Capítulo XIX
Juan vuelve a casa
Una mañana, mientras regábamos el jardín de la casa de tía, encontramos en el barro una pequeña cruz de plata ennegrecida por el tiempo. Mamá se quedó inmóvil al verla. La reconoció enseguida: había pertenecido a su padre.
—Recuerdo perfectamente que papá se puso muy mal el día que la perdió. Mirá lo que es el destino... hoy me toca encontrarla a mí, que siempre la quise tanto.
La limpió con cuidado. Le regalamos una cadena y se la colgó como lo hacía su padre. Para mamá aquello fue una señal: alguien más parecía acompañarnos en ese camino. Que la cruz apareciera justo cuando había empezado a perder la fe le resultaba demasiado significativo para llamarlo casualidad.
Desde ese momento algo cambió en ella. La fe regresó lentamente y volvió a acercarse a sus prácticas místicas.
Al volver a nuestra casa, mamá se sumergió en la lectura de los libros de Feliciano. Pasó dos días casi encerrada en su dormitorio. Solo salía para comer, mirar sus plantas y preguntarnos si necesitábamos algo.
La dejamos tranquila. Hicimos bien porque al terminar salió a decirnos que tenía la solución para liberar la casa de la maldición.
Como no sabía si daría resultados nos dijo que le demos un tiempo para acomodar todo lo que debíamos hacer cada uno.
Supimos, que el trabajo ya no era solo para ella sino que nos utilizaría a todos.
Esa tarde sonó el timbre y Roberto atendió. Era Juan, a quien él no conocía le preguntó:
—Es la casa de la familia de Amelia.
—Sí. ¿Usted quién es?
—¿Soy Juan, y vos?
—Yo Roberto el marido de Verónica.
—Encantado de conocerte.
—Pase. Por favor pase. Para la familia va a ser una sorpresa el tenerlo aquí.
Roberto nos llamó a todos. Al verlo nos alegramos muchísimo y le agradecimos que se decidiera a visitarnos.
Nos dijo:
—Vengo a ayudarlos.
—Le agradecemos su gesto, pero ¿no será muy duro para usted, volver a casa de tía?
—Seguramente así será. Algo me dice que debo estar presente.
Mamá, en ese momento le contó que había encontrado la última carta y que coincidía mucho con lo que él le había informado.
Le preguntó:
—Juan, ¿sabe algo más que no nos haya dicho?
—¿Por qué piensan que sé algo más?
—Porque en la carta, tía nos cuenta cosas que tienen que ver con usted.
—Si me dicen que es, a lo mejor sí se me pasó el decirles algo.
Yo sabía que mamá le diría lo de Milagros y me pareció inoportuno. No sabía como lo tomaría y si le alcanzarían las fuerzas para aceptar una hija que inclusive estaba muerta. Por lo que dije:
—Mamá. ¿No te parece que Juan debe estar cansado por el viaje?
—Sí, por hoy no lo vamos a molestar con pavadas. Por qué no se pone cómodo y charlamos un poco de cómo va el negocio.
—Bien, muy bien. Por suerte todo lo malo ya pasó.
Mamá le aprontó una habitación, le mostró la casa y le dijo que también era la suya.
Contento porque estaba en la ciudad, quiso ir hasta lo de tía.
Nosotros, tratamos de retrasar un poco la visita. Se imaginan si veía todo lo que nosotros habíamos visto en el lugar incluyendo a su hija y a Lorenzo.
Ada que ya sabía lo que estábamos pensando le dijo:
—Qué tal si primero te llevo a la estancia, así visitás a Ramona y a sus hijas que pienso que se pondrán felices al verte.
Él accedió a la invitación, nunca se hubiese negado a ver a su familia.
Subieron a la camioneta y se dirigieron a la Trinidad.
Por el camino solo miraba con ternura los lugares cercanos a la estancia.
Cuando llegaron se bajó de la camioneta y besó la tierra.
Luego caminó descalzo hasta lo de su hermana.
Mientras tanto, nosotros preparamos cada palabra. Acomodamos las respuestas que debíamos decir en cuanto él vea lo inevitable. Creo que estábamos asustadas porque era una persona mayor. ¿Y si el impacto lo mataba?
Mamá nos contó entonces, lo que haríamos para romper el hechizo.
Ada demoró todo lo que pudo la presencia de Juan, pero en tres días estaban de regreso.
—¿Cómo les fue? Los recibió mamá.
—Muy bien, Ramona no podía creer lo que estaba viendo. Dijo Juan con una sonrisa.
—Esa mujer me agradeció tanto el haberle devuelto a su hermano que me conmovió. Nos contó Ada.
—¿Cómo encontró la estancia?
—Muy linda, como siempre, saben que es mi hogar natal. Tengo tantos recuerdos que llegaron a mi memoria en cuanto ingresábamos al lugar. Recuerdo a papá, vestido de blanco en aquella vieja cocina que funcionaba a leña y a mi madre, lavando las ollas manchadas por el hollín.
A Lorenzo y a mí jugando en las galerías llenas de jazmines en donde yo hacía mis propios juguetes con los huesitos de vaca y con las tabas imitaba camioncitos.
A Lorenzo le gustaban más esos juguetes que los que él tenía que eran comprados, así que los intercambiábamos hasta que su madre salía y le hacía dejar los míos y guardar los de él.
Los peones de la estancia preparaban para Lorenzo su alazán negro azabache y me cargaba en las ancas del animal.
