Más allá de los planos: Los secretos de tía Amelia Capítulo XX
97%

Capítulo XX

La fiesta

Una fiesta. Bien podíamos celebrar la liberación, pero las personas que asistirían no comprenderían los verdaderos motivos. Eso era justamente lo que nos faltaba: una razón visible, sencilla, que pudiera explicarse sin revelar lo inexplicable.

Ada que no era lenta ni perezosa, dijo:

—Si Ustedes esperan unas horas creo que tengo el motivo para la fiesta.

—Como quieras no hay problemas ni apuros. Solo que debe ser una gran fiesta.

—¿Clara, me acompañas?

—Bueno.

Pensamos que iban en busca del amigo de tía pero lo cierto es que fueron directo a la estancia.

Lorenzo II que estaba allí, recibió a su madre y novia.

En la sala de la casa Ada le dijo que habían logrado romper la maldición y que el último deseo de Amelia era una fiesta, pero para ellos necesitaban un motivo.

Lorenzo, que debía de llevar un tiempo pensándolo, les mostró las alianzas y propuso:

—Creo que si esta bella mujer me acepta como esposo tendremos un buen motivo.

Clara, que no esperaba aquella declaración, quedó en silencio unos segundos que, según contó Ada, parecieron un siglo. Cuando se recuperó de la sorpresa, respondió:

—Nunca pensé que me ibas a proponer matrimonio delante de tu madre, y como veo que me amas como yo te amo a ti, acepto —respondió con lágrimas en los ojos.

—Te prometo que te haré feliz como nadie en este mundo.

—Y yo a ti.

Ada destapó una botella de buen champaña para la ocasión, y brindaron por la feliz pareja.

«Unas horas», había dicho Ada. Y regresaron con la sorpresa; una verdadera sorpresa. Era el motivo perfecto: un compromiso y, más adelante, una boda.

Por fin mi hermana había dado el sí y se había animado a ser feliz.

Así fue que preparamos por días la fiesta. Ada y Clara viajaron a Buenos Aires a comprar el vestido. Nosotros repartimos las invitaciones como lo hubiese hecho Amelia. En cada detalle importante estaba el amigo de tía, el souvenir y los arreglos florales, eran su fuerte.

De la caja fuerte sacamos las joyas más valiosas jamás vistas por nosotros, un álbum de recortes, estilo diario íntimo, en donde estaba su vida hasta el nacimiento de Nelson, y el libro "Amores y costumbres".

El Quince de enero era fecha propuesta. La feliz pareja se comprometería ante la sociedad.

Lorenzo esperaba con sus amigos y toda la familia, la llegada de Clara que debía bajar por las escaleras.

Cuando apareció se produjo un silencio profundo, más atrás la música.

La pausa fue de admiración. La belleza los había impactado.

Lorenzo se acercó a los escalones y extendió su mano. Ella devolvió el gesto con una sonrisa.

La fiesta comenzó con la entrega de los anillos, el champaña estaba presente en las copas de los invitados. La música indicada, se hacía sentir, ese ritmo hacía que el cuerpo se moviera solo, “as time goes by”.

Esa noche, entre la muchedumbre, la música de la orquesta, los manjares preparados por Juan y las luces que brillaban sobre nosotros, la casona pareció recuperar por unas horas el esplendor de otro tiempo.

En un determinado momento, ubicados en el living de la casa, la música se oyó suave cuando Roberto anunció a mamá:

—Atención, Rosa en honor a tía Amelia leerá algunas poesías del libro Amores y costumbres que encarna la vida de su autora.

Mamá como nunca, leyó con el mayor de los sentimientos:

Dios labrador

Silba el viento enojoso,

entre los cardales violetas.

Revolotean los pájaros

en bajo vuelo.

Sollozo desgarrador

del labriego fatigado,

que se encamina con creces,

al manantial de la vida.

Aves taciturnas,

bichos y alimañas,

acechan el sendero

del pobre pasajero.

Árboles frágiles,

ramas crujientes,

hojas secas que vuelan

como mariposas.

El cielo oscurece,

una luz lo rasga.

El trueno irrumpe el silencio,

violencia de la naturaleza.

Las gotas caen con fuerza,

sobre la cosecha dorada,

arrasando a su paso,

el pan de cada día.

Pero Dios ha de ser labrador,

que a solo un golpe de palma,

el cielo se vuelve azul,

el sol ha nacido de nuevo.

Descansa el ambiente,

olor a tierra húmeda,

suciedad entre la hierba,

La cosecha está a salvo.

Karma

Por el sendero de la vida,

camina el hombre sin paz,

qué karma ha traído,

a cumplir en esta vida.

Y el sueño se disipa,

y el ambiente se hace tenso,

y el alma sufre,

y se cierran las puertas.

Allí está la incógnita,

de aquel que pregunta:

¿La felicidad existe?

o ¿es solo una palabra?

El miedo paraliza,

mas eso no es bueno,

para quien recién recorre,

el sendero de la vida.

Angustia, congoja,

lleva consigo a su paso,

pues no es una sibila,

para ver buen futuro.

La conciencia y la inconsciencia,

la pureza y la paz,

de aquel que solo bien da,

y recibe golpes crueles.

Solo el abrazo fortuito,

cálido y sincero,

de aquel arrebato,

de cauces sin rumbo.

Esclavo

El viento arrastra consigo,

la espuma blanca de los algodones.

Solo las cabezas negras de los inocentes,

aparecen entre las malezas.

Se escucha el chicotazo del látigo,

y los sollozos silenciosos de quien sufre.

Agoniza, esclavo de la vida

de algunos terratenientes,

a quienes solo les importa su riqueza.

Pero desde lo más alto,

un ser superior, acaricia las heridas,

se apodera de la impunidad

y da al negro el amor y la sabiduría,

para afrontar la vida que en suerte le ha tocado.

...y así fue como toda la sociedad se deleitó con aquellas poesías en las que estaban tácitos los sentimientos de una mujer que lo había dado todo, pidiendo solo a cambio un poquito de felicidad...

Cumplimos con la voluntad de tía, y seguimos con la fiesta. La orquesta sonaba, y los invitados se divertían. La sala y el patio de la casona habían sido los lugares elegidos para bailar.

En un mes sería la boda, así lo había fijado la pareja.

Clara se fue a vivir con Lorenzo a la estancia, mientras que Ada viajó en busca de las mejores telas para confeccionar el vestido de la novia.

Esos días vivieron apasionadamente todo lo que una mujer y un hombre pueden pedirle a la vida. Disfrutaron más que nadie del arroyo de la estancia. Esas cabalgatas al atardecer, eran indescriptibles. Estaban destinados a ser felices.

Habían pasado veintitrés días desde el compromiso, cuando Clara decidió pasar los últimos días de soltera en casa de su madre.

Los arreglos y todos los preparativos estaban en manos de personas confiables, así que Clara se desentendió del tema. Esos días charló mucho con su madre, hasta parece que hicieron las paces de todos los golpes recibidos en la niñez.

Lorenzo salió de la estancia para llegar temprano a la casa de su amigo Fabián.

Allí se prepararía para el gran acontecimiento de su vida.

En el camino recordó que debía llevarle a Clara jazmines de la pérgola para su ramo; aquellos jazmines eran los mismos que crecían en la casa de tía.

La coincidencia le dejó una sensación extraña, apenas un roce de inquietud. Aun así, siguió su camino.