Capítulo XV
La explicación
Néstor y Roberto continuaron con la pintura. Ese día le tocaba a la cocina. Los niños no entraban allí, de modo que los hombres se quedaron sin sus pequeños ayudantes.
Esta vez no sintieron lo mismo que el día anterior. Como había mucho por hacer, las mujeres nos sumamos al trabajo.
Mamá se subió a una silla y raspó la campana de la cocina por fuera.
Al revisar el interior encontró varios objetos que nadie recordaba haber dejado allí: un cuchillo semejante al anterior, con cabo de plata y la hoja cubierta de óxido, y una cucharita de plata, diminuta, como las que se utilizaban para el café.
No sabíamos qué significado podían haber tenido aquellos objetos para su dueño. Los limpiamos y los guardamos junto con las demás evidencias. Al comparar los cuchillos comprobamos, una vez más, que eran iguales.
Néstor limpió el mármol con un ácido y quedó impecable.
Ada hizo lo mismo con los azulejos y notó que algunos estaban flojos.
Roberto fue a buscar pegamento y nos pidió que, mientras tanto, averiguáramos cuántos eran.
Los fuimos separando uno a uno de la pared: más de diez formaban un cuadrado perfecto.
Juntamos todo, lo acomodamos en la caja y la cerramos con cinta de embalaje. De ser posible lo hallaríamos y le devolveríamos estas cosas que seguramente eran muy preciadas para Juan.
—Yo creo que acá no hubo otro cocinero más que Juan. —dijo Ada.
Mamá la secundó.
—¿Entonces él debe haber tenido algo que ver con Amelia?
—Puede ser. Son muchas los elementos, que lo delatan.
Terminadas las tareas salimos de la cocina y a mamá se le ocurrió subir al ático.
A pie puntillas subió por las escaleras como queriendo que nadie notara su ausencia. La dejamos sola mientras lavábamos el piso sucio por la pintura.
Era un día de sol, soplaba una brisa suave. Esos días hacen que uno se sienta bien y así nos sentíamos hasta que apareció mamá con lágrimas en los ojos y nos dijo:
—¡Encontré otra carta! ¡Encontré la otra! Estaba eufórica.
—¿En dónde? Preguntamos.
—Yo subí al desván y me senté en la mecedora de tía, y cuando me paré para salir del lugar se cayó el almohadón y junto con él un sobre cerrado.
—Pero ¿no estuvimos ahí el otro día?
—Sí pero si no se caía ese almohadón nunca hubiésemos encontrado esta.
—Si tenés ganas, contanos que dice —dije.
—Si esperan llegar a casa les contaré todo, más bien se las leeré.
—Bueno si esta es tu voluntad esperemos.
Recogimos todo, cerramos bien y nos retiramos lo más rápido posible.
Al llegar a casa de mamá, seguíamos en la dulce espera, que fue larga porque recién cuando se durmió Francis y el lugar quedó libre de ruidos nos llamó a la cocina, con carta en mano y la leyó.
...Rosa, querida Rosa te conozco como si fueras mi hija y sé que estás disfrutando todo y cada uno de los momentos que te he hecho vivir.
Creo que no me equivoqué al no revelarte todo de una sola vez.
Esto hubiese sido muy chocante para vos, tu familia y la familia de Lorenzo, que también sé que debes haberla encontrado, sobre todo a Ada que fue mi amiga por un tiempo cuando las cosas parecían del color de las rosas.
Debes tener un indicio de mi vida, lo que te cuente de ahora en más ya no será un secreto.
Hace muchos años me enamoré como nadie de Lorenzo, que si bien él era un estanciero yo no estaba en tan mal situación económica. Su familia no me aceptó porque no era de su misma clase social y además trabajaba en el teatro.
Lorenzo comenzó siendo valiente y dejó a su familia quien le retiró la ayuda financiera. Terminó siendo un cobarde.
El amor era atrapante y como él se enfrentó a todos por mí nunca pensé que de esta relación serían dañados todos los integrantes.
Cuando su madre lo persiguió, él tuvo que salir a trabajar.
Por supuesto tenía un buen trabajo pero que lo alejaba mucho tiempo.
Comenzó a beber cada vez más y cuando regresaba a casa los celos lo volvían loco, y me culpaba por su alejamiento de la familia.
Alcoholizado me maltrataba continuamente.
Muchos fueron golpes. Fuertes golpes sobre mi cuerpo y rostro.
Arrepentido pedía perdón y me juraba que nunca más sucedería.
Si amas tanto, sabes, que nadie te puede convencer de lo contrario, así que yo creía en sus promesas y la historia se repetía.
Pasaron unos dos años hasta que quedé embarazada de Nelson.
La felicidad me embargaba. Por fin íbamos a ser una familia.
Lorenzo se sentía bien y por un tiempo cesaron los golpes.
Cuando mi embarazo había llegado a los ocho meses recibí una golpiza tan grande, que de ahí, terminé en el sanatorio con dolores de parto.
Nació mi pequeño niño, era tan hermoso, blanco pequeñito, ojitos café.
La fatalidad azotó mi vida. A causa de estos golpes el niño tenía problemas de salud lo que lo llevó a la muerte y con él mi vida.
Lorenzo desapareció por un tiempo. Estaba sola y hundida en la depresión. No me levantaba de la cama. No comía, ni podía dormir.
Solo una persona que había curado muchas veces mis heridas, se dedicó día y noche, con mucha dulzura a consolarme y darme un poco de cariño que necesitaba más que nunca. Ese hombre era Juan. Sí como pensaste, era Juan el cocinero. Un hombre común, un empleado.
Sabés que yo no distinguía ninguna clase social y en mi juventud me dediqué a ayudar a los humildes. Quizás, haya sido esto que me llevó a renacer en amor y belleza.
Cuando regresó Lorenzo, volvieron los golpes y las palizas, y después se iba como si nada.
Una noche en que había sido golpeada brutalmente, Juan curó mis heridas. Sus ojos y los míos se juntaron en amargura y llanto y sucedió lo que tenía que pasar.
Hacía mucho que no tenía una noche de amor y Juan con sus dulces manos me acarició el cabello, a lo que yo respondí con un abrazo y seguidamente un beso. Nuestras bocas se unieron en una pasión intensa, cuando deslizó su mano por mis pechos y sentí, lo que hacía mucho: el amor volvía a mi vida.
Ya no quería ser maltratada. Lorenzo se había llevado mi corazón con la muerte de Nelson y fue Juan que me devolvió un pedacito de felicidad.
Fue una relación de amor y pasión. Una relación prohibida que no podía trascender fuera de las puertas de mi casa, pues yo aún estaba casada.
El secreto me corrompía el alma y quería gritar fuerte que lo amaba.
Lorenzo volvía de vez en cuando por la casa. Le pedía que me dejara en paz. Entonces despertó de su estado de inercia, por que me acosó más.
Le dije que amaba a otro hombre y enfurecido se retiró. No pasó mucho tiempo en que volviese a la casa cuando nos sorprendió haciendo el amor........
Y otra vez las intrigas quedaron en suspenso. Sentimos que tía no podía escribir más, hasta ahí habían llegado sus fuerzas por la trascendencia de sus revelaciones.
Comprendimos por fin, el por qué de su silencio y tal como lo había dispuesto no nos tomó tan de sorpresa.
Mamá se había puesto muy triste al igual que Ada. Nosotros en cambio habíamos sentido la pasión de un amor prohibido.
Se imaginan que en aquellos años los negros y los blancos, los ricos y los pobres no podían estar juntos. Ellos habían jugado con fuego y se habían quemado.
Roberto aseguró:
—Sin amor no se puede vivir.
—Pero ¿a qué precio? Dijimos.
—Un minuto de amor vale cualquier precio.
—Recuerdo que Juan era muy bueno y atractivo. —expresó Ada.
—tía Amelia, según cuenta debe haber vivido un calvario con el maltrato físico y mental que le ofreció Lorenzo.
—Bien decían en la estancia que Amelia le había sido infiel. Concluyó Clara. —Te acordás Verónica que Lorenzo nos dijo esto la primera vez que fuimos. Los peones deben haberlo sabido.
—Tenés razón. Hemos tenido las evidencias a la vista y no fuimos capaces de atar los cabos —respondí.
—Comprendo su silencio. Encontró un hombre que la consoló y supo amarla. Pero ¿Algo más nos falta para que todas las piezas encajen? —dijo mamá.
Y con este comentario a Ada se le ocurrió: —¿Por qué no buscamos Juan?
—Y ¿cómo sabemos si vive aún? ¿O en qué lugar exactamente de Misiones se encuentra?
—Déjenlo por mi cuenta. Yo me encargo. —aseguró Ada.
Ada dijo que iría en busca de la dirección de Juan, a casa de la hermana y cuando la tuviera en mano, viajaríamos hasta Misiones.
No sabíamos si era correcto lo que había pasado. No era cosa de todos los días. La pregunta de por qué había desaparecido nos pesaba.
Al compartir secretos nos sentimos abrumadas, pero como estábamos cerca de la verdad quisimos llegar al final.