Más allá de los planos: Los secretos de tía Amelia Capítulo XIII #3
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Capítulo XIII #3

Él tenía razón. No todos los amores son iguales, pero la preocupación de mi madre era la de cualquiera que no pueda combatir las luchas ajenas y sabiendo que había una maldición sobre la casa de tía, ella quería tener la tranquilidad que esto no fuera más que una seguidilla de pasiones desgraciadas.

Clara había quedado pasmada. Su cara confesaba lo que sentía, pero su mirada correspondía a la de una adolescente enamorada. De adolescente ya poco le quedaba, más aún pasaba los treinta.

Con las palabras, Lorenzo seguía demostrando su amor.

Solo a ella le faltaba la definición final.

Creo que no era el momento de pensar demasiado.

Pasando los treinta se hace difícil formar una familia, más si quería tener hijos.

Las palabras de ella comenzaron a salir de su boca con un tono ronco. Pienso que había perdido el habla.

Verónica sabía lo nuestro. Creo que puede dar fe.

Nos vio la primera vez. Dijo asustada y prosiguió.

Cada paso que he dado han sido pensando en los fracasos tuyos, mamá.

Esta vez me arriesgaré sin pensarlo, el amor está, lo demás se verá a su debido tiempo.

Además que más puedo perder, nunca había sentido un amor tan intenso, que me llega desde adentro como si fuera de mi corazón.

Cuando lo veo siento que mi corazón late fuertemente como si quisiera avisarme lo que sucede.

—No dejes pasar la oportunidad de ser feliz. Arriésgate por tu hombre. Dije sintiéndome una consejera sentimental. Ahora todas llegaban a hacerme confidencias como mi amiga Dolores.

Así quedaron las cosas esa mañana.

Fuimos como de paseo a la casa, ya que el padre cura había quedado en pasar en cualquier momento. Disfrutamos de cada rincón y sentimos la paz como quien siente que su cuerpo no le pesa. Que vuela sin volar o se eleva en el aire sin levitar.

Por primera vez experimentamos el sentimiento de amor por la casa. Hasta el momento no lo habíamos tomado como si fuera de nosotros, más bien de mi madre.

Con Roberto fuimos a la pinturería, mandados por mami, en busca de elementos para pintar y refaccionar la casa. Había que sacar partes del papel que estaba en las paredes. Compramos pintura para interiores, rodillos, pinceles y pinceletas.

Habremos demorado poco tiempo pero el suficiente para que llegara la persona a quien esperábamos. Solo estaba mamá. Lo atendió como ella sabía hacerlo. Le ofreció té que aceptó con gusto, y se sentaron a hablar de lo que pasaba en el lugar.

El padre se sorprendió mucho de los cuentos de mi madre pero a la vez no quiso hacer comentarios al respecto. Ella no mencionó los fantasmas, en todo caso si él los veía mejor.

Llegamos justo cuando se disponía a bendecir la casa.

Tomó el agua bendita y con oraciones breves dejaba caer unas cuantas gotas en los rincones.

Estuvimos presentes y vimos cómo se estremeció hasta que unas gotas de sudor le corrían por la frente.

Fue entonces cuando nos avisó que no nos extrañáramos de lo que sucedía.

Él sentía, una fuerza muy extraña, que no podía describir.

Tampoco sabía que era. Terminó diciéndonos que no temiéramos a nada ni a nadie ya que Dios nos protegería de todo.

Lo despedimos y seguimos con las tareas.

Acomodamos las cosas de la sala en un rincón, tapamos con telas los sillones y todo lo que pudiera rayar y comenzamos a lijar las paredes.

Eran blancas y como no queríamos cambiar los colores pintamos igual.

Las brochas subían y bajaban, Francis con un gorrito de papel de diario cubriendo su cabello, pintaba con un rodillo de los que se usan para ventanas.

En un momento comenzó con sus brazos a salpicar hacia arriba, abajo y en cualquier dirección.

Roberto le llamó la atención, y él dice que no es él que eran sus amigos que se reían y querían pintar.

En ese momento Roberto, que no era muy despierto para esto, puso dos baldecitos más con pintura creyendo que no pasaría nada.

Lo sorprendente fue ver los rodillos deslizarse por las paredes sin ninguna mano que los dirigiera.

Estupefactos por la sorpresa, atinamos a mirarnos entre nosotros y vimos como Francis disfrutaba del momento con sus amigos fantasmas.

Ahora sí que nosotros realmente habíamos comprobado su existencia.

Comenzamos a dirigirnos a ellos como si fueran nuestros hijos, los hablábamos, los retábamos y cosas así.

Parece que el creer ciegamente en ellos fue la clave para que los pudiéramos ver.

Nos deleitaron con sus juegos, travesuras, y ocurrencia de niños.

Para nosotros fue fabuloso ver lo que pocas personas pueden en su vida.

Era una experiencia única y especial. Ellos se veían siempre sonrientes y tenían una energía que pocos humanos tienen.

Solo que no entraban a la cocina lo que despertó nuestra curiosidad.

Varias veces los mandábamos y ellos se negaban con la cabeza o desaparecían de nuestra vista.

Como no podíamos comunicarnos por medio de las palabras teníamos que usar a nuestro hijo como interlocutor, como lo hicimos la primera vez.

Ellos no tenían voz o al menos no los escuchábamos y por momentos perdían la comunicación con Francis.