Capítulo XVIII
La visita
Ada era alegre y disfrutaba mucho de salir por la noche. Una de sus actividades preferidas era ir al teatro y, después, cenar en algún restaurante elegante de la zona.
Una noche nos invitó a todos. Como éramos muchos, le pedimos que saliera con mamá; nosotros, dijimos, queríamos ver una película que estaba en cartel.
Habíamos mentido. Lo que realmente queríamos era quedarnos a solas en la casa para comprobar si la presencia de Lorenzo se hacía notar cuando nadie más estaba allí.
Dejamos a Francis en casa de Dolores y nos instalamos en la casona.
Sabíamos que la música le molestaba, así que llevamos un equipo capaz de sonar lo bastante fuerte como para provocar una reacción.
Al principio, todo parecía normal. Por un momento llegamos a creer que la noche se convertiría realmente en una fiesta. Néstor bromeó:
—¿Qué les parece si lo busco y lo siento a la mesa?
—Estás loco. No bromees. Dijo Clara, temerosa. Sabía que no debía molestar al espectro.
—¿Si querés te acompaño? Aclaré, siempre lista pero por dentro llena de temores.
—Si siguen con esto, yo me voy. Dijo, pero lo cierto que la idea que Lorenzo aparezca, la aterraba.
—No seas miedosa. Aunque no lo creas no pasa nada.
—Roberto sirvió la comida, se sentó junto a mí y comenzó a reír de una forma que me llamó la atención. Ciñendo la frente, pues me enojaba esa risa estúpida, le pedí:
—Haceme el favor, termina con la risa, que quiero comer en paz.
—Ja.Ja...
Seguía y seguía.
—¡No molestes más a Verónica! Dijo Néstor, dirigiéndose a mi esposo.
Pero lo cierto es que siguió riendo y no podía parar.
Al momento abrimos los ojos bien grandes porque se cortó la luz.
Roberto seguía. Nos quedamos inertes, no dijimos palabras.
Nada se escuchaba más que aquella risa. Fue el momento en que el miedo se mezcló en el ambiente y no reaccionábamos.
Realmente no podíamos pensar. Clara tuvo un momento de lucidez:
—Néstor, ¿fíjate en la llave de la luz?
—Sí, eso es. Se debe haber cortado algún fusible.
—Busca unas velas. Ordenó Néstor.
Lo bueno es, que para hacer todas estas cosas no nos separamos. Roberto mientras tanto, seguía en su silla riendo. Ya no era su risa, sino una risa burlona.
Los fusibles no eran. Tomamos unas velas de la mesita de luz del dormitorio de tía, las colocamos en un candelabro y las llevamos a la mesa.
Al alumbrar la cara de mi esposo, nos dimos cuenta que era su cuerpo. Al trasluz había una figura sobre él, que pudimos distinguir claramente. Era Lorenzo. Había tomado el cuerpo de Roberto, quizá para decirnos algo.
Mi reacción fue instantánea, lo saludé como si estuviese vivo. Y al momento cesó la risa y se encendió la luz.
Roberto, como si no hubiese sucedido lo expuesto dijo:
—Se enfría la comida. ¿Por qué no comen?
Nos miramos unos a lo otros sin entender lo que había pasado. Tomamos los cubiertos, comimos y no le contamos nada. La cena transcurrió en un ambiente enrarecido y nosotros estábamos en estado de schok.
Luego de cenar, prendimos el equipo de música y bailamos. La música de los 80 era la mejor.
No habíamos pasado una noche muy agradable y decidimos regresar a casa antes de que lleguen Ada y mamá.
Justo a tiempo, arribamos antes, por diez minutos. Nos encerramos en la cocina y tomamos un mazo de cartas y armamos un partido de truco para disimular. Nos contaron sobre la obra de teatro que habían visto. Luego nos preguntaron si había novedades, a lo que respondimos que no.
Esperamos que se fueran a la cama y le contamos a Roberto lo que le había sucedido.
—Están bromeando. Dijo.
—No. Reías enloquecido, como nunca lo habías hecho. Te aseguro que no eras vos.
—¿Cómo es que no recuerdo nada? preguntó como queriendo saber si era broma.
—No tenemos una explicación, pero cuando acercamos la vela cerca e iluminó tu rostro, vimos a la luz de la vela, la figura de Lorenzo sobre vos.
—Por qué no le decimos a Rosa. A lo mejor esto le sirve para lo que falta. Inquirió seguro.
