Más allá de los planos: Los secretos de tía Amelia Capítulo XIV
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Capítulo XIV

El cocinero

Cuando terminamos de arreglar la sala, devolvimos cada cosa a su lugar y mandamos a buscar el cuadro que habíamos llevado a restaurar.

El propio Alberto llegó para darnos explicaciones. Las manchas no habían cedido ante ningún producto, ni siquiera ante aquel que había mandado pedir a Italia. Nunca le había ocurrido algo semejante y se sentía culpable por no haber podido cumplir su trabajo. Por esa razón, no quiso cobrarnos nada.

Colgamos el cuadro en el mismo lugar y la sala recuperó por fin parte de su antigua belleza. De la caja fuerte casi nos habíamos olvidado. Si no podíamos hacer nada con ella, preferíamos fingir que no existía.

Después seguimos con la habitación de tía, quizá el lugar más íntimo de toda la casa porque allí permanecían sus pertenencias.

Corrimos el ropero, el botinero y la cómoda y los cubrimos.

Néstor lijó la pared; la humedad había quedado atrapada en ella y una mancha enorme la afeaba.

Llamamos a un albañil para que revisara el sector.

—¿Yo creo que deberían ver lo que hay acá atrás?

Fuimos enseguida y nos encontramos con un baúl cerrado. Unas manchas rojas que salpicaban la pared, y un cuchillo.

Pedimos ayuda al trabajador para levantar el baúl y traerlo hasta el centro del dormitorio.

Allí buscamos un manojo de llaves que habíamos visto en la mesita de luz.

Probamos una a una hasta que dimos con la indicada.

Abierto ya, levantamos la tapa y encontramos unos uniformes de cocinero un gorro, un delantal.

Eran blancos pero estaban amarillos por el tiempo que llevaban sin tomar aire.

Más abajo, unos zapatos, pantalones de menor calidad que los encontrados en el ropero de tía y algunas camisas.

Entre ropa y ropa un anillo de oro, como una sortija y por dentro grabadas las iniciales A.

H.”A" podía ser Amelia, pero "H"; no sabíamos de la existencia en esta historia de un nombre con H.

En el cuchillo, arruinado por el óxido que lo tapaba, notamos que había manchas que deben haber sido de sangre, como en la pared.

¿Qué otro misterio nos esperaba? ¿A quién pertenecía el cuchillo y la sangre? ¿Habría muerto alguien en aquel lugar?

Muchas preguntas para pocas respuestas.

La sangre quedó detrás de varias manos de pintura, no se notaba, pero en el piso lo que estaba manchado decidimos taparlo con los muebles.

Así continuamos con cada pared de la habitación y menos mal no encontramos más paredes dobles.

Celosamente guardamos los elementos encontrados. En la cocina, había mucho espacio y nadie la ocupaba.

En ese momento, luego de mucho meditar quisimos que esto no trascendiera las puertas de aquella casa, por si alguien había sido asesinado.

No sé si queríamos seguir adelante. Lo cierto es que como siempre encontrábamos algo para sumar evidencias, el bichito de la curiosidad nos picaba cada vez más fuerte.

Tratamos de hacernos los distraídos. No demostrábamos la ansiedad de los descubrimientos.

El teléfono de la casa sonó. Era Ada que nos quería saludar y saber de nuestra investigación. Le dijimos que no teníamos novedades y le preguntamos si ella sabía quiénes habitaron el lugar. A lo que respondió: —Con seguridad Amelia, Lorenzo y uno o dos criados que llevó desde la estancia._

Ningún dato parecía tener relevancia pero recordamos que la vestimenta indicaba que había un cocinero. La memoria se despertó y nos acordamos cuando Ada, nos dijo que desde la Estancia, Lorenzo, había llevado un cocinero para que Amelia no tuviera trabajo.

¿Sería él, quien fue herido? ¿O muerto, quizás?

Un gran interrogante se sumaba a los anteriores y salimos en busca de algún nombre que nos despejara el camino.

La única que podía ayudarnos en ésto, era Ada, pero cómo hacer para que nos dijera algo, sin contarle lo encontrado.

Armamos una historia para saber qué decir y como decirlo. La que se atrevió fue Clara quien osadamente y sin contar ni dar explicaciones le preguntó por teléfono:

—¿Me podrías dar, si lo sabes, el nombre del cocinero que Lorenzo trajo a casa de tía? Ahora ella se sentía de la familia.

—Mira, en este momento no recuerdo bien pero dame una hora que averiguo con el personal si alguien se acuerda.

Así en una hora no nos llamó por teléfono, sino que presintiendo lo que pasaba, en una hora y media estaba en la puerta de casa de tía.

La atendimos como se atiende una dama. Le mostramos la casa que ella conocía bien y sin dejar pasar le preguntamos:

—¿Indagaste algo de lo que te pedimos?

—Sí, su nombre era Emilio Juan Bautista, el cocinero preferido de Lorenzo.

—¿Estás segura del nombre? Insistimos.

—Mirá, en la estancia aún vive su hermana que está algo vieja.

—¿Entonces podés contarnos algo de él?

—Bueno. Juan, era hijo del cocinero principal de la estancia.

En esa familia eran todos cocineros o ayudantes de cocina.

Era más o menos de la misma edad de mi cuñado, así que crecieron juntos porque sus padres trabajaban en la casa.

