Más allá de los planos: Los secretos de tía Amelia Capítulo XII
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Capítulo XII

El amor

Por la tarde, Clara, Néstor y yo fuimos a cabalgar como cuando éramos chicos y todavía alcanzaba con estar juntos para sentirnos invencibles. Los peones eligieron para nosotros los caballos más mansos, los ensillaron y nos ayudaron a montar.

Recorrimos el arroyo de aguas cristalinas.

En el fondo se veían las piedras pulidas por la corriente.

Era angosto y de escaso caudal, de modo que pudimos cruzar hacia la otra orilla, donde comenzaban las plantaciones de cítricos.

Desmontamos y dejamos que los caballos pastaran mientras arrancábamos alguna fruta madura.

Todo parecía más intenso allí: los olores, los colores, los sabores. Alentados por la naturaleza y por esa libertad que a veces solo existe lejos de las obligaciones, nos quitamos la ropa y entramos al arroyo. El agua fresca abrazó nuestros cuerpos. Por un instante, la mente quedó en silencio.

Después de una hora salimos del agua y nos sentamos en la orilla a conversar. Aquella tarde, en medio de una tranquilidad que parecía ajena a todo lo que veníamos viviendo, comprendimos algo del verdadero significado de la palabra amor.

Clara y Néstor, al no querer cometer los errores de mi madre por ningún motivo habían querido formar una familia. La perdida de los padres es muy dura cuando uno es niño, por lo tanto ese trauma de pequeños no los dejaba ser felices.

—¿Has conocido a alguien? Pregunté a Clara.

—Sí. Se llama Alberto, y es bastante bueno.

—¿Qué significa bastante bueno?

—No lo sé, tal vez busco la perfección.

—Nadie es perfecto, ni siquiera lo sos vos. No sé que estás esperando, los años pasan y......

—Tengo miedo de repetir mi historia.

—Si seguís soltera, cobarde, nunca te vas sacar las dudas y cuando te des cuenta habrás perdido la mitad de tu vida, además no creo que las historias se repitan. No te olvides que mamá es única.

Néstor bajó del árbol en el que estaba trepado y dijo, bueno a malas experiencias, buenos momentos.

—Y vos, pregunté ¿tenés novia?

—Sí, hace dos años que vivimos juntos. Es profesora y da clases en un colegio cercano al mío.

—Me parece justo, pero deberías presentarla a la familia. y si me contás como es ella, qué le gusta, conoce nuestra existencia. Tantas preguntas tenía para él, que me daba bronca no compartir esos momentos.

—No te parece que es muy pronto. Preguntó.

—Si dos años te parecen pocos, no sé. No pienses en lo que hizo mamá, viví tu vida y trata de ser feliz. No me hagan repetir lo mismo. Mamá es única y no creo que los errores hayan sido su culpa

—SI te ponés a pensar, ella vivió lo mejor que pudo. El amor todo lo puede pero entre dos, así que debo pensar bien, y reflexionar acerca de mis sentimientos y los de ella para luego formalizar.

—Nadie te pide que te cases por la ley, solo que te arriesgues a ser feliz.

—Sé que nadie es perfecto pero no quiero que mi mujer se aleje y tenga que vivir en la soledad. Los niños del colegio son mi vida, y he postergado el amor por los temores que te comenté.

—Creo que ambos son cobardes.

Luego de una buena charla y consejos, resolvimos regresar.

El teléfono celular de Clara sonó. Quedó retrasada para atender. A la distancia veíamos que no quería que escucháramos. Casi tapaba su boca al hablar. Agazapada en su diálogo, movía la cabeza lo que considerábamos era una negativa. Desde ese instante supimos que la pareja no funcionaba normalmente.

¿Para qué habíamos hablado tanto si nadie hacía caso al otro?

Por el camino nada bueno delataba su cara. Dos mechones de cabello caían sobre sus ojos, dejando entrever el brillo de lágrimas que se teñía la mirada. No preguntamos.

Lorenzo II nos alcanzó en su caballo. Regresamos a la casa todos juntos. Néstor y yo los seguíamos.

Mamá y Ada, como grandes amigas habían tenido una conversación acerca de los misterios de la vida y de la muerte.

Ada le contó que desde que Lorenzo falleció se sentían ruidos extraños todos los primero de mes, fecha en que se quitó la vida.

Los peones de la estancia dicen haberlo visto pasear por al lado de los jazmines cuando cae la tarde, coincidiendo siempre con la fecha indicada.

Mamá le contó de lo sucedido en la casa de tía y ella no se asombró de nada, ambas se entendían de mil maravillas.

Esto las llevó a una búsqueda más rigurosa del pasado de los parientes. Nunca pensamos verlas tan absorbidas por la curiosidad de saber, qué había más allá.

En mi vida pensé que podríamos acercarnos a aquella familia que nosotros a no ser por nuestras investigaciones no la hubiésemos encontrado nunca, por no saber de su existencia. Nos hubiésemos perdido de cosas tan buenas como las que estábamos viviendo.

Al mezclarse el sabor de lo amargo con lo dulce de la vida se torna agridulce en todos sus aspectos y cada sentimiento, y cada emoción y cada situación se almacenan en un lugar de tu corazón y tu mente que resguardas celosamente por siempre.

