Capítulo 3
—A quí llegué, chicas —anunció su llegada de manera fuerte y chillona Beatriz, sacándome de mi mar de pensamientos.
—Hola... —la saludamos Inés y yo al unísono.
—Ya veo como se alegran por mi llegada —reclama con falsa indignación, pero entendiendo perfectamente la situación que estábamos atravesando.
Es mi profesora de piano y violín, pero también es mi amiga y nos ha acompañado por los últimos siete años, por ende...
conoce del derecho al revés la bella historia de nuestra desgracia.
Es una mujer muy comprensiva, que también ha pasado por mucho dolor, hace casi ocho años quedó viuda con un bebe a su cargo.
Podría decir que, pese a que nuestras pérdidas sean muy distintas, ambas nos acompañamos en sentimiento.
—Si quieres ya podemos ir yendo a la sala de piano —le pedí con voz afectuosa—. A menos que quieras una galleta.
—Tranquila, Iro. Ya podemos comenzar con la clase —me contestó analizando mis palabras, mientras se encaminaba a la puerta.
Ya en la sala, cada una se ubica en su respectivo lugar muy silenciosamente, el ambiente se vuelve tenso, no obstante, pareciera que a ninguna le importara.
—Has vuelto a escuchar o a ver a aquel chico en tus sueños —corta el silencio Beatriz, con aquella comprometedora pregunta.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que nunca he llegado a verlo realmente?
—le pregunté a modo de queja, aunque en realidad estaba deseosa de que sacara el tema—.
Solamente he podido ver más o menos su figura, algunas veces su ropa blanca, pero es como si una gran luz cubriera su imagen en la inmensidad de mis sueños.
Pero su voz... es más clara que cualquier otro sonido en la Tierra.
—¿Cómo dijiste que era lo que decía? —me preguntaba pensativa. Ignorando mi mente fantasiosa.
—No es una sola frase, sino que es algo que ha ocurrido muchas veces desde hace ya un tiempo. Si te soy sincera, para mí siempre ha sido más que una voz.
—¿A qué te refieres?
—Es como si de a momentos en los sueños sintiera que alguien me observa, y me tranquiliza a la vez. Y por algún motivo algo dentro de mí me hace creer que está todo conectado —le exterioricé mis ideas internas como una perfecta lunática.
—Comprendo... —contesta mientras analiza si me cree o no disimuladamente—, pero en resumen, ¿qué es lo que te dice que te hace creer tan firmemente que tu hermano está vivo y aún en espera de que lo encuentren? Y no lo contrario…
—Últimamente la frase que más se repite es “pronto la luz marcará el camino... y la verdad se revelará”, seguida de “confía en mí”, todo esto mientras toma mi mano en una atmósfera de paz, te puedo jurar que en esos sueños parece que flotara.
—Me dejas helada, cielo —me confiesa Bea sin siquiera mirarme, mientras saca conclusiones—. Y si... el fuera... no, no, no puede ser.
— ¿Qué? ¿Si fuera quién?
—Sabes... de momento yo no me atrevo a decirte nada. Pero te voy a decir quien si puede ayudarte —abre su cartera y saca dudosa su celular para buscar una foto en Google, que con la mano temblante me enseña.
—¿Por qué me muestras esto? Es una foto familiar —observe prejuiciosa.
—Esta es la familia de Alfonso Abascal... un gran empresario y conocido de tu padre; la mujer de la derecha es su madre y se llama Isabelina, es una clarividente... si las cosas son como creo, en cuanto te acerques a ella te lo dirá.
—Ah, ¿y qué sería una clarividente exactamente?
—Mmm, como te digo, son personas que tienen la habilidad de ver más allá que el resto de nosotros, perciben hechos desconocidos, sienten energías y tienen conexión con la dimensión espiritual.
—Entonces es jus to lo que estoy necesitando —hable de inmediato.
Observé muy minuciosamente la foto, le di vueltas y vueltas, trataba de grabarme la imagen de aquella señora de aproximadamente setenta años, de estatura media, cuerpo menudo, ojos azules profundos como el mar y un pelo canoso con reflejos rubios.
Aquella mera fotografía denotaba estatus, pero sin embargo algo en ella era misterioso y cautivador.
—¿Tú crees que ellos vendrán a la fiesta de mañana verdad? Espera... —hice una pausa—. ¿Ya sabías de la fiesta de mañana y yo no? —hable después de analizar la imagen.
—Si y si... —afirma— ella siempre se mueve con su hijo, yo la conocí hace ya muchos años —responde con calma—.
Y en cuanto a tu última pregunta... pues sí, ya hace unos días recibí la invitación, pero lamento decirte que no voy a poder ir tengo que cuidar a mi hijo.
Después de todo yo no pinto casi nada en esas reuniones.
—Oh... si, supuse que estarías con Emanuelcito —musite pensativa—, ¿y cómo sugieres que le pregunte algo tan semejante a esa señora?
—Ya te dije que no tienes que preguntarle nada, será suficiente con acercarte a ella. Si siente o ve algo fuera de lo normal en ti, te lo hará saber, te lo aseguro. No acostumbra guardarse esas cosas.
—Si te parece la única y mejor manera de averiguar eso... supongo que no hay nada que perder, después de todo no le voy a plantear nada —respondí ya más despreocupada.
—Me alegra que pienses así, me preocupaba que rechazaras la idea sin considerarla —confiesa.
Después de eso la clase continuó normalmente por unas dos horas, hasta que llegó la hora de almorzar, donde nos sentamos Inés, Bea y yo. Seguido pasamos el rato de esta manera, la hora de comer se hace menos aburrida y mis padres se alegran de que no esté siempre sola.
No diría que mis padres son personas ausentes, ya que casi siempre los veo, aunque sea una vez al día, se toman días libres de vez en cuando y están constantemente comunicándose y preocupándose por mí.
Pero si son personas muy ocupadas, ya sea mi padre como ingeniero en construcción siempre atrás de alguna obra o mi madre con su negocio, ambos tienen un mundo fuera de casa.
Aunque quizás cuando era niña o algo más joven, me hubiera gustado convivir un poco más con ellos y no solo con las personas que trabajan en la casa, que con el tiempo se volvieron mi familia.
A pesar de todo, nunca he llegado a sentirme sola, ni siquiera cuando más pareciera estarlo, es como si siempre hubiera tenido una eterna compañía a mi lado, un sentimiento de plenitud, a pesar del vacío que dejó mi hermano.
Por eso me atrevo a decir que la soledad es un sentimiento que desconozco totalmente.