Más allá de los planos: Los secretos de tía Amelia Capítulo XVI
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Capítulo XVI

El viaje

Tal como lo había prometido, Ada regresó con la dirección en la mano y los pasajes de avión para quienes la acompañaríamos: mamá, Clara y yo.

A la mañana siguiente partimos con destino a Misiones.

Después de un viaje corto y cómodo, abordamos un remís y nos instalamos en un hotel de lujo, como acostumbraba Ada.

Mientras nos acomodábamos, ellas se comunicaron con un restaurante llamado «El Gran Grumete», muy cerca de donde estábamos.

Preguntaron por Juan y recibimos una nueva sorpresa: no era empleado del lugar, sino su dueño.

Había aceptado recibirnos a las cuatro de la tarde, una hora tranquila para el restaurante.

A la hora indicada fuimos a nuestra cita, ansiosas por verlo y por saber qué había sido de su vida.

Nosotras solo queríamos conocer el amor de tía, ese hombre fantástico que la había curado en tantas ocasiones y que con su valentía y tesón había cautivado su corazón.

Nos recibió un empleado y nos llevó hasta él. Paradas en la puerta de su despacho, reconoció enseguida a Ada, que fue la primera que lo saludó con un fuerte abrazo. Era un hombre de un metro setenta de estatura, de unos setenta años largos que conservaba aún su elegancia.

Al verme dijo:

—¡Eres igual a Amelia!

—¿Por qué lo dice? Pregunté

—¿Nunca te lo dijeron?

—La verdad, No.

Me presenté como Verónica a lo que él acotó —¡Tu nombre también es bello!

Parece que le recordaba mucho a tía, porque no paraba de mirarme. Sentí que el amor por ella no lo había perdido.

—¿Juan, no sé si sabe que tía Amelia falleció?

—Sí, lamentablemente lo sé.

—Ella nos dejó su casa y el misterio de su vida, cosa que queremos resolver y por eso nos atrevimos a venir.

—¿Qué es lo que saben y qué quieren saber?

—Usted vivió muchos años en la casa y estuvo enamorado de ella, según nos contó tía en unas cartas que nos costó encontrar.

—Saben que cuando yo llegué a la casa llevado por Lorenzo no sabía muy bien leer y escribir. Amelia con toda su paciencia me enseñó todo lo que sé.

Desde que la vi me enamoré. Yo era solo el cocinero y supe guardar mi lugar. Jamás la molesté con impertinencias. La respetaba como se respeta una madre.

Era el encargado de preparar la comida para las recepciones que se daban en la casa, donde concurrían muchas personas importantes.

Las fiestas eran muy seguidas cuando todo marchaba bien entre ella y Lorenzo.

Con el correr del tiempo, él se alejó. Amelia para llenar las horas de vacío se dedicó a enseñarme.

Cada siesta bajaba por las escaleras con lápiz y papel en mano y comenzaban las clases.

Yo no podía aprender las palabras que llevaban "H", por lo que le decía: Juan se escribe con "H". Ella reía mucho, y como esto lo repetía cada vez, me apodó el Sr. "H".

Comprendimos en ese instante que esa "H" era el significado de las iniciales del anillo encontrado.

Y siguió:

Aprendí con facilidad a escribir y ella me impulsó a hacerlo con mis recetas de cocina que había inventado y probado cada una junto a Amelia.

Como todo el que inventa algo lo esconde para que no roben su idea, yo particularmente tenía un lugar secreto para mis especias y las recetas.

—¿Serán estas? Pregunté.

—¿Cómo las hallaron? —preguntó sorprendido.

—Reconstruyendo la casa, en un lugar entre azulejo y azulejo.

—Les agradezco su gentileza. Esto es muy valioso para mí, precisamente era de lo que les estaba hablando, con ellas haría un libro que me lanzaría a la fama. ¡Ideas de juventud, solo ideas! Dijo con la cabeza agacha y dubitativo.

A veces uno planea una vida y le toca vivir otra, que de ninguna manera hubiese imaginado.

—Disculpe la pregunta pero, ¿alguien salió herido de esa casa?

Si ustedes me dan un tiempo para que yo pueda acomodar mis recuerdos, con gusto les contaré todo.

—Por supuesto, si usted nos dice cuando, o mejor aún le dejamos el número del hotel en el que estamos parando.

Sabíamos que nos contaría pero en ese momento, tal vez, no pudo hacerlo.

Habíamos quedado conforme por su trato amable y la paciencia que tuvo al escucharnos.

En el hotel acomodamos la ropa de las valijas en los armarios, nos duchamos y salimos de paseo por el centro de la ciudad. En una confitería muy bonita que nos había llamado la atención por la vista hacia los paisajes de la zona pedimos café. Mamá pensó bien lo que iba a decir y por fin habló:

—¿Me parece que lo asustamos cuando le preguntamos por las heridas? —No te parece Verónica.

—Creo que me equivoqué al hacer esa pregunta comprometedora.

—No importa aunque no lo crean él nos llamará y nos contará el resto. —acotó Ada.