Sin darse cuenta tía nos había unido en familia, cosa que ella no pudo lograr, porque ellos pertenecían a la familia aunque no lo quisiera su suegra que en paz descanse. Así era.

El sol caía y los sonidos del campo no se parecen en nada a los de la ciudad.

El silencio de la noche, las estrellas sobre nosotros, la luna que se ve diferente, el olor de la naturaleza, nos brindaban una sensación de calma, como un elixir mágico que prolonga la vida y te da la juventud eterna.

Clara permanecía sola sentada en la pérgola del jazmín.

Hicimos caso omiso y nos dirigimos a la sala.

Me senté en un mullido sillón arriba de un cuero de vaca y tomé una revista que había en una mesita ratona.

Estaba leyendo un artículo cuando recordé lo que había contado Ada de la pérgola del jazmín.

Cuando atiné a ir en su compañía vi desde la puerta de la casa que había alguien con ella.

La oscuridad no me dejaba divisar quién era la persona.

Me fui acercando despacio, cundo escuché la vos de Lorenzo II.

Me recosté contra la pared y traté de respirar despaciosamente para que ellos no advirtieran mi presencia.

Como gran chusma concentré toda mi energía en oír lo que hablaban. Él le decía:

—¡Eres hermosa! Si querés contame por qué estás tan triste, podes.

—No. Creo que soy la única persona en el mundo que no tiene un amor.

Mi curiosidad pudo más y busqué otro lugar en donde pudiese ver y oír. No quería perderme nada.

Clara estaba cabizbaja y llorando. Él limpió sus ojos y levantó su cabeza. Entonces le habló:

—No dejes que la tristeza te invada. Nada puede ser tan malo para que tus ojos dejen de ser tan bellos. Mira la naturaleza y pídele un deseo a la estrella que más te guste, verás que te será concedido. Y lo que estás diciendo es una mentira.

—¿Por qué? Preguntó con la voz muy baja y sin levantar la mirada.

—Porque no he podido dejar de pensar en vos desde el momento en que te vi la vez que llegaron por primera vez a la estancia. Nunca me sucedió con nadie. Estás clavada en mi corazón y ahí permanecerás por siempre.

Ella lo escuchaba como aturdida pero concentrada. Él acercó sus labios a los de Clara que se unieron en un largo y apasionado beso. Los brazos de Lorenzo II envolvieron a mi hermana que tenía las manos sobre las rodillas.

No quise seguir, me daba envidia lo que estaba sucediendo entre ellos. Esto era lo más romántico que había visto en toda mi vida y no me estaba sucediendo a mí.

Entré a la casa casi atontada, Roberto había bajado con Francis para invitarme a jugar con las pompas de jabón que le había preparado Matilde, una criada.

Luego se sirvió la cena. Ada nos contaba que había aprendido muchísimas cosas de mi mamá. Yo solo observaba, y no tenía ganas de hablar. Lorenzo II y Clara se sentaron enfrentados. Se miraban ocasionalmente para no demostrar que se estaban entendiendo, pero yo lo sabía.

Más tarde nos dirigimos a la sala a tomar el café, ellos se perdieron en silencio. ¿Quién notaría la ausencia? ¿Quién imaginaría que entre ellos estaba sucediendo lo que nadie suponía?

Cuando subí a nuestro dormitorio me tiré sobre la cama.

No habíamos estado juntos durante el día con Roberto.

Francisco se había dormido. Eran casi las doce de la noche cundo mi esposo salió del baño con una toalla en la cintura.

El día había sido largo, pero no olvidaba el arroyo, y la pasión que habían desatado Lorenzo y Clara.

Esa pasión que se notaba en el aire puro que ingresaba por la ventana junto a la luna que estaba llena e iluminaba la habitación.

Tomé a Roberto por los hombros y lo acerqué a mí.

Besé su boca que con locura oprimía contra mí.

Cálidamente lo abracé con las piernas, levantándome la pollera. Él hizo lo propio y me hizo el amor.

Encendimos un cigarrillo en el balcón mientras le dije:

—Aunque no lo creas, Clara y Lorenzo se entienden.

—¿Cómo es eso? —preguntó asombrado.

—Como lo oís. Se entienden.

—¿Cómo sabes? ¿Viste algo? ¿Ella te contó? —Quería saberlo todo.

—Sí, ellos estuvieron sentados en la pérgola cundo no sé como escuché lo que se decían y los vi besarse con pasión.

—¿Pero estás segura de lo que viste? ¿No te habrás imaginado? ¿Desde cuándo se conocen?

—¿Y a vos por qué te importa tanto? ¿No será que también es tu amante?

Hasta ese momento nunca, pero nunca me había pegado. La cachetada giró mi cara. No dije nada, solo tiré el pucho y me acosté con lágrimas en los ojos.

No dormí en toda la noche, mi actitud había sido la de una hermana celosa, como el perro del hortelano que no come ni deja comer. ¿Qué me importaba si ella era la que tenía un romance? Era ella y no yo. Me levanté y fui a la cocina a prepararme un café.

Estaba amaneciendo y me senté en una banqueta alta que me dejaba ver el campo por la ventana. El sol aparecía entre la maleza como se asoma un niño a la vida. Es un espectáculo digno de ver.