Capítulo XII #2
Estaba herida en mi corazón por el golpe de Roberto, y a su vez me sentía muy culpable por lo que le había dicho.
No sabía como arreglar la situación. En esa posición permanecí un largo rato.
De repente sentí pasos a mi derecha. Venían de la sala que quedaba justo al lado.
Me paré de la banqueta y fui hacia ellos.
Revisé el lugar sin ver a nadie. Volví a mi lugar y nuevamente los oí.
Esta vez venían de la galería. Apresuré mi marcha y al abrir la puerta me encontré con ellos.
Algo me decía que era mi hermana. Al verme quedaron paralizados.
Sus caras delataban asombro. Como nadie rompía el hielo lo hice yo:
—¿De donde vienen? Pregunté con tono picaresco.
—Es que me levanté temprano y Lorenzo se ofreció para mostrarme el amanecer desde lo alto del mirador.
Me dio rabia la mentira yo sabía todo, y ella me quería tomar por estúpida. —No me digas, yo estoy acá desde la cinco de la mañana y no te vi. Además llevas la misma ropa que anoche. ¿No te parece que las mentiras tienen patas cortas?
—Tenés razón, pero creo que no es el momento. Después te cuento.
Lorenzo que no se había movido y solo su vista se dirigían a mí o a mi hermana según hablábamos, colocó sus manos haciendo un gesto y dijo:
—¿No te parece Verónica que tu hermana es bastante grandecita como para tener que darte explicaciones?
—Sí, lo es. Pero nada justifica el engaño. Ayer los vi en la pérgola del jazmín cuando la besabas y creo que es justo que al menos me digan qué es lo que está pasando con ustedes. Respondí esperando que me contaran.
Vengan dijo Lorenzo II señalando la mesa. Él puso la pava en el fuego para preparar mate y luego se sentó y comenzó a hablar:
—Cuando las vi por primera vez, sentí una atracción hacia Clara.
No sabía el motivo, ni que existiría la ocasión de decírselo.
Ayer no fue por casualidad que las alcanzara cerca del arroyo.
Estaba admirando la belleza interna y externa de tu hermana.
¡Estoy enamorado! Entendés. Nunca haría nada que dañara a nadie.
Ella tiene todo lo que quiero de una mujer, y si esto te molesta hablá ahora, no quiero tener problemas con tu familia pero Clara ya es mi pareja.
En ese momento me di cuenta que estaba interfiriendo con un amor. Lejos de mí permanecía el deseo de romper la pareja, más aún cuando recordaba lo de tía Amelia. Por otro lado con este recuerdo entre las familias, sentí miedo. Entonces les dije:
—No estoy en contra de su amor. Y mirándola a los ojos le pregunté —Clara, ¿Estás segura de tus sentimientos?
—Sí. Aunque te parezca raro yo nunca experimenté este sentimiento. Con Alberto todo había terminado antes de viajar. A mí me pasó lo mismo que Lorenzo, te acordás cuando vinimos por primera vez a la estancia, bueno, él me impactó.
—Espero que esta estancia sea quien bendiga este amor. Sugerí. ¿Me imagino que la familia deberá saber de ustedes? Propuse.
—Todo a su debido tiempo. Cuando sea el momento yo te lo haré saber. Confirmó el hombre.
Tal vez no lo veía como hombre sino como el sobrino dé... En ese sentido y con las cosas que habían sucedido temía que mi hermana terminase herida.
—Ustedes todavía no se van. Yo prepararé el terreno y luego sí. Todo será como lo dispongan.
Lorenzo se retiró de la cocina, quedamos solas, entonces ella se abrió y me contó:
—No tenés idea cómo me siento. La verdad no sé si deba contarte esto.
Me muero de vergüenza. Anoche, cuando salimos de la casa, luego de la cena, caminamos sin hablar, que no fueron necesarias, porque en lo más hondo de mi ser lo sentía.
Era una sensación rara, nervios, miedo, sudación, y creo que tenía todos los sentidos potenciados.
Mis manos transpiraban y a su vez sin unirlas a las de él, sentía que lo acariciaba.
Así recorrimos un sendero por detrás de la casa, hasta que llegamos hasta las hileras de pinos cerca de la cuadra y los galpones.
Ahí nos sentamos sobre la grama, y por fin tomó mi mano.
Las palabras estaban de más y quedamos contemplando el cielo.
No sé cuanto tiempo pasó, pero me olvidé del mundo.
Una pasión intensa me oprimía el pecho. Después me miró, acercó la cabeza hacia mí, y sentí su respiración.
Lentamente arrimó los labios hasta mi boca y me besó apasionadamente.
Sus manos tomaron mi cuello. ¡Eran tan suaves!
, Que lo dejé, pero el se paró y me invitó a seguir.
Entramos en el galpón donde están los fardos de alfalfa y heno, quedamos tendidos.
Sus caricias me estremecían cada vez más.
Comenzaban por mi cara, bajaban por el cuello, y se metían dentro de mi camisa.
Los botones se fueron desprendiendo de apoco, quedé al descubierto y no sentí pudor.
Mis partes íntimas estaban húmedas y sentía un placer inmenso.
Desprendió el botón del jeen que fue bajando lentamente. Y sucedió.
-¿Hiciste el amor con él? Era obvio, entonces dije. Te aseguro que es tu hombre, no dejes que nada ni nadie te diga lo contrario.
—Así fue, jamás sentí sensaciones parecidas, no me importaba nada, solo el gozo del momento, pero después, siguió. Sus besos y las caricias no cesaban.
—Sin palabras, eso me gusta, el amor no se dice se siente, y si lo sentiste, está todo bien.
Luego de tres días de búsqueda pudimos reunirnos con algunas fotografías de él y de tía y hasta una de su pequeño hijo, Nelson.
Sus facciones eran muy parecidas a las vistas por nosotros en los espectros y hasta Francisco, cuando la vio aclamó que era él.
También pudimos leer las cartas de tía e incluso una nota que había dejado para ella el día que decidió suicidarse. Decía:
...Sé que te he hecho mucho daño, pero comprende que la situación no da para más.
Mi familia me presiona, yo no soporto ver como sufre mi madre, y la perdida de Nelson hará que yo pueda reunirme con él.
Tenías razón en decirme que no sirvo para nada y que el alcohol me hace daño, pero no soporto la vida y no soporto el dolor.
Te esperaré por siempre, y cuando decidas acompañarnos seremos una familia en el cielo como la que no pudo ser aquí en la tierra.
Perdón por dejarte por mucho tiempo sola. Perdón...
Cuando ocurrió esta desgracia su madre todavía vivía, y tal vez fue ella la que no entregó esta nota a tía. Esto nunca lo sabríamos ya que todos estaban muertos y solo podíamos hacer conjeturas.
—¿Por qué la madre de Lorenzo no los dejó ser felices? Preguntó mamá con la voz quebrada.
—_Mi suegra, como te dije era soberbia. No dejó que sus hijos hiciesen nada que ella no aprobara. Incluso mi esposo dejó de hacer su vida para que su madre no lo rechazara. Dijo Ada tratando de consolarla.
—Bueno sería que esto terminara de una vez, no aguanto tanto dolor. Quebró en llanto.