Por supuesto lo hacía lejos de la casa. Así recorríamos horas y horas parte de la Trinidad.
En veranos nos gustaba bañarnos en el arroyo.
El alazán quedaba siempre junto al niño.
Era un buen animal. Pero a él le gustaba montarlo en pelo, como lo hacían los indios.
Para esto yo me encargaba de sacarle la montura. Sabía que después me dejaba montarlo.
¡Tantas cosas hicimos cuando niños!
Recuerdo cuando fuimos a la escuela por primera vez.
Nosotros solo usábamos alpargatas, y para llegar teníamos que recorrer tres kilómetros.
Mi madre, que en paz descanse, nos daba un pedazo de pan casero envuelto en papel.
Cuando llegábamos a la escuela, del pan no quedaba nada.
La caminata nos daba hambre. En cambio Lorenzo llegaba prolijo, bien peinado.
Lo llevaban los peones a caballo. Nos cansábamos tanto que en la escuela no aprendimos ni siquiera a leer.
No es gracioso que haya estado tan ligado a su vida como él a la mía. Eran vidas diferentes que se ligaron en un momento y se destruyeron para siempre. ¿Por qué habremos tenido que nacer en el mismo lugar? ¿Hacer las mismas cosas y compartir todo incluso el amor?
Miramos su mano y vimos que tenía puesto el anillo que encontramos en la casa. Entonces le preguntamos.
—¿Por qué se colocó el anillo si usted tiene esposa?
—Porque mi esposa sabe mi dolor y comprende que este amor lo llevaré siempre en mi corazón. Sabe que nunca la amé como a Amelia y por eso es que lo tengo puesto. Carmen es mi compañera, mi amiga.
—Sabe cómo buscamos un nombre con "H" para relacionarlo con el anillo.
—Era de esperarse, ni de imaginarse que mi nombre tuviese alguna relación.
—Juan. Tía lo amó muchísimo. Sabía.
Lo sé. Sentí su amor en mi corazón. Pero ¿Cuándo podemos ir a la casa?
—Por la tarde, Juan por la tarde.
Su ansiedad podía más que cualquier cosa que dijésemos o que hiciésemos para distraerlo.
Trajimos el libro de tía y leímos “Paradigma del amor”.
Amor. Amor de juventud.
Qué es sino el dolor, la pasión,
El grito desgarrador de nuestro ser
El vacío, el latido del corazón
El despertar por la mañana
El abismo
El sentir el sudor brotar sobre el rostro,
Al tener el amor frente a frente
Y comprender que más allá
Está cupido, con su arco y su flecha,
Para marcar y unir los corazones.
Eso es el amor.
Qué razón tenía en decir todo esto para definir lo que es el amor, el amor que para ella había sido una encrucijada, y le había jugado sucio. Porque a los soñadores los despiertan de un cachetazo en el lugar donde más les duele. Y eso le había sucedido a tía.
Habíamos hecho el compromiso de llevarlo a casa de tía por la tarde y todavía no habíamos preparado a Francisco.
Llevé a mi hijo de compras a una juguetería. Lo dejé elegir lo que quisiera, siempre y cuando esté al alcance de mis posibilidades. De regreso pasamos por una plaza y nos quedamos a jugar en las hamacas. Entonces le dije:
—Francis. ¿Viste el señor que nos visita?
—Sí, ¿el se llama Juan?
—Exactamente. Hoy vamos a la casa grande y quiero que le presentes a tus amigos.
—Bueno mami, yo se los voy a presentar.
—Decile sus nombres, para que sepa quienes son.
Pasado un rato seguimos nuestro camino. Él estaba contento por su nuevo juguete y yo más tranquila porque ya había arreglado cómo mostrarle a los niños.
No sabía con exactitud, si Juan, los vería en un principio. Era preferible esto que la verdad contada de nuestra boca.
Juan se veía inquieto, paseaba por los rincones de la casa, hasta que llegó el gran momento.
Subimos al auto, y paramos justo al frente de la casa.
Juan empalideció. Se paró a mirar hacia arriba con las manos tendidas hacia adelante, como si quisiera encontrar a alguien en la ventana del ático.
Nosotros respetamos cada momento de sosiego.
Sabíamos que cuando él lo decidiera, estaría listo para su entrada.
Luego de unos minutos se dirigió hacia la puerta principal.
La acarició suavemente, se prendió del picaporte y comenzó a subir los escalones.
Al llegar a la puerta de vidrios biselados, se detuvo otro instante, con la mirada perdida hacia el living.
Cuando por fin estuvo dentro siguió el camino hacia la habitación de tía, se arrodilló al lado de la cama y sus ojos se inundaron de lágrimas.
Ada le dio una mano y pasó la otra mano por los hombros.
Se calmó y junto a ella salió del lugar.
No sabemos por qué pero a la cocina ni siquiera entró, sus pasos lo llevaron nuevamente a la sala en donde estaban Néstor, Clara, Roberto y mamá.
Francisco, andaba correteando por el lugar, creo que se había olvidado de mi pedido. En un momento lo llevó de la mano y lo hizo sentar al lado de él, entonces le dijo:
—Juan, quiero presentarte a unos amigos.
—Si, ¿quienes son?
Extendiendo su manita hacia el otro sillón le mostró:
—Ellos son Nelson y Milagros.
—Juan extendió también su mano y haciendo como si saludara a alguien dijo: Mucho gusto señor. Mucho gusto señorita.
Francisco había cumplido su promesa y se fue a jugar.
Juan Habló: