Más allá de los planos: Los secretos de tía Amelia Capítulo XIX #2
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Capítulo XIX #2

—¡Qué imaginación que tiene este niño! Mire que presentarme a sus amigos invisibles.

No se había dado cuenta de lo que estaba pasando. Esto nos calmó. No había tenido hasta ahora, ninguna impresión que pudiese dañarlo.

—La casa está cuidada. A pesar que ha pasado el tiempo se conserva bien. —expresó Juan.

—Nosotros, solo pintamos un poco las paredes, siempre conservando el estilo y los colores. —agregó mamá.

—¿Qué deteriorado está el cuadro?

—Usted sabe que figuras hay en él.

—No, Lorenzo llamó un pintor que vio a tu tía algunas veces y como era una sorpresa para ella fue pintado en su taller. La verdad no lo vi, pero supongo que es el mismo y debe tener la figura de Amelia.

—¿No quiere ver la cocina? —preguntó Ada.

—Si no les importa, y mañana volvemos lo dejaré para mañana. Ese lugar me traerá buenos y malos recuerdos y quiero estar preparado por si acaso.

—Por favor. Cuando usted lo decida está bien.

La visita a la casa no se extendió más y lo llevamos a mostrarle la ciudad.

A la tardecita llegamos a nuestro hogar y en la puerta nos estaba esperando Feliciano quien reconoció enseguida a Juan. Lo saludó con cortesía. Por detrás haciéndole algunas señas para que no diga nada indebido, ingresamos.

Como siempre mamá trajo su torta de chocolate, café para los invitados y mate para nosotras.

Las horas pasaron y no nos dimos cuenta por las historias contadas de épocas pasadas que nada tenían que ver con tía.

Hablaban sobre los bailes de carnaval. Todos se disfrazaban e iban a bailar a un club.

Como nadie se reconocía se lograban cosas increíbles como bailar con la más fea que al terminar la noche se descubrían el rostro.

O de usar antiparras para que no te entrase el agua perfumada en los ojos.

Eran jóvenes y se divertían una manera sana.

Casi de madrugada nos fuimos a dormir.

Por la mañana, al levantarnos, Juan estaba en la cocina sumergido en sus pensamientos. Su rostro había cambiado y se lo veía algo triste.

Al verme preguntó:

—Decime, que es eso de que Francisco me presentó a unos amigos invisibles en casa de Amelia.

—¿Por qué lo pregunta?

—¿Por qué no me ha dejado dormir el nombre de Nelson.

—¡Nelson! Dije.

—Sí, Nelson, es igual al nombre del hijito de Amelia.

—Supuse que en algún momento, usted, se daría cuenta de lo que me está diciendo.

—Entonces ¿con esto querés decir que es el hijo de Amelia?

—Sí, cuando llegamos a esa casa, Francisco jugaba y hablaba con unos niños. Pensamos que inventaba, pero con el correr de los días nos dimos cuenta de que algo estaba pasando. Entonces Dolores una amiga fotógrafa tomó unas fotos y aparecieron aquellas figuras de las que hablaba mi Hijo.

—Podrías mostrarme esas fotos.

Fui en su búsqueda y tal como estaban ordenadas se las dí. Miró cuidadosamente una por una y luego de terminar dijo:

—Yo no veo nada. No están las figuras de las que hablas.

Fui en busca de la lupa y le mostrarle una por una.

Asombrado por lo que le estaba revelando me dijo:

—¡Es realmente Nelson, y es un fantasma!

—Sí y está en todas junto a Milagros.

—¿Esta niña morochita? Preguntó.

—Esa misma. ¿No le dice nada su corazón?

—La verdad es que tengo la piel de gallina y no quiero imaginar que es........

Traje la carta de tía en donde nos contaba lo de su hijita Milagros y se la di para que la leyera. Esperé sentada a su lado en silencio, hasta que terminó.

Un gran silencio invadió el lugar. Sus ojos se perdían en una mirada vacía hasta que por fin dijo:

—No puedo creer lo que me estoy enterando.

—Tranquilo. Esto ya pasó.

—No querida, Milagros mi pobre hija. Sabes lo felices que hubiéramos sido si Lorenzo no hubiese actuado como lo hizo. No puedo creer que haya maldecido a Amelia y a mi hija. Algo tengo que hacer. Debo volver a la casa.

En la cocina había descubierto la verdad, justo en la cocina, lugar que le pertenecía más que a nadie, aunque fuera la de mamá.

Comenzaron a acercarse al lugar en busca del desayuno los demás integrantes de la familia. Cuando todos estuvieron ubicados les comenté lo que había pasado.

Juan permanecía inmóvil, quien podía saber qué pensamientos extraños pasaban por su mente. Mamá lo habló:

—Juan yo sé, que esto es muy duro para vos, pero ya que estás aquí, te necesito para romper con la maldición.

—Lo que quieras de mí Rosa, estoy dispuesto a todo. Pensar que Milagros fue el fruto de nuestro amor y yo sin saber nada.

Las culpas lo acosaban, su conciencia estaba torturada por esa culpa. El amor, la pasión, la vida y la muerte.

—Si yo hubiese estado allí, nada de esto hubiese sucedido.

Cuando Lorenzo fue al hospital, me amenazó con matar a Amelia.

¿Qué podía hacer más que alejarme de la ciudad?

