Capítulo XIX #3
—¡Cobarde, dejaste que tu madre manejara tu vida!
Nunca quisiste a Amelia como yo. El amor es uno y para siempre.
Ella merece tener un hombre a su lado para que la cuide y ame.
Basta de insultos. Pídele perdón por no dejarla vivir como se merece.
Retráctate de tus dichos y deja en paz esta mujer que ahora es mía.
Luego le hizo prometer que no volvería a molestar a Amelia ni a su hija. Roberto que estaba enloquecido, reflexionó y dijo Dios te bendiga y a mí me perdone. Quien te ama.
El ambiente se fue calmando de a poquito hasta que quedamos tendidos en el suelo como adormecidos.
Los objetos cesaron de moverse, la quietud, la paz y la tranquilidad regresaron.
Los rayos de sol ingresaron e inundaron la casa, como nunca lo habían hecho.
El olor a jazmines y rosas se combinaban con el fresco de la mañana. La maldición estaba rota.
Mamá y Ada se acercaron a nosotros. Nos despertaron del sueño que habíamos vivido. Nos preguntaron si nos sentíamos bien a lo que respondimos que sí. Yo atiné a tocarme el vientre, había sentido el embarazo de tía. Ya no estaba.
Roberto se sentía agotado, había perdido sus fuerzas, pero era Roberto. Juan había sentido la pasión otra vez, y vuelto a Besar a Amelia encarnada en mi cuerpo. Los latidos de su corazón habían comenzado a regularizarse.
Nos sentamos en la sala mientras mamá nos daba café. Cuando nos dimos cuenta realmente que éramos nosotros mismos nos abrazamos apasionadamente.
Repuestos de la acción, revisamos la casa. Buscábamos el espíritu de Lorenzo. Fuimos directamente a la cocina. Ya no estaba.
En el lugar sentimos algo que hasta entonces no habíamos sentido. Era una agradable sensación de amor, paz, acogimiento. Todo lo que significa una simple cocina. Había dejado de ser oscura y fría.
Juan, observó con calma el sitio. Recorrió cada rincón.
Tocó cada olla, cada objeto que parecía traerle recuerdos.
Metió la mano por adentro de la campana que estaba sobre la cocina y encontró lo que nosotros.
Según él eran, las medidas exactas para la preparación del Carré de cerdo.
El frasco de perfume era un regalo de tía.
Lo dejamos con sus cosas y como todavía teníamos la ropa, que no era nuestra, decidimos cambiarnos.
En un momento sentimos que Juan hablaba con alguien, fuimos enseguida creyendo que lo hecho no había tenido éxito.
Desde la puerta de la cocina vimos lo más hermoso que podían ver nuestros ojos.
Juan estaba sentado en una silla y en su falda estaba Milagros.
Esa carita dulce, boquita de miel, movía los labios y hablaba por primera vez con su padre.
Las acciones, muchas veces dicen más que cualquier palabra.
En esta ocasión, Juan había conocido a la hija del amor, aquella que culpa de la maldición había perdido la vida: pero como Dios es sabio, puso en nuestras manos el momento del reencuentro, el sollozo y la felicidad definitiva.
Milagros decía:
—Por fin tengo papá, Nelson tenía uno que se fue.
—Sí mi dulce amor. Vos tenés un papá que te quiere mucho.
—¿Viste que ahora podemos entrar a la cocina y nadie nos grita?
—Está bien cariño ya nadie te gritará más. Te lo prometo.
Milagros envolvió con sus bracitos el cuello de Juan y así quedaron. Conmovidos por lo que acabábamos presenciar, nos dirigimos al living en el que tantas veces nos habíamos sentado a esperar que alguna respuesta apareciera por arte de magia. Lo malo había desaparecido, y lo bueno había quedado.
Casi sin percatarnos miramos el cuadro que ya no tenía arreglo y la magia había vuelto: estaba en perfectas condiciones y resplandecía. Era un cuadro de tía Amelia. Deslumbrante, preciosa como nadie. Recién entonces me di cuenta del parecido que todos notaban en mí.
Salimos a la escalera por donde debíamos bajar al patio y vimos que las plantas habían comenzado a aparecer. Pequeños plantines reverberantes que se mezclaban con el marrón de la tierra.
Las cosas habían cambiado. Los colores resplandecían y los pájaros revoloteaban por el aire.
Al desaparecer la maldición fuimos en busca de los muebles del comedor. Encontramos que lucían nuevos como recién comprados.
Sacamos las cosas del dormitorio de tía, el que antiguamente era el comedor, y los trasladamos a la habitación del primer piso.
Como era de esperarse otra vez, apareció el escribano con otro sobre lacrado para nosotros.
...Sé que al momento han logrado romper el hechizo, y quiero decirles que les agradezco que hayan liberado el alma de Lorenzo.
Él no merecía terminar de esa forma. Hace muchos años que lo perdoné.
Habrán notado que mis dos hijos mientras tengan amor en el lugar no desaparecerán.
Así era mi hogar antes de la desgracia, lleno de colores, sabores y aromas, y el sol cubría radiante los cuatro puntos cardinales. La felicidad se sentía en el ambiente.
No se olviden que ahora pueden abrir la caja fuerte, en ella encontrarán joyas valiosas que deben repartirse entre ustedes. Eso sí, quiero que para finalizar mis deseos realicen la fiesta más fantástica que se les pueda ocurrir y luzcan las joyas que han elegido.
Juan, mi amado Juan, si quiere, podría preparar las delicias que sabe que me gustaron en vida.
Rosa, solo te pido que en un momento de la fiesta, detengas la música y leas tres poesías que se relacionaron con tres momentos de mi vida.
Ellos son como si hubiese tenido una premonición antes que empiece mi caos.
Así le demostrarás a todos los presentes que no en vano he vivido una vida llena de escollos pero rebosante de amor y pasión.
Ya no me importa, lo que se diga de mí, quiero que mis hijos sean felices en el estado en que se encuentren...