Capítulo XIV #2
—Dígame. ¿En esa carta que recibió, le mencionó algún accidente o cosa que se le parezca?
—No, solo decía que estaba en perfecto estado de salud y que su vida recién había sido resuelta. Que trabajaba de cocinero en un restaurante muy elegante de la zona. Que su hijo había sido nombrado miembro de los chef internacionales.
Nos retiramos del lugar y le dimos las gracias a Ramona por haberle quitado su tiempo. Regresamos a la ciudad.
Le contamos a todos lo que habíamos averiguado, que era bastante poco, la verdad que lo único que nos había quedado era el impacto de la fotografía.
Mamá recordó que una vez lo había visto, y estuvo de acuerdo con nosotros.
Papá decía que él cocinaba como los dioses y que preparaba unas exquisiteces que nunca volvió a probar.
—Mamá, decime, ¿no podrás recordar algunas fechas que nos ubiquen en el tiempo?
—No-hija yo era chica pero si sacamos cuentas a lo mejor entre todos lo logramos.
—No se olviden que era época de guerra. —dijo Ada.
—Pero cuál. La del 14 o la del 30.
—Creo que entre estas fechas debemos buscar.
—¿Pero qué buscamos?
—Tenés razón ¿qué buscamos si no sabemos qué?
—Si pensamos un poco, sabemos que él no está muerto o al menos hasta hace algunos años.
—¿Pero qué relación habría entre él y tía?
—No sé. —respondió mamá.
—¿No habrán tenido otro cocinero en la casa y estamos deteniéndonos en pistas falsas?
—Puede ser.
El perfume del jazmín invadió la sala y Ada siguió el olor y llegó al fondo, es decir al patio. Cortó algunas flores y las trajo a la sala. Colocamos agua en un florero y las pusimos por encima de la mesita.
Como nosotros, ella se dio cuenta que el jazmín era igual al de la estancia y supuso que lo deben haber traído de allí.
—Es la única planta que vive en el jardín —dije.
—Desde que yo fui a la estancia, me acuerdo de haberlo visto allí y sigue vivo.
—Yo cuando entramos aquí arranqué los yuyos y planté césped y algunas flores y todavía no he visto que aparezcan —dije.
—Seguramente la tierra es infértil.
Fuimos al patio y nos pusimos a sacar algunas ramitas secas. Estábamos en la pared paralela a la puerta de la cocina, cuando de repente vimos una figura entre los vidrios y alerté a Ada. Ella miró y dijo:
—¡Es Lorenzo! ¡Es Lorenzo!
—No te asustes le dije. Es solo un fantasma.
Corrió hacia la puerta y en el momento desapareció.
Fui detrás de ella, la tomé del brazo y subimos las escaleras hasta la sala.
Le pedí que se tranquilizara y le traje un vaso con agua.
Las lágrimas corrieron por sus mejillas.
De su cartera sacó un pañuelo con el que se tapó los ojos.
La dejé tranquila por un momento hasta que pudo hablar.
—Creo que en mi vida había visto algo semejante y te puedo asegurar que debo estar bien del corazón porque, esto te pude llevar a la muerte.
—Siente mi corazón; galopa.
Puse mi mano en su pecho y realmente estaba acelerado. Tuve que alertarla sobre Nelson y Milagros por las dudas...
Como no se reponía tuve que llamar a mamá que con unas palabras y un buen abrazo la tranquilizó.
La llevó a la habitación de tía, y le pidió que se acostase en la cama y descansara un rato.
Mi madre la acompañaba y Ada se quedó dormida.
Mamá, se tiró a su lado y fijamente miró el techo.
Estaba alto y las pinturas en él, las que hacía pocos días habían sido retocadas, lucían como nuevas.
Desde el lugar y mirando a un punto fijo descubrió que unas rosas en ramos se confundían entre jazmines, haciendo un círculo.
En la mitad dos ángeles y en el centro de donde colgaba la araña más rosas y jazmines.
Más fijamente miraba, los ángeles parecían cobrar vida como en una figura tridimensional.
Fue cuando Ada despertó y ambas quedaron por largo rato tendidas mirando el techo.
Debe haber sido allí que se elevaron hacia el infinito y sus cuerpos inertes comenzaron a levitar unos centímetros de la cama. Pasados unos minutos el sonido del celular de Ada hizo que volviesen al mundo real. Era su hijo que quería saber de ella.
Desde el punto de vista de los hombres las cosas que no tienen explicaciones científicas no existen, para nosotros que habíamos comprobado lo contrario sí. Éramos muchos los que veíamos las cosas, es decir los fantasmas. Por contagio no era.
—Lo vi a Lorenzo. Era él, joven y enojado, más bien furioso. Dijo Ada con voz apresurada y sin pausas. Estaba en shok.
—¿Estás segura de que es quien decís? Quería asegurarse mi madre.
—Sí. Mirá su fotografía. Le indicó enseñándole la misma. Mirá bien y decime si no se ve igual.
—Ahora sabía que realmente lo había visto.
—Entonces la maldición lo atrapó también a él. Dijo mamá como si este fuera una de las cuestiones más importantes.
¡Por algo estaba ahí!
Este fue el diálogo entre mamá y Ada.
Nuestras mentes trabajaban a mil, Cada idea iba enganchada con otra y concluimos en que el hombre de que hablaban esos niños era Lorenzo.
¿Por qué los trataba mal? ¿Por qué no los dejaba en la cocina? ¿Por qué le temían?
En este caso solo nos convenía recurrir al interlocutor que era Francisco y como donde estaba él estaban ellos, los llamamos a la sala y nos sentamos alrededor.
Estábamos todos, inclusive Ada, sentados alrededor de la mesita cuando preguntamos a Francis:
—¿Sabes algo de tus amigos?
—Mamá. No los ves están jugando.
—Sí pero quiero preguntarles, si conocen a Lorenzo.
—Sí. —respondió Nelson.
Esa fue la primera vez que pudimos escucharlo.
—¿Quién es?
—Es mi papá.
—¿Por qué está enojado?
—No está enojado con nosotros.
—¿Y con quién entonces?
—Está furioso por algo que hizo mal y no lo puede remediar.
—¿Ustedes saben qué es?