Más allá de los planos: Los secretos de tía Amelia Capítulo XVII
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Capítulo XVII

La maldición

Regresé a casa de mamá y me dejé caer sobre la cama. Francis pareció contagiarse de mi agotamiento: se acostó a mi lado y los dos quedamos profundamente dormidos.

El cansancio me venció de golpe. Por unas horas, el sueño fue el único lugar donde la casa, las cartas y la maldición parecieron perder su voz.

Cuando Roberto nos despertó eran las doce del mediodía. Apenas me levanté sonó el teléfono. Mamá atendió. Era el escribano, que nos esperaba en su estudio para entregarnos una cesión de derechos. No entendíamos bien de qué se trataba, así que fuimos enseguida.

"Retirar de lo del señor Carmona, juego de comedor "propiedad de la Sra. Amelia del Castillo Azcuénaga".

Estaban todos los datos, nombre, dirección, teléfono y una notita de tía en la que nos pedía que antes de llevarlo a la casa que lo mandásemos a restaurar.

Si al momento que estuviese listo, mamá no había sacado la maldición de la casa que lo dejáramos en otro lugar que no sea aquella, hasta que se halla limpiado completamente la casa.

Bueno por fin habíamos encontrado los muebles. Mamá se inquietó mucho con esto de la maldición. Pensaba en cómo debía hacer para deshacerse de ella, si ni siquiera sabía quien era el que la había hecho.

Al final tantos problemas por resolver los acertijos y en definitiva se resolvían casi como por arte de magia.

Retiramos los muebles y como decía la nota los llevamos a un taller para que se hiciese su voluntad.

Mamá se encerró en su dormitorio con todos los libros de ocultismo que tenía. Se puso a estudiar cada detalle. Pasaron horas hasta que salió y nos dijo:

—No encuentro nada adecuado para lo que me pide tía. No podré. No podré. Eran sus palabras.

El alentarla sería lo único que le daría fuerzas, entonces dije:

—Mira si tía lo dijo, yo creo que se van a dar las condiciones para hacerlo. Respondí. Sino fíjate, buscábamos los muebles y aparecieron de quien menos los esperábamos. Verás que llegado el momento será como lo previó tía.

—¿Si me falta lo esencial para llegar a descubrir quién fue?

—Lo hallarás, mamá. Lo hallarás.

Inquieta por la labor más difícil de su vida, recurrió a aquel espiritista que había llevado a la casa para preguntarle sobre su cometido. Al querer asesorarse, sintió que este hombre sabía menos que ella.

Era lógico que sintiese expectativas por conocer lo que tenía que hacer, pero con unos días de búsqueda intensa se dio cuenta que lo aprendido no servía.

Que debía haber algo mágico, no como la magia que practican los magos, sino como el poder de precipitar objetos.

Esa era la respuesta para la ocasión pero no tenía los medios ni el poder para lograrlo.

Así supo, que llegado el momento, la misma magia de la casa le daría las respuestas.

Realmente lo que mamá quería precipitar era el final de la historia. Aprontó algo de ropa y se instaló día y noche en la casona. No quería perder un minuto de búsqueda intensa. Sabía que en un sitio determinado tenía que estar la otra carta. Era la última y con ella todo debería finalizar.

La acompañaron Nelson y Milagros. Por las noches rezaban varias novenas. Esto debe haber calmado a Lorenzo por que los ruidos cesaron y la calma volvió al lugar.

Por las noches cuando ella quedaba dormida, los niños se acostaban junto a ella. Seguramente estaban acostumbrados a esto con tía Amelia.

Al levantarse ellos imitaban cada una de las acciones. Si mamá se cepillaba los dientes, lo hacían; si se peinaba mirándose a un espejo ellos se trepaban por encima del lavatorio para mirarse. Realmente era un espectáculo verlos cuando llegábamos nosotros, abrazos y besos volaban por el aire.

La puerta de la cocina, la mayor parte del día estaba arrimada. Era incómodo estar en ella.

Una de esas mañanas se despertó con dolor de cabeza, lo que la obligó a abrir el botiquín del baño para buscar un medicamento para la jaqueca.

Al abrirlo se movió de su lugar y por detrás asomó un pedazo de papel.

En ese momento no le dio importancia y luego de tomar la medicina regresó a la cama.