¿Cómo no me di cuenta que Amelia llevaba a mi hija en su vientre?

Esto no me lo puedo perdonar. ¿Por qué n me dijo de su embarazo?

—Tal vez ella no lo sabía en el momento en que sucedieron los hechos. Seguro ella se lo hubiese anunciado. Le respondió Mamá tomándole la mano.

Yo encendí un cigarrillo, y para romper el momento dije dejando salir el humo:

—Nada es tan extraño, nada tan poderoso, nada es tan inhumano, nada nos hace mártires, o dioses, solo el correr de la vida nos da los beneficios del destino que por una extraña razón está impreso en el espacio.

Todos los presentes quedaron pensando en estas palabras. No era el momento de cargarse de culpas, el tiempo no se podía volver atrás y era inevitable sufrir por un pasado que estaba terminado.

Pero no era fácil enterarse que el amor había dado su fruto y que este fruto ya no existía. Nada quedaba

Luego de escucharlo en silencio, no sabíamos cómo decirle que no era su culpa. No era fácil estar cerca de un hombre que no podía hacer nada por remediar un pasado doloroso. El tiempo inexorablemente no se puede volver atrás. Lo hecho, hecho está.

Mamá había pensado cómo deshacerse de la maldición, sabía que el tiempo no nos volvería a jugar una mala pasada, entonces dijo:

—Quiero que todos escuchen bien lo que vamos a hacer:

Vamos a la casa de tía, y tenemos que reconstruir las situaciones vividas en el último momento en que se produjo la maldición.

Tiene que coincidir la hora y el día en que Lorenzo falleció.

Mañana es primero de mes y justo es la fecha en la que aparece como alma en pena por los pasillos de la estancia.

Verónica. Vos harás el papel de tía Amelia. Roberto, sé que lo que te voy a pedir es arriesgado pero lo cierto es que no nos queda otro recurso. Debes hacer todo lo que hizo Lorenzo ese día, y vos Juan ya sabrás a su debido tiempo.

Yo estaba un poco asustada y le pregunté:

—¿Por qué debo hacer el papel de Amelia?

—Porque eres igual a tu tía. Dijo el propio Juan.

Por lo pronto parecía que nuestro matrimonio era el único que había sobrevivido a las tempestades de los años.

Nunca nos habíamos engañado o al menos no lo sabía.

La pareja elegida para tal fin debía tener sentimientos puros y nobles y nosotros encajábamos perfectamente.

Yo no sabía cómo vivir si no estaba Roberto a mi lado, era mi cable a tierra, si eso me faltaba estaba de cabezas.

Como teníamos que preparar el ambiente de la casa, tal cual los sucesos, fuimos y buscamos ropa de tía para mí, ropa de Lorenzo para Roberto y del viejo baúl sacamos la ropa de Juan para que la usase en esta oportunidad.

Mamá dirigiría todos nuestros actos, tal como en una obra de teatro. Néstor, Clara y Ada debían estar en guardia por si algo salía mal.

Ese día tuve el placer de probarme toda su ropa.

Casualidad fue, que todos sus vestidos me quedaban bien.

Elegí para esa ocasión uno de seda no muy ajustado en la cintura, de la que se desprendían varias capas de la misma tela abultando la falda color esmeralda que combinaba con los zapatos color peltre.

Saqué del alhajero unos aros no muy grandes y un collar de perlas.

Dejamos los preparativos para ir a casa y estudiar lo que debíamos hacer cada uno. Mamá nos dijo que teníamos que sentir lo mismo que sintieron ellos aquel día. Era difícil, por que yo era Verónica no-tía Amelia. Roberto tenía que sentir el mismo odio y furia que sintió Lorenzo, y él me amaba.

Todos sentíamos un nerviosismo natural. Nos exponíamos a quien sabe qué cosa, a qué fuerzas maligna que hacía mucho tiempo habitaba el lugar.

Estábamos metiéndonos en un terreno que no conocíamos y estábamos paralizados por el miedo.

Más cuando se acercaba la hora no podíamos ni mirarnos para no saber lo que pensaba uno ni otro.

Cuando llegó el momento fuimos a la casona, nos pusimos la ropa elegida y comenzó la actuación.

Era a la mañana temprano cerca de las ocho.

Roberto salió por la puerta del fondo e ingresó por la entrada principal.

Fui a recibirlo con el rostro endurecido.

Para entonces, ya había dejado de ser Verónica, lo saludé.

Él me tomó de la mano y me llevó al dormitorio.

Me tendió sobre la cama y me dijo cosas bonitas al oído.

Quiso hacer el amor a lo que me negué por mi estado.

Roberto se enfureció y tironeó mi ropa. Al ver mi vientre comenzó a gritar.

El ambiente se enrareció. En ese momento, Lorenzo tomó el cuerpo de Roberto y comenzaron las maldiciones.

Yo lloraba sentada en la cama. Salió del dormitorio y se golpeó la cabeza contra la pared, entonces maldijo como lo había hecho ese día.

Juan que no aguantaba más la situación, ingresó con su ropa de cocinero, me abrazó fuerte y grito”: Yo la amo, la amo más que a mi vida", colocó su mano sobre mi vientre y acarició a su hija, que en ese momento sentí en mí.

Se alejó lentamente, hasta que logró tomar a Lorenzo por detrás y lo hizo retractarse de lo dicho.