Más allá de nuestros ojos Capítulo 4
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Capítulo 4

R ecién cuando rondaban las tres de la tarde, y trataba de levantarme del pozo en el que yo misma me había metido, recordé las palabras de Inés y me dispuse a buscar que podría ponerme mañana.

Siempre me ha llamado la atención la moda; me considero una persona con buen gusto, pero bastante sencilla, nada de grandes brillos o extraños estampados.

Sin mencionar que detesto las miradas intrigantes de las personas cuando uno se arregla un poquito más de lo común .

D espués de revolver el vestidor por una hora, seleccioné un vestido con un solo par de zapatos que hace ya un tiempo estaba esperando la ocasión para estrenar.

Era negro, ajustado, con mangas largas y un dejo moderno. Diría que me sentaba de maravilla.

—El negro nunca ha sido tu color —escuché una sueve voz masculina a mis espaldas.

Me dejó helada, tan imperceptible como para haber sido producto de mi mente, y tan real como para ponerme alerta.

—¡Que! ¿Quién dijo eso? —pregunté, mirando hacia todos los rincones de la habitación vacía— ay Iroda... Iroda... ya te estás volviendo loca, parece que Inés tenía razón.

Por algún motivo le hago caso a esa extraña vocecita y decido volver a guardar el vestido, no muy convencida.

Por lo tanto, después de descartar todo lo que se podía llamar ropa “adecuada” para la situación en mi vestidor, me dispongo a llamar a Max para que me acompañe a comprar algo.

Él ha estado conmigo desde que tengo memoria, nuestros padres antes eran grandes amigos y al enterarse que ambos esperaban un hijo el mismo año, se propusieron criarnos casi como hermanos los primeros años de nuestra vida, lo cual nos volvió inseparables y mejores amigos desde siempre.

Aunque nuestros progenitores desde la desgracia ocurrida hace ya nueve años se distanciaron...

nuestro vínculo persistió, y por supuesto nadie tuvo objeción con ello.

—¡HOLA! —grite en cuanto atendió el celular.

—Siempre tan calmada tú, hermanita... me alegra saber que estés así igual —asegura— no te hable antes porque no quería molestar.

—Mmm, si claro… gracias —dije ya palpando sus intenciones y desviando el tema—. Estuve ocupada igual, luego te cuento... pero quería pedirte un favor.

—Claro, amore, todo por ti —contesta con un tono sarcástico, divertido por mis vueltas para decir las cosas.

—¿Me acompañas a comprar un vestido?

—Tanto protocolo para ir a comprar un vestido —manifiesta sin poder contener la risa.

—No te rías, tonto, mañana hay una “fiesta” en casa o algo así, que por cierto estas invitado, te dije que tenía cosas que contarte.

—Ah... ¿Una fiesta? ¿En tu casa? ¿MAÑANA? Eso sí que no me lo vi venir...

—No es una fiesta tal cual creo, es como una reunión de “negocios” donde vienen todos los conocidos de ese ámbito de mis padres, con sus familias y eso.

—Si me imagine igual.

—Y entonces... ¿me vas a acompañar? Y aún más importante ¿vienes? —le consulté sin darle más tiempo a pensar.

—Claro que sí, Iro. Todo lo que sea salir de casa es un plan genial para mi —vuelve a reír relajadamente, restándole importancia a todo.

—¡Bien entonces en veinte minutos nos vemos! —afirmé finalizando la llamada y suponiendo que él pasara por mí.

Veinte minutos después ya me encontraba en el auto amarillo de Maximiliano, siempre con un aroma fresco a menta.

Podría jurar que cuida más a ese auto que a su propia vida, su padre se lo regaló cuando apenas tenía dieciséis años y parece que lo hubiese sacado de la automotora ayer.

Lo cual no es raro porque hace solo un año tiene edad legal para conducirlo.

Él vestía un jean inmaculado junto con un buzo deportivo rojo, y su pelo cobrizo minuciosamente peinado para verse natural que quisiera gritar ¡valgo un millón de dólares!

Mientras que yo ni siquiera me cambié. Si fuera un día común quizás estaríamos jugando a discutir quien se ve mejor...

pero hoy con salir de casa es suficiente, por lo tanto ninguno haría comentario alguno.

Ambos sabemos el falso teatro que intentamos llevar, fingiendo que hoy es solo un día como cualquier otro.

—Y... ¿A dónde quieres ir primero? —corta el silencio Max.

—Creo que al shopping que está más cerca —digo pensativa— el nuevo.

—¡Para ahí vamos!

Pasamos el resto del camino escuchando música y comentando recuerdos del año que ya estaba por acabar, hasta que llegamos.

Entramos a la primera tienda que pareciera acoplarse más a mi estilo y a la ocasión, donde habían una gran selección de vestidos de múltiples colores y tamaños, con un dejo simple.

Yo agarré uno y Max eligió otro para que me pruebe.

Primero me probé el vestido de Max, que era rojo con volados que dejaban a la vista las clavículas y ligeramente ajustado en las caderas.

—Este me gusta mucho, Maxi, ¿cómo me queda? —dije saliendo del probador.

—Me gusta, me gusta —afirma mientras me escanea visualmente y se rasca el mentón— pero quiero que te pruebes el que elegiste tu mejor.

Volviendo al probador me coloco rápidamente el vestido que yo misma seleccione, el cual era totalmente ajustado, con escote corazón y color rosa fuerte. Ahora que me lo veo puesto, hasta diría que es algo llamativo para mi gusto.

—Uf... ¿En serio te gusta eso? —vuelvo a escuchar aquella endemoniada voz en el probador, la cual nuevamente me deja helada.

Ya a estas alturas no sé si ver a la clarividente mañana o ir a un psiquiatra a que me medique.

—¡Si! me encanta, algún problema voz en mi cabeza —sentencié ya con los nervios alterados, y en un tono elevado.

—¿Pasa algo, Iro? —me pregunta ya preocupado mi amigo desde la puerta del probador.

—Eh... he... no, no, solo se me había trabado el cierre —maldigo para mis adentros— ya voy —. Antes de irme, dediqué una mirada falsamente cargada de odio a todo el probador, como si realmente hubiera alguien ahí.

—¡Este me encanta! —anuncie eufóricamente en cuanto salí del probador, mientras doy una vuelta para Max y los dependientes de la tienda.

Tomando una actitud que nunca tendría de encontrarme en un momento normal en mis cinco sentidos.

—Mientes —me susurra al oído la misteriosa voz, pero decidí ignorarla y mantenerme tranquila, aunque se notaba mi nerviosismo.

—Te queda espectacular —me elogia con emoción mi amigo.

—Concuerdo con su novio, señorita —se suma al elogio uno de los vendedores.

—¿Eh? ¡No somos novios! —aseguramos al unisonó.

—Oh... supuse que sí —contesta con falsa timidez él chico de unos veintidós años, mientras me dedica una sonrisa.

Max se guarda la risa que se le desborda en la mirada, mientras yo decido ignorar totalmente el gesto encaminándome devuelta al probador. A lo que vuelve a hacer acto de presencia mi amigo imaginario...

—¡Lo que faltaba! —escuché una voz divertida—. ¿No ves acaso que se quiere hacer el tímido para cobrar comisión por vender un vestido horrible?

Esta vez sí quedé totalmente desconcertada, sin saber que creer o pensar. Asumo que mi situación de asombro, aunque fuera inexplicable para el resto, fue totalmente perceptible para todos los presentes.

Pero, antes de que alguien siquiera pueda hacer un comentario; un hermoso vestido blanco que ninguno había notado, cae drásticamente de una percha cercana a nosotros.

—¿Y ese?, ¿te gusta, Iroda? —pregunta cautivado Maximiliano.

No obstante, y sin perder tiempo se levanta, lo recoge y me lo enseña.

—Si... es... es hermoso —afirmé pasmada como un retrato, aún quieta en mi posición, sentía que si daba un movimiento más me iba a desmayar.

—¿Te lo vas a probar? —cuestiona mi amigo.

—No, no, me lo llevo, sé que me quedará bien —sentencie atónita, con la voz algo cortada. Pero segura de mis palabras.

Sabía que aquella voz lo había elegido para mí.