Más allá de los planos: Los secretos de tía Amelia Capítulo XIII
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Capítulo XIII

El ático

Era tiempo de regresar y Lorenzo todavía no había hecho pública su relación con Clara. La pregunta apareció sola, inevitable: ¿se repetiría la historia?

Roberto perdonó mi mal proceder y la reconciliación tuvo ese sabor intenso de las cosas que casi se pierden. Me miró con seriedad y dijo:

—Nunca, pero nunca, vuelvas a decirme lo que me dijiste ayer. Esa será la última vez que me veas. Te juro que no voy a perdonarlo. ¿Qué pensaste que soy?

—Tenés razón. Me dejé llevar por los celos y por la sensación de que hacía demasiado tiempo que no vivíamos un momento tan apasionado como el que tuve delante de mis ojos.

—No me interesa por qué fue. Solo sé que nunca te engañé y no pienso hacerlo ahora. Estás loca. Jamás imaginé que pudieras decirme algo semejante.

—Está bien te pido perdón por lo que dije.

La reconciliación había sido buena pero yo sentía que había arruinado el viaje. Ahora era tarde, ya era el momento de regresar.

Invitamos a Ada y a su hijo a nuestra casa y nos despedimos hasta pronto como lo hacen los buenos amigos.

De regreso en la ciudad decidimos pasar por el cementerio y dejar unas flores en la tumba de Lorenzo, a lo mejor nos ayudaría a sacar la maldición de la casa y quedaría todo en el olvido.

Decidimos buscar a un padre de una iglesia católica para que bendiga la casa, quien no tuvo problemas y nos respondió que iría cuando terminara con las tareas de la capilla.

Primero fuimos a descansar, a ducharnos y a ver si casa de mamá estaba en orden. Después nos pusimos en marcha hacia la casa de tía.

Abrimos la puerta, y delante de nuestros ojos apareció como por arte de magia una llave que no supimos de donde era. Pensamos en la caja fuerte, pero resultó negativo, así que probamos en cada puerta y cada mueble que encontrábamos hasta que por fin descubrimos que era del ático.

En este lugar no se nos había ocurrido buscar nada por que nada había, solo unas mesas y sillas viejas y unas cajas vacías al lado de la ventana.

Desde allí miramos hacia la calle. Vimos a las personas que pasaban.

Entre la tierra del vidrio y la altura que no era mucha nos dimos cuenta de las veces que debe haber mirado por aquella ventana esperando la llegada de Lorenzo o alguno de su familia o que sucediera un milagro.

Una mecedora de esterilla estaba frente a ella, bien ubicada y sobre los bordes de la ventana grabado "Lorenzo" con algún elemento punzante.

Revisamos el ático atentamente y encontramos debajo de una de las maderas unos papeles en donde figuraba como dueña de la casa y una nota que decía:

"A mi amada. Tan bella y tan querida. Este es tu regalo más preciado, un nido en donde podamos ser felices, como lo son los pájaros en la estancia, donde hacen su nido para esperar a sus pichones".

Parece haber sido muy preciada aquella nota para tía por que el papel estaba ajado casi roto y bien amarillento y manchado por la transpiración de las manos.

Ahora pienso que esa nota la leería seguido porque no podría creer lo que le había hecho Lorenzo. Le había prometido amor eterno y no supo cómo brindarlo.

Mamá se sentó en la mecedora y nos sacó a todos del lugar, pidió silencio y por varias horas quedó en él.

Mientras tanto Roberto, Francis y yo nos fuimos a recostar en la cama de tía.

Cansados por el viaje nos quedamos dormidos.

No había ruidos. Todo parecía tranquilo hasta que la puerta de la cocina rechinó con fuerza, fue entonces cuando nos despertamos y fuimos a ver.

Pensamos que era mi madre y encendimos la luz, el foco explotó, y como era tipo sótano y la luz del día estaba tenue por que era de tardecita la oscuridad nos alejó de allí.

Tenebrosos fuimos en busca de otra lámpara y Roberto la colocó. Encendida la luz bajamos y por primera vez vimos al hombre, era un fantasma, era Lorenzo.

Roberto empalideció. La transpiración brotó de golpe y recorría su cara.

Grité con fuerzas llamando a Néstor, que corriendo apareció, Clara detrás de él.

Nosotros, duros, sin mover un músculo, pálidos y en un solo temblor, no decíamos palabras.

Néstor me sacudía y Clara a Roberto, hasta que no sé si yo o él dijo: mirá. Mira.

—¿Qué miro?

—Mira ¡Lorenzo!

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Néstor.

—Que mires el fantasma de Lorenzo. Repetí casi sin voz

—Yo no veo nada ¿Vos Clara?

—Yo tampoco. Pero ¿A dónde?

—Contra la puerta del fondo.

Miraron y miraron pero que el fantasma había desaparecido porque no lo vieron, y de yapa pensaron que esto nos estaba afectando. Ya no bastaba con los niños que veían a Francis sino que también nosotros agregábamos más problemas.

Enojados les dijimos:

—¿Qué problemas? ¿Ustedes sabían bien que había un hombre en la casa?

—Eso lo dijo el chanta, vidente que trajimos la primera vez y pensé que era una mentira. Comentó Néstor queriendo demostrar que tenía razón

—Tenés la prueba de que está. Dije señalando hacia la puerta.

