano aun no quiere ser olvidado, me cuesta saber si son mis viejas esperanzas aferrándose a mí, o el instinto tratando de darme una señal.

Aunque bien debería saber a estas alturas que la esperanza no era la mejor de las medicinas.

Es más bien el antídoto para un veneno que ella misma provocaba, la espera.

Sin esperanza no hay espera, por lo tanto no hay dolor.