Más allá de nuestros ojos Capítulo 2
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Capítulo 2

M e encontraba apreciando el esplendor del cielo, y aunque los dorados rayos de la estrella más cercana golpearan directamente en mi rostro, para mí ese día era gris y casi podía ver las invisibles gotas caer; cuando de repente:

—¡Termina de arreglarte, Iroda! —gritó a modo de llamada María Inés, sacándome de mis poéticas ensoñaciones— que ya está por llegar Beatriz, y no la puedes hacer esperar siempre.

—Ya voy, me visto y voy a desayunar —le contesté medio de mala gana, en un momento donde solo tengo ganas de dormir hasta que este día termine.

Pero pareciera que a nadie le importará, todos prefieren fingir que este es un día como cualquier otro, fingir que tienen una vida normal, sin días de desgracia marcados en el almanaque. Escudarse en que nadie pueda decir, que se regocijan en su desgracia.

Sin más, con el menor ánimo posible me levanté del banco junto a la ventana.

Lavé mi cara con agua fría, recogí mi cabello en un moño y simplemente me coloqué un jean con una blusa blanca.

Cuando ya me encontraba en las escaleras pude apreciar el fresco aroma a galletas recién hechas por Inés, un aroma tan dulce que hasta logra sacarme una sonrisa.

En cuanto llegué a la cocina y me senté en unos de los taburetes de la mesada, Inés me dedicó una sonrisa cariñosa, que yo bien sabía que venía más cargada de angustia, que de cualquier alegría.

El día de hoy no era un misterio para nadie.

Aunque su mirada comprensiva y afable se encarga de transmitirme tranquilidad.

Inmediatamente coloca sobre la mesada un plato de galletas junto a una taza de chocolatada.

—Muchas gracias... —le dije con voz apagada, bajando la mirada hacia el plato con una media sonrisa.

—No me agradezcas, mi niña hermosa —contesta de forma cantarina, cortando la tristeza del ambiente, mientras me roba una galleta del plato.

A lo que me saca una risa que desaparece tan instantáneamente, que hasta me hace dudar si realmente salió de mi boca.

—No tienes que sentir culpa por estar alegre, Iroda, eres una chica muy joven, la cual tiene una vida por delante y todo el derecho de vivir una vida plena —reaccionó casi de inmediato mi nana al percatarse de mi cambio brusco de humor—. Tu hermano... donde sea que este, te querría ver feliz.

—Sé que tienes razón, y te puedo asegurar que el resto de los días del año todo resulta más fácil de afrontar —conteste de manera desesperada, pero con calma en mi voz—. Pero hoy... es como si el mundo se viniera abajo, y yo aquí sentada sin hacer ¡nada! No puedo tener paz sin tener respuestas.

—Solo te torturas queriendo revolver entre las sombras del pasado —me corta en seco—. Ya han pasado tantos años mi niña... hasta tus padres aceptaron el destino que les tocó y dejaron en paz el recuerdo de tu hermano.

—Sabes bien que yo no creo que Thomas esté muerto —asevere de forma fría y tajante, con mi mirada enfocada en un rincón—.

Aa... algo siempre me ha dicho que está vivo, algo en mi interior, que retumba en mi mente…

y no estoy dispuesta a ignorarlo —pronuncié aquellas últimas palabras en voz baja y entrecortada.

—¡Ay cielos! —lamenta Inés—. Sabes que nunca he querido quitarte tus ilusiones y quiero que sepas que con esto no te estoy diciendo que no piense como tu…

Pero ya va siendo tiempo de que te enfoques en tu vida y los verdaderos hechos que te rodean, y menos en presentimientos, voces que oyes en sueños o rondan tu mente...

Aquellas últimas palabras, aunque en el fondo supiera que venían de la mano con las mejores intenciones, me llenaron de tristeza. Sabía que tenía que prestar más atención a mi realidad actual, pero no podía ignorar algo que me llamaba a gritos.

Después de aquello termine de desayunar en silencio. No podía hacer oídos sordos a aquella firme e imponente voz que me tranquilizaba, a pesar de que al mismo tiempo me llenaba de dudas.

—Antes de que te vayas o llegue Beatriz tengo que decirte algo...

casi lo olvidaba —murmuró como si estuviera hablando para sus adentros—.

Mañana a la noche va a haber una reunión de trabajo de tus padres en la casa, casi como una fiesta, pero no demasiado grande.

Todos los invitados vendrán con sus respectivas familias.

—¡Ahg! —me quejé mientras me frotaba las sienes.

—Nada de quejas —reprocha— va a ser un evento agradable, y en caso de que lo quieras estaré contigo, o puedes decirle a Maximiliano. Lo más importante es que veas que te vas a poner y lo antes posible por si necesitas comprar o arreglar algo.

—Bueno... —dije ya más calmada—. Ahora por la tarde veré todo eso.