Por esa amistad es que decidió traerlo a lo de tu tía, eran personas de confianza en el lugar.

Lo que nos había desconcertado era el nombre, no sería la misma persona que la dueña del anillo. Además recordé que ella no tenía que averiguar el nombre porque en la estancia lo había mencionado. Esto era una excusa para sumarse a nuestra búsqueda de la verdad.

Ella que sabía o presentía lo que estaba pasando preguntó:

—¿Si alguien me cuenta lo que pasó, a lo mejor puedo ayudarlos?

Estas cosas uno no sabe si contarlas o no. No sabíamos cómo tomaría ella estas cosas tan misteriosas. Luego de un silencio profundo mamá nos dijo que una cosa así no afectaría la integridad de nadie.

Le mostramos entonces lo encontrado, para que ella sacara sus propias conclusiones.

Luego de mirar minuciosamente cada uno de los objetos hallados, nos preguntó de dónde lo habíamos sacado. Le mostramos el lugar y le contamos lo de las manchas de la pared y todo lo sucedido.

Asombrada no dijo palabras, solo movió su cabeza. Al ver el anillo, tampoco supo que decir. No tenía respuestas al igual que nosotros.

—¿Si querés te llevo a hablar con la hermana de Juan?

—Creo que es lo mejor. Por ahora es la única pista.

—A lo mejor ella sabe donde vive.

—Sí, pero hoy, te quedás con nosotras que yo prepararé unas ricas empanadas y una torta de chocolate.

—Mirá, tus hijas hablaron tanto de tus artes culinarios que no me puedo ir sin probar algo.

Con lo prometido por Ada fuimos a casa. Mamá preparó la comida.

Nos sentamos a la mesa y al ver estas delicias continuamos hablando de los cocineros.

Cocineros como sinónimos de comida. Así llegamos al tema tan controvertido, cuando la incógnita era saber si alguien había visto a Juan en el transcurso de los años siguientes a la muerte de Lorenzo.

Ada nos afirmó que su hermana, la de Juan, nos podría dar esa información y si nosotros la queríamos acompañar, por la mañana temprano partiríamos hacia la estancia.

Clara y yo acompañaríamos a Ada, mientras que Roberto, Néstor y mamá seguirían con los arreglos del caserón. Mi hermana era la primera dispuesta, no perdería oportunidad de ver a su amor.

De camino a la estancia, mientras Ada manejada, le dijo sonriente a Clara:

—No quise hablar delante de tu madre, pero Lorenzo me comentó lo de ustedes. Quiero que sepas que estoy totalmente de acuerdo con esta relación.

—Para mí es importante su aprobación, pero también me juré a mi misma que suceda lo que suceda, no dejaría que lo arrancasen de mi lado.

Ella fue totalmente sincera y Ada le agradeció. El resto del viaje fue de conversaciones banales.

En "La Trinidad", directamente nos dirigimos hasta la vivienda de Ramona que había salido hacia el pueblo a comprar unos remedios.

Tuvimos que esperarla, mientras tanto su hija nos dejó entrar y nos convidó con mate amargo y unos pastelitos deliciosos.

Le preguntamos por Juan, su tío. Ella se puso tensa como si algo le molestara.

Sus facciones habían cambiado de una manera extraña, hasta su cabello se había crispado más de lo que ya tenía.

Fue cuando le dijimos que no se preocupara por lo que pensara, pero nosotros debíamos saber sobre él.

Por fin llegó su madre. Tez morena, las canas no dejaban rastros de su cabello negro azabache. Su cara había sufrido el desgaste del tiempo y las arrugas desdibujaban sus facciones. Al ver que Ada con nosotros, nos atendió muy bien, y como buen empleado, le preguntó por la familia.

—¿Qué necesitan? Preguntó como si se tratara de una orden del amo.

—¿Nosotros venimos a saber de su hermano?

—¿Cuál de todos?

—Precisamente de Juan.

Su rostro entristeció. Sus manos transpiraron. Se sentó al rededor de la mesa y averiguó:

—¿Qué quieren saber?

—Todo.

—Bueno, Juan era un niño muy bueno y obediente, desde chico.

Aprendió bien el arte de cocinar. Le gustaba mezclar sabores y colores.

Creo que hubiese sido alguien más si Lorenzo no lo hubiese llevado con él.

Eran épocas difíciles para nosotros lo pobres, la guerra se había llevado todo incluso la materia prima y el trabajo.

En la estancia estaban reduciendo el personal y al niño Lorenzo se le ocurrió llevarlo a trabajar para él.

Desde ese momento perdí toda comunicación con Juan.

No volvimos a saber de él hasta que hace un par de años nos escribió desde la provincia de Misiones.

—¿No tendrá alguna foto para mostrarnos? Pregunté

—Sofía, busca en la caja y tráeles las fotos de él. Ordenó a su hija.

—¿Era buen mozo?

—Era muy buen mozo. Dijo su hermana y prosiguió. Nuestra madre no era como nosotros, ella era más blanca y él, heredó su hermosura.

Realmente era buen mozo. En esas fotos viejas se veía su cara fina, nariz recta no muy pequeña, los ojos grandes y tupidas cejas. El cabello peinado hacia atrás, ondeado. Buen cuerpo y altura y una sonrisa única.

Aunque no era del todo blanco, en aquella foto parecía un galán de cine.