Capítulo XVI #2
Cuando ella decidió amarme, el enfureció.
Entró a la cocina tomó una de las cuchillas que usaba para cortar la carne.
Subió a la habitación de Amelia que se había mudado al comedor por la cercanía que tenía con la cocina, y la atacó.
Cuando quise defenderla él clavó la cuchilla en mi brazo y me hirió duramente.
Tendido en el suelo y sin poder moverme, él, quitó de mi mano un anillo que junto a su par era de Amelia y mío uniendo nuestro amor.
Me arrastró hacia la parte de atrás, me bajó por las escaleras y me tiró a la calle por la puerta del fondo como a un perro.
No sé quien me recogió ya que debo haber perdido el conocimiento y al despertar mi hermana Ramona me asistía en el Hospital.
Lo había perdido todo: mi amor, mis recetas y hasta mi dignidad, y no tenía dinero para alejarme de la casa.
Al día siguiente apareció Lorenzo a decirme que si no me iba lejos mataría a Amelia. Ante esta amenaza y por el amor que sentía por ella mis hermanos me dieron ropa, dinero y un pasaje para este lugar.
Llegué sin nada. Luché por lo que quería.
En ese momento solo pensaba en hacerme rico para merecer el amor de tu tía.
Trabajé duro. Primero como lavaplatos, luego como ayudante de cocina y por último como cocinero.
Pasaron unos años en que ahorraba lo que ganaba con el fin que ya les conté, hasta que el dueño del restaurante murió y sus hijos querían vender el lugar.
Entonces logré comprarlo y hacer de él lo que hoy es.
No sé que habrá sido de Lorenzo, ni sé si hizo feliz a Amelia, lo que sí sé, es que nunca la amó como la amé yo.
Luego de estas confesiones quisimos que supiera lo de la pared doble y le entregamos el anillo. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Lloró como un bebé apoyado sobre la mesa.
Lo tomó con su mano y lo colocó sobre su corazón. Mamá se paró de la silla y lo abrazó muy fuerte como se abraza a un hermano que está pasando por una desgracia. Nada mitigaba esa angustia y el amor que aún sentía por tía.
Le pedimos perdón por haberle hecho recordar tal pena. Quedamos en que si tenía ganas de ver una vez más la casa de tía podía hacerlo ya que las puertas del lugar estaban abiertas para él.
—No sé si habrá hombres con el valor que usted tuvo, Juan. Dejar a su amor por miedo a que le den muerte, es la cosa más bella que he oído y el gesto más noble del que he sabido.
Le preguntamos si había formado familia después de aquella injusticia a lo que nos contestó que sí. Después de diez años conocí a otra mujer que me dio un hijo. Esto calmó mis recuerdos y creo que hasta fui feliz.
No parecía muy convencido de lo que decía acerca de su familia. Lo que nos indicó que cuando no se pueden resolver los problemas y se pierde la oportunidad de un amor verdadero un vacío difícil de llenar queda en los corazones.
Pasadas las doce de la noche regresamos al hotel y al despedirnos le repetimos que lo esperábamos en la casa de tía para entregarle más pertenencias.
Él nos dijo que había sido un gusto el habernos conocido y que cuando tuviese un momento libre viajaría hasta Entre Ríos.
Volvimos al hotel, reservamos pasajes para la mañana temprano y quedamos rendidas hasta el amanecer.
Mientras volábamos mi mente estaba llena de respuestas que encajaban en el rompecabezas en el que parecían aparecer piezas que jamás hubiésemos imaginado.
Roberto y Néstor nos estaban esperando en el aeropuerto. Cuando los vimos sentimos el alivio de estar en tierra firme. Abracé tan fuerte a Roberto, lo besé y le dije cuánto lo amaba.
Muchas veces uno tiene un amor que día a día se desgasta. Con el correr del tiempo, dejas que se apague el fuego y no te das cuenta que si estuvieses en situaciones extremas como las que había vivido tía se pierde para siempre.
Ya en casa nos preguntaron:
—¿Qué tal el viaje?
—Bien. Por cierto les trajimos algunas cosas. Dijimos.
—No sabés lo que son las cataratas. Esa caída de agua produce un sonido que parece música y la Garganta del diablo es increíble. Quise contarle lo que mis ojos habían cautivado.
—Aparte de la naturaleza, ¿averiguaron lo que necesitamos? —preguntó Roberto.
A él no le interesaba la naturaleza, solo quería saber nuestras averiguaciones.
Ada les entregó los regalos, que sacó de la valija que desbordaba y ellos agradecieron.
—¿Lo encontraron? ¿Las atendió? Preguntó Néstor, lo cierto era que los regalos habían quedado opacados por la intriga que tenían.
—Sí, fue muy amable y les aseguro que tía estuvo enamorada de él con razón porque es muy guapo. —dijo mamá.
—A Verónica le dijo cosas bonitas y la comparó con tía. —expresó Clara.
—No todos tienen mi belleza. Les dije con una sonrisa socarrona.
—Bueno pero. ¿Qué sacaron en claro?
Le contamos todo y les informamos lo del anillo.
—El señor “H” era Juan. Tía le enseñó a escribir y él no podía entender cuándo las palabras llevaban h, entonces Amelia lo apodó el señor “H”. Además Lorenzo hirió a Juan en un arrebato de celos y lo tiró a la calle. Luego amenazó con matar a Tía si no desaparecía. Le conté sin respiro a Roberto.