—Bueno les creo, pero la próxima vez no griten así, me van a matar de un susto.

Sacudidos por el encuentro nos sentamos en el living. Quedamos tirados en los sillones de pana, cuando apareció mamá que como se había quedado dormida en la mecedora del altillo, no había escuchado nada.

Con un ataque de risa Néstor la informó del fantasma, que se debe haber enfurecido porque nuevamente se empezaron a mover los objetos, sobre todo el que estaba por encima de nosotros la araña.

En ese momento mi hermano dejó de reírse y con una seriedad que no le conocíamos cesaron los movimientos. Ahora el que estaba pálido era él.

Con grandes carcajadas por lo ocurrido, terminamos el día y parece no haber enfurecido más al fantasma porque no volvieron a moverse las cosas.

En casa de mamá preparamos la cena. Les tocaba la cocina a los hombres, que salieron de compras al almacén de la otra esquina y nos quedamos solas. Llegó Dolores y nos dispusimos a tomar unos mates cuando nos preguntó:

—¿Vieron un fantasma?

—¿Cómo lo supiste? Consulté.

—Era broma, ¿es broma no? Preguntó mirándonos con asombro a una y otra totalmente desconcertada.

—Vimos a Lorenzo y te puedo asegurar que nos llevamos un susto de aquellos, imagínate que Roberto es hombre y quedó pálido como un papelito.

—Te juro que era broma. Si lo hubiese sabido no les preguntaba.

Pero mi amiga no había venido a hablar solo de fantasmas, sino que se notaba que había algo que quería decirme. Le hice una seña que indicaba que debía salir al jardín, y ella acostumbrada a estas cuando éramos adolescentes entendió y haciéndose la tonta dijo:

—¡Qué calor hace acá!, Por qué no me acompañas al jardín a tomar aire fresco.

—Bueno, salgamos de acá.

Lo que no recordamos es que mi hermana siempre me seguía y esta vez también y no pudimos hablar.

Le contamos también lo de las risas y esto quedó para la historia. Porque nos reímos de nosotros mismos. Pero más nos reíamos de haber sido tan poco crédulos. De ver unas figuras fantasmales, es decir espectros por medio de las fotografías, pasamos a ver fantasmas verdaderos.

Ahora pienso que el haber estado en la estancia y encontrar la carta que le dejó a tía, debió haber removido quien sabe qué cuestiones del más allá.

Los días pasaban y el tiempo que habíamos programado se había alargado dos semanas y todavía no nos alcanzaba con lo que habíamos descubierto para terminar de armar la historia de tía.

Todos tuvieron sacar unos días más de vacaciones u ocupar algunas licencias en los trabajos. Estábamos tan metidos en esto que no podíamos dejarlo por la mitad, a parte la curiosidad podía más que cualquier cosa.

La búsqueda se alargaba y nosotros cada vez teníamos más fuerza. Dolores pensó en una razón para todos estos misterios pero no nos informó. Era muy inteligente y le gustaba desenredar acertijos así que nos dijo:

—Por qué no me traen las cosas encontradas que yo armaré el rompe cabezas.

—Bueno pero creo que no encontrarás más que nosotros.

—¿Hacemos una apuesta? Propuso

—Bueno, $100 a que no.

En eso llegaron los hombres con comida preparada que habían comprado en una rotisería, alegando que el almacén estaba cerrado.

Pusimos la mesa e invitamos a Dolores a cenar. Les comentamos la apuesta a ellos y sonriendo nos dijeron:

—Van a tener que pagar porque ella es muy buena detective.

—Mira si resuelve este misterio no me va a costar nada pagar. Las trabas que tenemos son tantas y lo que nos falta por descubrir más, así que toda información bienvenida sea.

Tomamos un café y comimos la famosa torta de chocolate de mamá, que no sé en que tiempo preparó.

Mamá estaba como choqueada, no hablaba mucho, entonces intuimos que todo esto la estaba afectando.

Entonces le sugerimos que dejara un poco de desafiar a su inteligencia y su fe.

Que si tía decía que ella encontraría las respuestas, seguro sería así.

Todo a su debido tiempo, le dijimos. Solo llegará el día en que encontremos las soluciones a los problemas y si por el amor que ella había sentido por nuestros respectivos padres, supiese entender el amor de tía, a juzgar por las evidencias, no le había ido muy bien en su historia de amor.

Ella pensó, proyectaba mucho lo que debía hacer y justificaba su estado de ánimo diciendo que soportaba todo, menos las muertes trágicas en su familia, es decir la de Lorenzo...

—Mamá, ¿no te parece que eras muy chica en aquellos años cuando sucedió?

—Sí, pero mis abuelos que parecían tan buenos ¿por qué no evitaron el dolor de Amelia?

—Eso es otra incógnita. Creo que si tu padre viviese en este momento, nos habría contado. Han cambiado los tiempos y nada es tan grave, tal vez este sea el momento de sacar a la luz la historia que en definitiva no entiendo por qué la han ocultado. Yo misma me enredaba en lo que decía.

—¡Quién sabe! En algunos aspectos nunca lo entendí. Chocábamos mucho, él era muy conservador y yo todo lo contrario.

—¿En tu casa, si haces memoria tal vez oíste algo que nos pueda ayudar?

Acompañé a dolores al coche, para quedarnos sola y me senté en el lado del acompañante. Ella me confesó: