Capítulo XIV #3
—No. Nunca nos quiso tener al lado suyo, por miedo a lastimarnos.
—¿Y tu papá, Milagros?
—Yo no tengo papá.
Dimos por finalizado el interrogatorio y los mandamos a jugar.
La carita angelical de Milagros se había puesto triste por nuestra pregunta. Hasta el momento no sabíamos que un fantasma pudiese sentir emociones como las demostradas hasta el momento. Pero así era. Esa niña estaba triste, y nosotros teníamos la culpa.
Ada, que no los había visto aún con asombro nos dijo que eso era fantástico. Acababa de conocer a su sobrino que en su vida lo había visto.
Así como se reúnen la vida y la muerte en un solo momento, Ada y Nelson se habían encontrado.
Mientras ellos estaban con nosotros se sentía frío, ¿será que los fantasmas no irradian calor por que no tienen sustancia corpórea? Y así parecía que debía ser. Un frío intenso ingresaba en nuestros huesos.
Fascinada nos agradeció por haberle hecho vivir aquella experiencia.
.Como hacía dos días que no veíamos a Dolores y había una apuesta de por medio salimos a buscarla. Lo de la apuesta era solo un pretexto. Solo queríamos saber si ella había averiguado algo. A su vez necesitaba preguntarle más acerca de su amante.
Fuimos a su laboratorio. No estaba por lo pasamos por su casa. Nos atendió su marido y nos hizo pasar.
—Hola Dolores, viene por la investigación.
—Si me esperan un minuto vamos al laboratorio.
—No hay problema. Dijimos.
Al salir nos dijo que su marido no sabía nada y como quien dice, metimos la pata. Él era doctor y como ya le dije ellos no creen en lo fantástico.
Había preparado una plantilla con todas las fotografías, una a una en orden cronológico desde la primera hasta la última.
Mamá que nos había acompañado nos pidió que volviésemos, con la excusa que creía haber dejado encendida la hornalla de la cocina.
Supuse que algo estaba pasando porque enseguida salimos y nos dirigimos a la casa de tía.
En el auto le pregunté:
—¿Me querés decir que te pasa que nos hiciste salir corriendo?
—Me parece que descubrí en dónde puede estar una de las cartas que me falta.
—Bueno, si es así, vale la pena.
Entrando, recordé que debía buscar unos papeles en lo del escribano. Fui enseguida, pero ya era tarde porque no lo encontré. Llamé por teléfono y le solicité que me atendiera. Él accedió y me propuso que los llevaría a la casa.
Incómoda por haber olvidado precisamente ésto, que era importante, lo esperé hasta que apareció y le di las disculpas del caso.
Me entregó un sobre que estaba cerrado y dirigido a mamá. No lo abrí, ya que la correspondencia ajena no se debe leer.
Mamá estaba ocupada por lo que había descubierto en las fotos de Dolores y se había encerrado en el cuarto principal.
—Mamá, yo me voy a casa. Avisé.
—Andá tranquila que yo me quedo con Ada.
Había sido, un día agotador. La búsqueda de información me había fatigado, y fui directo a recostarme y quedé dormida.
Roberto duchó a Francisco y preparó la cena y cuando todo estuvo listo me llamó.
Me sentía bien, pero no como hubiese querido. Sentía que dejaba que Roberto se ocupara mucho de Francisco y yo me desentendía de lo básico. Creo que la búsqueda y el ser consejera sentimental ocupaban todo mi tiempo. Y se lo hice saber a mi esposo:
—¿Está bien lo que estoy haciendo? Pregunté dejando ver que me sentía culpable.
—Si te referís a que soy yo el que atiendo a Francisco, te diré para tu tranquilidad que lo hago con gusto, sabes bien que durante el año no puedo hacerlo porque llego tarde.
—No es solamente eso, es que me he enterado de cuestiones que no sé si me importan. No doy consejos pero sí debo escuchar a mi hermana y Dolores que en cuestiones de amor están un poco confundidas
—¿Por qué decís eso?
—No debería contarte pero se que no me delatarás.
Dolores la noche que se quedó a cenar, el día de la apuesta me confesó que tiene un amante.
Yo no supe qué decirle. Te imaginas que no puedo decirle que está bien porque no lo siento, pero si en su matrimonio no hay amor me parece que primero debería romper la relación y luego comenzar de nuevo.
—Bueno es tu amiga. Hiciste bien en escucharle, y tu hermana por qué.
—No lo de ella no es complicado, solo que me cuenta sobre Lorenzo y yo tengo miedo que se repita la historia, pero a su vez siento que ella debe arriesgarse para ser feliz.
—Vos no sos la salvadora del mundo así que no sé por qué te haces tantos problemas.
Mamá y Ada no habían regresado. Cenamos y nos fuimos a la cama.
A la mañana siguiente el desayuno estaba sobre la mesa, y les dije a estas mujeres:
—¿Tienen alguna idea de lo que les pasó ayer?
—¿Qué nos pasó? Preguntaron sonrientes y al unísono.
—Cuando estuvieron en cama de tía parecían enajenadas del mundo y en un memento dado, levitaron.
—¿Estás segura, mija?
—Sí. Todos las vimos.
Mamá creía ciegamente en estas cosas, Ada no sé, pero le seguía la corriente. En los minutos posteriores planearon lo que debían hacer y pensaron que esto las ayudaría y cuando llegamos a casa de tía fueron directo al dormitorio. No estuvieron mucho tiempo.