Nuevamente se durmió y al despertar recordó lo que había pasado.

En calma regresó al lugar y el papel estaba ahí.

Lentamente lo quitó por detrás del botiquín hasta que estuvo en sus manos y logró ver que era la última carta.

Feliz, comenzó con la lectura y fue importunada por nosotros que llegamos bastante temprano.

Como solo teníamos una llave de la casa tuvo que abrir la puerta. Al saludarnos nos dijo lo de su hallazgo. La alegría estaba en su rostro.

Esperamos enterarnos de su contenido como el niño que espera su juguete el día de reyes.

Como era su costumbre, la primera lectura era privada. Luego de analizar cada palabra, cada situación y cada expresión, la lectura era para todos.

Esperamos poco tiempo. Para nosotros fue eterno.

Salió del dormitorio, se sentó en un sillón y dijo escuchen:

...Rosa, si bien hacer el amor con Juan estaba mal, yo sentía una pasión intensa que me quemaba el alma, como alguna vez sentí por Lorenzo.

Cuando él nos encontró, bajó a la cocina y sacó una cuchilla.

Tomó por el cabello a Juan que no hizo nada por defenderse, y le cayó a golpes y cortes por doquier.

Herido, lo sacó por la puerta del fondo, arrastrando y dejando una estela de sangre.

Lo tiró hacia la calle. Ahí quedó inerte.

Pensé que estaba muerto y quise morir con él.

Lorenzo me golpeó como era su costumbre y yo envuelta en llanto quedé tendida sobre la cama.

Al despertar estaba sola y salí corriendo hacia la calle por el portón de atrás. Juan ya no estaba. Tenía dudas de lo que había sido de él. No sabía si estaba vivo o muerto. Como no tenía como averiguar dejé que el destino dispusiera mi vida o mi muerte.

No pasó mucho tiempo cuando noté que estaba embarazada. Ese hijo no podía ser de Lorenzo, pero sí de Juan. Sabía que era fruto del amor. Como la vida ya me había quitado uno, decidí que a este fuera niño o niña, nadie lograría alejarlo de mí.

Traté de disimular mi embarazo y me quedé en casa. No recibí a nadie. Ni amigos ni vecinos, ni parientes.

Una mañana apareció Lorenzo. Como si nada hubiese pasado, trató de hacerme el amor.

Yo, que sabía que descubriría lo obvio, me negué.

Él trató de violentarme tirándome sobre la cama y me quitó la ropa.

En ese momento no pude hacer nada. Al ver mi vientre descubrió mi estado.

Aturdido, por que sabía que el hijo que llevaba en mí, no era suyo, enloqueció.

Enloqueció de tal forma que ya no me maltrató.

Solo maldijo y maldijo por los pasillos y tomándose la cabeza.

El odio que sintió en ese momento fue tan grande que al regresar a la habitación lanzó una maldición dirigida a mí y al bebé que llevaba en mis entrañas.

Dijo con furia "Jamás, pero jamás te librarás de mí; quedarás en esta casa pudriéndote de a poquito.

Ese hijo malparido nunca vivirá porque es hijo del pecado.

Esta casa que yo te regalé, nunca será tu hogar, no podrás hacer uso de tus lujos, ni de tus joyas y morirás sola. Te maldigo mil veces te maldigo.

Se fue furioso a su estancia natal y esa noche se quitó la vida.

Lo que no supo fue que al haber lanzado aquella maldición quedaría él, también atrapado en estas paredes.

Culpa de aquello al nacer mi niña Milagros también murió. Al momento de su muerte apareció una imagen al lado de mi cama, era Nelson mi otro hijo y al lado de él, Milagros. Fueron ellos, los que me acompañaron, jugaron y sufrieron la soledad junto a mí.

Perdí la familia natal y la que pude haber construido. No teniendo más que perder decidí vivir con el recuerdo de lo que pudo ser. Del amor que me brindaron estos dos niños, y aunque yo, no podía mostrárselos a nadie me refugié en esto, que así parecía un hogar.

Sobrina. Sabes la verdad y espero que logres acabar con esa maldición, así Lorenzo puede descansar en paz.

Haz lo que puedas, pero hazlo con fe. Será lo único que tendrás en mano para lograrlo.