—No sé. Capaz se enoja. Saben que para ella esa casa es un santuario. —dijo Néstor.
—Pienso que por la mañana, uno puede pensar mejor. Acoté.
Mañana, siempre mañana. Todo lo que me parecía imposible de respuestas lo dejaba para después. No solo en esta ocasión, sino en todos los órdenes de mi vida.
Ahora sentía miedo de quedar a solas con mi propio esposo.
Después de ver lo que había visto, el temor me acompañaba.
Pensé. No estamos en casa de tía y según ella Lorenzo no puede salir del lugar.
Igual no estaba muy convencida de lo que decía y al acostarnos no lo abracé como lo hacía todas las noches.
Tomé un libro, para dejar la Luz encendida y esperé a que se durmiera.
Bastante alejada me acomodé para observarlo y así quedé dormida.
Por la mañana, una música suave me despertó. Persiguiendo ese dulce sonido llegué al dormitorio de mamá. Ella y Ada estaban tendidas sobre la cama escuchando música clásica.
Como yo era estómago resfriado, no aguanté más y le conté lo que había pasado la noche anterior. Impactadas, pero muy tranquilas por lo que habíamos hecho dijeron:
—¿Cómo sobrellevaron esa situación?
—No lo sé, pero todo cesó cuando lo saludé como si estuviese vivo. Actué por instinto.
—¿Acaso no tuvieron en cuenta lo violento que fue en vida? Preguntó Ada retorciéndose las manos. Ella lo había conocido en vida y estaba segura que no era nada bueno.
—No. Solo queríamos saber si aún estaba en la casa. Respondí con una mentira.
—Pero qué tontos. ¿Qué saben de maldiciones? Nada han aprendido en estas últimas semanas. Para tu información, con estas cosas no se juega. Dijo en tono bastante alto, casi eran gritos.
—Bueno, quédate tranquila. Ya veremos qué hacemos. Decía Ada tratando de serenar a nuestra madre.
Ella tenía razón. No siempre uno actúa bien, Por otro lado, pensé en lo que había visto. ¡Era igual que en la foto!
Regresé a mi cuarto. Miré nuevamente a Roberto. Sentí una pasión intensa, lo que hizo que saliera del lugar, me duchara y me fuera a casa de Dolores a buscar a Francisco.
Esa mañana me quedé en casa de mi amiga hasta la tarde. Ella siempre respetaba mis silencios, y pero en esta ocasión dijo.:
—Sé, que hay algo que te molesta. Si querés contame, sabes que acá tenés una amiga.
—Sí, lo que pasó anoche me dejó aturdida. Imagínate que hasta le tengo miedo al propio Roberto. Siento cosas muy raras, por un lado el miedo, y por otro el deseo. ¿Entendes?
—Yo creo que esto no es problema. No te olvides, que están viviendo una situación poco, común que sobrepasa los límites de la imaginación. Están conviviendo con el más allá y eso no sucede a diario. Yo te tengo que contar algo. Dijo con tristeza.
—Bueno contame.
—Seguí tu consejo y le pregunté a Jorge lo que le pasaba, insistí tanto sobre lo que sabes que lo aceptó. Lo que más me duele es que me haya usado hasta el punto de ignorarme completamente. Contó angustiosa de la situación rompiendo en llanto.
Traté de consolarla pero era una situación difícil. No es lo mismo que te engañen con un hombre, pero mi amiga necesitaba mi consuelo.
Ya no estaba tan inquieta y decidí volver a la casa.
De camino, vi muchas cosas: gente, autos, casas, árboles, animales domésticos. Ahora los veía con otros ojos. Pensé que cada uno tiene una vida propia, la que vive y otra paralela, la que te hacen vivir.
Ese día la familia no fue a la casa de tía, notaron mi ausencia y esperaron mi regreso.
Roberto estaba muy preocupado por mi salida. No le había avisado en dónde estaba, cosa que no acostumbro. Al verme me abrazó y dijo:
—Mirá soy yo. Tócame no tengas miedo. El siempre, pero siempre estaba un paso delante de mí. ¿Cómo sabía que le tenía miedo?
Lloré, lloré abrazada a él. Lo amaba demasiado para exponerlo a esa situación.
Ada, que todo lo solucionaba con dinero nos invitó a la peluquería. Aceptamos porque desde que había comenzado esta historia no habíamos tenido tiempo para nosotras. Como ella no iba a cualquier lado nos llevó a la peluquería más cara de la ciudad.