La cobardía de un hombre que no quería perder a una mujer que ya no lo amaba con artilugios sucios y trampas. La valentía del otro que la amaba más que su propia vida. Que la dejó por miedo a que la matase. Se unieron y destruyeron a esta mujer.
Ada se despidió de nosotros y partió hacia la estancia. La tierra y su hijo la esperaban, pero nos dijo —no crean que se van a deshacer de mí tan fácilmente, en uno o dos días estoy de regreso_
Otra vez estábamos los que habíamos empezado la búsqueda, y trajimos el libro en el que estábamos escribiendo los aciertos y los desaciertos. Casi habíamos llegado a la verdad, con suerte la encontraríamos completa en el momento en que encontrásemos la última carta.
Por suerte habíamos logrado hallar a Juan.
Lo pudimos relacionar con el baúl, la ropa y la alianza; la tranquilidad de saber que por lo menos nadie había muerto en esa ocasión nos daba la pauta, de que esa pared la habían mandado construir para que esto quedara en el recuerdo.
Quien descubriese lo que había detrás se enteraría de lo que había sido capaz Lorenzo.
Lo que nos había quedado en dudas era lo de la habitación de tía. Antes era el comedor de la casa, entonces nos preguntamos por los muebles. ¿Los habrían vendidos?
Con esa pregunta fuimos hasta casa de tía para averiguar algo más. Ahora buscábamos indicios de los muebles.
Una luz estaba encendida, por lo que decidimos revisar la vivienda. No había nadie y supusimos que tal vez Néstor o Roberto se habían olvidado de apagarla.
Francisco buscó a sus amigos y correteó por la sala.
Nosotros nos habíamos olvidado de preguntarle a Juan cuál había sido la habitación real de Amelia.
Revisamos los cuartos contiguos. En todos había muebles similares por lo que no se diferenciaban en nada a simple vista.
Detenidamente miramos en cada uno y nada.
Ninguno daba pistas de haber sido la habitación de tía.
Cansado de que todo se trabara y fuera tan difícil nos sentamos en los sillones de la sala, como muchas veces lo habíamos hecho, mirábamos el techo y no decíamos palabras.
Francis tenía hambre así que tuve que salir a comprar unas pizzas al negocio de la esquina.
Los vecinos comenzaban a preguntarse qué pasaba en la casa.
Como no aguantaron más, una de las señoras de la media cuadra me detuvo para preguntarme si habíamos comprado la casa.
Pienso que no debe haberla reconocido a mamá.
Le respondí que no, que era la casa de mi tía abuela, que mi madre había heredado.
Conforme por la explicación me dejó en libertad para hacer lo propio.
A mi regreso comimos y luego nos fuimos a disfrutar del día que era maravilloso. Francisco quería llevar a sus amigos y ellos le decían que no podían salir.
—¡Mamá! ¡Mamá! —Llevemos a Nelson y a Milagros con nosotros.
—No podemos hacerlo.
—¿Por qué no?
—Porque ellos son diferentes a vos.
—¿En qué son diferentes?
—Ellos viven acá y no pueden salir a la calle. Fue difícil. Cómo le explicas a un niño que lo que él llama amigos son fantasmas.
Sin conformarse accedió salir con nosotros.
Las explicaciones dadas por mí no eran las correctas, pero que podía hacer. El no estaba en edad de entender las diferencias entre un ser humano y un fantasma. Tal vez cuando su entendimiento sea el de un adulto explicaría con detalles lo que para él eran personas comunes.
Cansados de tanto andar en los juegos del parque tomamos el camino a casa de Dolores. Quería sentarme en una silla sin que nadie me hablara, beber un buen vaso de agua fría y estar en compañía de una amiga. Una amiga que sepa respetar mi silencio. Y esa era ella.
Cuando estuvimos frente a frente le dije:
—Crees que debes seguir la relación con Ernesto.
—Sí no puedo evitar estar enamorada de él.
—Y Jorge, tu marido. ¿No estás enamorada de él?
—No lo sé. Hace tiempo que lo siento alejado de mí. Nunca está y si está ocupa su tiempo en leer o tomar sol, en fin no sé cómo sacar adelante una cosa que ya no es la misma.
—Yo no soy puritana y vos lo sabes, pero pienso que deberías blanquear la situación por tu propio bien.
—Mis sospechas acerca de Jorge son otras, porque por más que tenga sexo con alguien sentiría excitación cuando yo me acuesto desnuda o semidesnuda y aunque no lo creas ni siquiera me toca.
¿_Cuáles son tus dudas?
—Creo que le gustan los hombres y yo soy solo su apariencia frente a la sociedad.
—Estás segura de lo que decís. Le pregunté atrapada. Ella debía saber, nadie dice algo tan grave sin tener pruebas.
—No. Pero de ser así lo dejaré. Respondió de forma contundente.
Otra vez la hipocresía aparecía de parte de un marido que debía aparentar ante la sociedad una cosa destruyendo la vida de su mujer.
Luego Dolores preparó unas fotos que le habían encargado y me invitó a su casa de campo. Mirá le dije. —Estoy muy cansada de viajes y lo único que me hace falta es dormir un poco.