Así, terminaba esta última carta, en donde acabábamos de conocer toda la verdad contada de puño y letra de tía.

¿Cómo un ser tan querido, puede abrumar la vida de quien dice amar, de semejante forma?

¿Será el amor, el odio y la pasión que reunidos hacen estragos?

¿O tal vez uno se forja un destino, y la vida nos juega sucio?

Después de tantos años sabíamos de sus secretos y la verdad no había cambiado la forma de pensar y de creer.

Las ilusiones de juventud se ven reflejadas en los hechos acaecidos en aquel lugar.

Sin decir que una vida de encierro y dolor no sirven opacar los amores.

Estábamos indignados por los sucesos. Violentados por la traición, no de tía sino de los sentimientos. Abrumados por la vida, que de alguna manera le había devuelto a Amelia la osadía de convivir con sus hijos.

¡La verdad! Que palabra tan bonita, y qué dolorosa fue. Qué más hubiese soportado esta mujer que lo único que hizo fue amar. Amar con locura.

Todavía nos faltaba lo peor. "Una maldición que a cualquier precio debíamos romper". Como en un cuento de hadas en que llega un príncipe, besa a la princesa y rompe el hechizo. Bueno, esto era algo similar. Solo nos faltaban los personajes, todos habían muerto.

Junto con la maldición, Lorenzo había quedado atrapado en la casa, que en este momento no pertenecía a él sino, a nosotros y a los niños que habitaban el lugar.

Cuando hablo de niños me refiero a Nelson y Milagros, pequeños espectros que habían cautivado nuestro corazón. Los amábamos mucho y a su vez les teníamos mucha lástima. Ellos se veían como de la edad de Francisco, pero la verdad que solo tenían días cuando murieron.

Por los sucesos ocurridos, la ternura nos colmaba. Ellos nos retribuían ese amor. Francis los había tomado como a niños verdaderos y por los pocos años que tenía no podíamos explicarle lo evidente. Supimos entonces, que cuando partiéramos hacia nuestro hogar, él los extrañaría.

Mi madre leía y releía cada una de las cartas de tía. Parece que en ellas, quería encontrar un camino para solucionar lo que faltaba. Cuanto más leía, menos sabía.

Los libros no alcanzaban, su inteligencia tampoco, y el compromiso con tía lo había sellado con el corazón.

Prudentemente fuimos acercándonos. Le pedimos que tuviese paciencia.

Llamamos a Ada para que se enterase del contenido final de la última carta y le pedimos que si quería, podría regresar a la ciudad para acompañar a mamá.

Ella aceptó, pero nos dijo que primero debía hacer algunas diligencias y que vendría en uno o dos días.

Dolores había perdido la apuesta ya que nosotros descubrimos los misterios reveladoss por la propia tía.

Como sabíamos que no le gustaba perder, la invitamos a la casa para pasarle el último parte.

Al entrar encontró que estábamos sentados como siempre, en la sala, con una gran sonrisa a lo que preguntó:

—¿Me quieren decir de qué se ríen tanto? Acaso han descubierto el misterio.

—Sí, cual es tu problema —dije.

—No lo puedo creer, y yo rompiéndome la cabeza.

—Si es cierto lo que me están diciendo ¿quiero saber? Tomó una silla y se acercó a la mesa.

—Bueno. Si te sentás, te cuento.

Mate por medio le contamos todo. Nos hacía falta alguien más vivo que nosotros para la finalización de la tarea. Así que le propusimos:

—Mira yo sé que no te gusta perder.

—Es cierto, pero una apuesta es una apuesta.

—Lo que podés hacer es buscar o resolver lo de la maldición.

—Qué vivos, saben que no se nada de esas cosas. Pero la mujer no se acobardaba.

—Vos elegís. Siguió insistiendo, y al mismo tiempo la desafiaba.

—Bueno, a lo mejor éste es el principio de cosas diferentes en mi vida.

Así quedamos con Dolores, si mamá no podía tal vez ella...

Luego de dos días apareció Ada. Como era su costumbre siempre traía regalos para nosotros. Nos dio un poco de vergüenza aceptarlos pero eran cosas tan lindas que tal vez en nuestras vidas la podíamos comprar.

Mamá se alegró mucho al verla, ahora ella era una compañera y calmó un poco su ansiedad. En un mes había engordado más de tres kilos.