Clara parecía molesta por alguna razón, no hablaba y su cara denotaba enojo. Al principio no le dimos importancia porque pensamos que era el cansancio, pero cuando pasaban las horas y su actitud era la misma le preguntamos:

—¿Algo te molesta que no podes cambiar la cara?

Ella trató de confundirnos con una sonrisa dibujada y unas palabras amables, pero luego de mucha presión por fin nos dijo:

Estoy cansada de que siempre te miren a vos y te hagas la inocente. Hasta en estos momentos de recuerdos hacia tía Amelia te reconocen como a ella. Dicen que heredaste su belleza. Siempre me haces sentir como un patito feo.

Sorprendida por su reacción de celos quise calmarla y consolarla, ya que no tenía idea de que todavía ella, no había perdido los celos de la niñez y le hablé:

No es mi culpa si alguien me mira o dice cosas bonitas de mí, o si me comparan con tía Amelia que orgullosa estoy de eso, pero no solo la belleza de una cara bonita es lo que deslumbra a una persona sino los sentimientos que irradias en todo momento.

Si por alguna razón te he herido perdona, pero no ha sido mi intención.

—No sé por qué te sentís así. Mi hijo te eligió a vos.

Sos la primera mujer de la que habla con pasión.

Dijo Ada y prosiguió. Mi hijo, aunque no lo creas, siempre supo que lo que había hecho su tío, lo marcaría.

Traté por todos los medios que no pensara en la tragedia, pero él insistía en hacer preguntas y buscar respuestas en lo impredecible.

Un día me dijo que no podría enamorarse por temor a sufrir la misma fatalidad.

En cambio yo no sé por qué siempre tuve la tranquilidad, que sería bendecida por algo o por alguien para que hallara su felicidad.

Hoy veo que sos vos el amor de su vida y que sí está ligado a la vida de su tío.

—Es verdad nuestro amor es apasionado. Disculpen no sé qué me pasó.

Como ya había descargado toda su cólera su enojo fue disminuyendo a tal punto que pasamos unos días agradables y cada día nos hicimos más amigas.

Una tarde mamá y Ada habían salido a comprar unos recuerdos para la familia, nosotras estábamos tiradas en las camas mirando una película de misterios, cuando golpean a la puerta. Era un mensajero que nos traía un mensaje de Juan.

Nos esperaba en su restaurante, a las ocho de la noche para cenar y hablar de tía Amelia.

Seguimos mirando la película hasta que llegaron ellas, llenas de paquetes. Habían comprado de todo; desde mates, productos artesanales y varios pulloveres tejidos a mano con hilos de seda. Estábamos a metros de las cataratas del Iguazú y el ruido de la caída de agua se oía desde el hotel.

Ada nos había traído unos anillos con piedras de amatista que eran hermosa, haciendo juego con aros y collar. Le agradecimos la gentileza y les dimos el mensaje.

Como era temprano nos arreglamos y salimos caminando hacia aquel lugar. Como de paseo y haciendo tiempo miramos todas las vidrieras que estaban a nuestro alcance.

Cuando llegamos, el mozo del lugar nos llevó a una mesa muy elegante que habían preparado especialmente para nosotras. En ella había candelabros de bronce, bajilla de cristal, cubiertos de plata. Rosas y jazmines en un centro de mesa.

Cinco eran los lugares, nos sentamos y esperamos un momento hasta que apareció Juan. Lucía espléndido. Tenía un traje azul marino con camisa y corbata haciendo juego. Era tan elegante que no parecía haber sido un simple cocinero.

Nos besó a cada una y se sentó junto a nosotras.

Enseguida el mozo nos sirvió una entrada de fiambres, y luego el plato principal.

Él dijo_ Hoy he cocinado yo, para ustedes mis queridas damas.

Quiero que me digan con sinceridad si les es grato al paladar.

Cada bocado fue para nosotras como si comiésemos comida de dioses.

Nunca a lo largo de nuestras vidas habíamos probado manjares tan exquisitos.

Luego de comer, pasando a los postres lo felicitamos por sus especialidades. Habíamos pasado por una cena tan estupenda que queríamos detener el tiempo.

Juan nos dijo que esta cena era en honor de tía Amelia ya que muchas veces se había sentado junto a ella en una mesa igualmente preparada. Quiero que ustedes vean y sientan lo mismo que había sentido ella. Prosiguió diciendo:

A veces uno hace cosas que no perjudican a nadie, para mí, el atenderla, consolarla y cuidarla se reducía mi vida. La amaba tanto que me hace mucho mal hablar de ella.

—¿Si se siente bien podría contarnos qué pasó entre ustedes? —Qué contradicción, él que decía que le hacía mal hablar de ella y yo que insistía en que se sentía bien.

—Cuando estuvieron la primera vez me preguntaron si había sido herido. Pues deben saber que sí, y por favor Ada no se enoje por lo que voy a decir, pero Lorenzo que antes casi habíamos sido amigos, había llegado a ser un monstruo. Destruyó la vida de Amelia y de su hijo.