El estilista nos asesoró sobre los cortes de pelo que quedaban bien y eran acordes a nuestro rostro. Yo hacía mucho tiempo que lucía el cabello, no largo pero sí, pasaba los hombros. En este momento necesitaba un cambio y me animé. Dejé que el peluquero hiciese lo conveniente.
Clara se alisó y aclaró el cabello. Mamá se hizo tintura y un peinado estupendo. Ada no rompió con su tradición y como siempre iba al mismo lugar la arreglaron como siempre.
Solo faltaba que termine con mi cabello. Cuando estuvo listo, recién me miré al espejo y no me reconocí. Estaba totalmente cambiada.
Mamá, Ada y Clara me miraron y no dijeron nada. Yo en cambio les dije:
—¡Las dejé mudas, no!
—La verdad Verónica, sí.
—Pero me queda bien. Digan algo.
—Estás hermosa, te lo aseguro. —dijo mamá.
Mientras la manicura nos hacía las uñas, ellas no dejaban de repetirme lo bonita que había quedado.
—Mirá nena, Juan, no se equivocó al decirte que eras parecida a tía Amelia.
—No me asustes mamá.
—No te asusto, solo te digo que sos parecida. Con el cabello de esa forma estás igualita a ella.
—No te puedo creer.
—Tu mamá tiene razón, cuando yo conocí a Amelia era la mujer más bella que había visto en mi vida y parece que heredaste sus facciones.
—Sí dijo Clara. En las fotos que vi de ellas estás idéntica.
—Bueno, terminen con esto porque me hacen sentir mal.
—El parecerte a alguien tan hermoso no te tiene que hacer sentir mal.
Yo que me había sentido orgullosa cuando Juan me había dicho lo mismo. Ahora sentía temor por lo que significaba este parecido.
Cuando mi esposo, Néstor y mi hijo me vieron no paraban de decirme cosas bonitas. Yo me sentí muy bien porque viniendo de estos hombres tan queridos esos halagos eran para disfrutar.
Esa noche fuimos a cenar a una pizzería del centro en donde preparaban unas pizzas deliciosas. Pedimos la más simple pero la más rica: una muzzarela con fainá. Para beber cerveza y para Francisco una gaseosa.
Orgulloso, mi esposo me mostraba más que lo de costumbre.
En una mesa contigua encontramos a ese amigo de tía. El señor que habíamos ido a visitar, en busca de información. Él nos miró y se acercó a nuestra mesa.
—Disculpen. Ustedes son las sobrinas de Amelia.
—Sí, y Usted es...
—Sí. Soy Feliciano, su amigo y confidente.
—Por qué no nos acompaña. Le dijimos, haciéndole un lugar.
—Está bien, si no molesto.
—Por favor como va a molestar.
—Y, como van con la búsqueda de datos.
—Bien, creo que ya descubrimos todo, pero ahora solo nos queda el peor de los trabajos.
—A sí. ¿Y cuál es ese trabajo tan difícil si se puede saber?.
—Es el de la maldición.
—¿Cuál maldición?
—Usted no sabe nada.
—Creo que sé todo sobre su vida y sus desgracias, pero de maldición ella nunca me habló.
—Mire en la casa hay una maldición que no podemos deshacer. Le dijo mamá.
—¿Y cómo se enteraron de esto?
—En una de las cartas que nos dejó tía, nos hablaba sobre ella.
—Si les sirve de algo, yo tengo unos libros en los que se habla de cómo liberarse de estas cosas. Si ustedes lo quieren y me dan su dirección yo se los puedo acercar.
Así que le dimos la dirección a Feliciano, para que cuando pudiese nos acercara estos libros. Luego charlamos de muchas cosas lo que nos demostró que era un hombre muy culto y refinado.
Al despedirse me dijo: —Sabes que sos igual a tu tía Amelia_ y me dio un beso.
Mamá pensó que esos libros no servirían para nada porque los que ella tenía y los tenía a todos, no hablaban casi nada de estos temas.
Cuando Feliciano los acercó a casa, ella no quiso ni mirarlos. Clara que era curiosa se puso a leerlos y como copia fiel de mamá marcó cada frase importante con separadores.
Lo que le pasaba a mi madre era que había perdido la fe en sí misma. Ya no la veíamos colocar sus ángeles, en los lugares que quería proteger. No rezaba, y no nombraba mucho a Dios. Esto fue retrasando cada vez más el cometido principal