Más allá de nuestros ojos Capítulo 8
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Capítulo 8

A la mañana siguiente, al despertar, seguía pensando en lo ocurrido esa noche. Aunque una parte de mi quería negar todo, la otra sentía una extraña emoción, instalada en el pecho, por lo que podrían significar aquellas repetitivas palabras y su misterioso emisor.

“...Pronto la luz marcará el camino... y la verdad se revelará… debes creer”.

¿Qué verdad? ¿Acaso estoy por descubrir qué sucedió realmente con mi hermano hace ya nueve años? Y si así fuera... ¿Me gustará descubrir esa verdad...?

Demasiadas incógnitas para muy pocas respuestas.

Por otra parte, tampoco puedo decir que mi misterioso “acompañante” no hace aún más complicada la situación...

como si eso pareciera posible. Lo pienso una y otra vez, y no logro entender quién es, suponiendo que es una persona y no producto de mi imaginación.

Y mucho menos porque sabe tanto de mi vida.

Tan pronto como terminé de desayunar, ya podía ver el revuelo del personal en la casa, mientras acomodaban todo para la fiesta.

Como esas tareas a mí no me conciernen, o más bien no me interesan, y no pude encontrar a Inés para pasar el rato con ella, volví a mi cuarto para “descansar” de mis propios pensamientos.

Me dispuse a dibujar algunos bocetos de mi sueño, quería aprovechar que las imágenes aún permanecían frescas en mi mente.

Poder ver mis ideas más allá de los rincones de mi imaginación, me hacía sentir que todo era más real.

Cuando mis manos ya habían perdido la inspiración y el tiempo se había vuelto más acotado, comencé a arreglarme adecuadamente.

Podría decir que el día pasó casi sin siquiera notarlo, en un abrir y cerrar de ojos ya tenía que comenzar a prepararme, físicamente para la fiesta y mentalmente para mi encuentro con Isabelina.

Después de bañarme, me hice un maquillaje tenue en los ojos, resaltando las pestañas, con un poco de base y algo de color en las mejillas, finalicé todo con un labial rojo carmín, ese que pocas veces me animaba a usar, pero que me llenaba de confianza en esos momentos de duda.

Arreglé mi cabello con unas leves ondas y un medio recogido.

Casi estaba lista, solo me faltaba el momento más expectante, ese que me trajo los nervios al cuerpo como un balde de agua fría, colocarme mi nuevo vestido blanco.

Como predije, me quedaba perfectamente, junto con mis zapatos a juego.

—Gracias por tirar el vestido, amigo imaginario... —dije algo divertida, esperando que quizás no esté tan loca y me conteste, pero desde luego no sucedió.

Esperaba en mi cama nerviosa a que Max me avisara que ya estaba aquí.

Suponía que vendría antes para tranquilizarme y pudiéramos planear la situación.

No me equivoqué, porque a las ocho menos cuarto, veinte minutos antes de la fiesta, me avisó que ya estaba casi en la puerta.

Por lo tanto, me di una última mirada de ánimo en el espejo y me apresuré a recibirlo.

—Hola, amore —saluda Max en cuanto me ve acercarme, mientras me espera recostado en su auto, con su traje inmaculado que parecía combinar con sus pecas—. ¿Cuándo te vas a arreglar para la fiesta? Ya se hace tarde —me reta, fingiendo mirar su reloj de muñeca.

—Habla el que vino con una mancha en la camisa —dije, mientras le señale una falsa mancha para que caiga en el viejo truco y golpear su nariz. Y él, ingenuo como un niño, cae en la trampa.

—Eres mala en serio —bromea, falsamente ofendido, mientras me señala con el dedo.

—¿Cuándo vas a entender que yo siempre gano? —pregunte al mismo tiempo que me giro sobre mis talones, encaminándome hacia la puerta.

—Si claro, Iro... sigue creyendo eso —se burla—. Y yendo a lo importante... ¿Estás segura de que sabes reconocer a la señora mística esa? Y al menos tienes una idea de cómo acercarnos.

—No es una “señora mística”, es una clarividente Maximiliano Ferrer —replique con un dejo evidentemente sarcástico.

—Bueno, bueno, eso sí. Dime lo que te pregunte.

—La voy a reconocer en cuanto la vea si, Bea me paso la foto de ella.

Y en cuanto a lo otro... pues simplemente nos acercaremos a ella, a presentarnos, cuando no esté muy rodeada de gente.

Con un poco de suerte, mi padre nos une a alguna conversación donde esté ella, pero no sé si es lo más conveniente.

—Presentarnos nosotros no da, vamos a parecer unos ridículos, no tenemos nada para decirle —se queja mi amigo— y lo de tu padre no sé si da mucho pie a que te diga algo... pero bueno, haremos eso sí.

—Si, ya sé que ninguna opción es ideal. Pero es la única que nos queda, lo hacemos lo más disimuladamente posible y listo, vemos que pasa. Pero si o si hoy tengo que hablar con esa mujer. —Terminé diciéndole mientras me encamino a entrar.

Los invitados comenzaron a llegar poco a poco, pero pasaba el tiempo y no lograba ver a aquella esperada familia. Quizás fueron minutos, pero para mí sistema nervioso pasaron horas.

—¿A quién buscan ustedes dos tan desesperados? ¿Acaso invitaron a alguien más? —pregunta mi padre curioso, cuando se percata que hace ya un buen rato estamos analizando a los invitados.

Ahí me di cuenta que nuestra “disimulación” de disimulada tenía poco y nada, seguro parecíamos dos lunáticos fuera de foco.

—Nosotros… emm, a nadie. ¿Qué te hace pensar eso Javier? —se adelantó a responder Max, notablemente nervioso.

—Y... quizás que desde que empezó la reunión están recorriendo el salón como dos suricatos —alega chistoso mi padre mientras nos imita.

A lo que a nosotros no nos queda más que reír.

—No, no exageres, tío... es solo que queremos conocer a los invitados —inventa Max cuando no sabe que responder—. Y por cierto, mi padre te envía saludos.

—Otro para él muchacho... —devuelve el saludo melancólico— y en cuanto a lo otro... ¡yo los puedo presentar con los invitados! Acompáñenme.

Y en ese instante, mientras mi padre me toma de un brazo y nos encamina hacia una joven pareja, la veo a lo lejos. Aquella señora de vibrantes e intensos ojos, azul marino, se encontraba tomada de uno de los brazos de su hijo.

—Buenas noches, chicos, espero que estén disfrutando de la reunión. Ella es mi hija Iroda y su amigo Ma... —comienza a presentarnos mi padre.

—¡Un gusto conocerlos! Que tengan buena noche —interrumpí muy descortésmente, dejándolo algo aturdido al igual que a la pareja.

Para tomar a mi amigo por el brazo y empujarlo hasta un rincón de la sala, donde nadie pudiera interrumpir nuestro plan. Hasta logré escuchar a mi padre excusarse diciendo:

—Estos chicos de hoy en día... siempre de acá para allá...

—¿Estás muy muy segura de que es ella? —pregunta mi amigo agitado y en voz baja.

—¡Si! Estoy más que segura, es imposible no reconocerla, es aquella que está allá —señalé disimuladamente con la cabeza hacia su dirección.

—Mmm, bueno... entonces... ¿vamos a presentarnos ya?

—Supongo... mientras antes mejor.

Ya decididos, nos dirigimos lentamente hacia su dirección, con la intención de parecer relajados, conversando, parando aquí y allá, como si solo estuviéramos disfrutando de la fiesta.

Después de todo, no queríamos levantar ninguna sospecha, o parecer unos dementes, o aún peor, ambas.

Cosa que sucedería si mis padres supieran de esto, una buena humillación más una buena clínica psiquiátrica sería el resultado.

No quiero contemplar esa situación ni por un momento, debo sacar esas ideas de mi mente.

—Estamos cerca... —me susurra Maxi como un niño.

A veces en serio pienso que aún lo es...

—Ahí vamos... —dije en voz baja, yendo hacia el objetivo.

Estamos a unos metros de la señora que se encuentra observando la mesa de buffet, el momento justo para acercarnos... cuando está sola.

—Buenas noches, señora... yo soy Iroda Dominé, la hija de Javier y él es mi amigo Maximiliano Ferrer...

—Es un gusto chicos, yo soy Isabelina —nos observa sonriente mientras se presenta— Ferrer... —musita la señora— me resulta conocido, ¿hijo de Alfonso Ferrer? ¿De Ferrer and Company? Yo conozco a tus padres —nos habla pensativa la supuesta clarividente, con un dejo entre misterioso y altanero.

Lo cual nos dejó más confundidos aún.

—El mismo señora —aseguró Max ante su duda.

—¿Y cómo está pasando la fiesta señora, Isabelina? —le consulté.

—Muy bien chicos, linda velada organizaron tus padres... ahora si me disculpan vuelvo con mi hijo, fue un gusto conocerlos. —Se despide cortésmente, al notar que su hijo la observaba a unos metros.

Quedé totalmente desconcertada, al punto de que ni siquiera me despedí, no lograba entender cómo no me dijo nada. ¿Acaso en serio estaré loca? ¿Será todo un producto de mi imaginación?

Maximiliano noto mi desilusión, por lo que me dedicó una media sonrisa y un abrazo, seguido de su típica frase:

—Todo estará bien... ánimo.

Pero para mí nada estaba bien, todo parecía derrumbarse, las creencias que tan firmemente estaban arraigadas en mi mente ahora eran dudosas y aquellas ilusiones de descubrir la verdad se desvanecen.

Es como si mi vida hubiera dado un vuelco en unos segundos y ya no sabía por dónde empezar, ni que creer.

El resto de la fiesta pareció eterna, aun con el constante apoyo de Max y sus intentos por distraerme. Pude percatarme de la mirada de aquella señora posada en mi en varias ocasiones, lo que solo aumentaba mi malestar. Llegaba a pensar que mi locura era visible

hasta lo lejos. No quería pensar que tan notoria era de cerca.

Max era quien me había visto a cada momento y el que sabía todo, seguramente hasta él estaba teniendo esos pensamientos sobre mi estabilidad mental.

Sin embargo, no sentía vergüenza de mis acciones.

Lo que me lastimaba era la lástima que se ocultaba en sus ojos, a pesar de que su mirada solo quería transmitir diversión y tranquilidad.