Capítulo XI
El encuentro con Ada
Era casi el amanecer cuando nos retiramos. El cielo se había despejado y una franja de luz comenzaba a dibujarse en el horizonte. Tanto mate y tanto café nos habían dejado sin sueño, pero no era la cafeína lo que nos mantenía despiertos.
Ese mismo día, cerca del mediodía, regresamos a la casa y hablamos de lo sucedido. Si aquello era verdad, tía había tenido dos hijos.
Las diferencias sociales y raciales habían pesado demasiado en aquella época. Por las descripciones que teníamos de Milagros, suponíamos que su padre había sido un hombre de tez oscura. Ese detalle, que para nosotros no modificaba el amor de una madre, podía haber significado entonces una condena.
¿Cuál era la pieza que todavía faltaba en aquel rompecabezas? Esa era la pregunta que ninguno de nosotros conseguía apartar de la cabeza.
—¿Por qué José me había dicho tantas cosas acerca de mis creencias? —pregunté, todavía inquieta.
Por la tarde Clara se acercó a nosotros para avisarnos que se habían comunicado desde la estancia "La Trinidad", para avisarnos que la madre de Lorenzo, el sobrino del marido de tía, había regresado de su viaje, y nos invitaba a pasar unos días en la estancia.
Cerca de las siete de la mañana nos pusimos en camino y luego de unos cuarenta y cinco minutos estábamos ingresando al establecimiento.
Al bajar del auto nos recibieron unos criados, quienes se encargaron de bajar las cosas del coche, nos hicieron pasar a la estancia y avisaron a los dueños.
Una mujer muy elegante nos recibió en la sala.
Vestía pantalones, y camisa ajustada. Su cuerpo estaba cuidado a pesar de su edad.
La cara era fina, frente amplia, nariz recta, pero pequeña, cabello claro caído hacia los hombros, labios carnosos penos no muy grandes, de altura considerable, un metro sesenta y algo.
Se presentó como Ada, y lo mismo hicimos de nuestra parte.
Nos pidió que nos sintamos como en nuestra casa y dijo:
—Mi hijo me habló mucho de ustedes y me transmitió su desesperación por encontrar una verdad que duele a todos, así que he decidido abrir la habitación de mi cuñado Lorenzo para que podamos encontrar algún indicio de lo sucedido.
Como ya les habrá contado mi hijo, luego de morir Lorenzo su habitación fue cerrada por órdenes de mi esposo quien nunca pudo reponerse a la tragedia. Tal como les decía, a lo mejor entre todos podemos reconstruir la historia.
Primeramente nos invitó a recorrer las instalaciones, y ella misma nos llevó en una cuatro por cuatro.
Los campos hacia los cuatro puntos cardinales eran majestuosos, inmensos, la riqueza de la tierra se notaba en los sembradíos Lo que se puedan imaginar, encontrabas en el lugar.
Se dedicaban al cultivo de cereales como trigo, avena, centeno, maíz al Norte, hacia el Este a la crianza de animales y las caballerizas, al Sur, plantaciones de cítricos y al Oeste la avicultura y cerca de la caza la caballeriza, un aras de caballos de carrera pura sangre.
Estábamos frente a magnates, de muchísimo dinero. Nosotros parecíamos unos pobretones y supusimos que el dinero los hacía diferentes. Qué podría interesarles las cuestiones de una vida frustrada, empobrecida por el odio o traiciones.
Exportaban lo que cultivaban. La riqueza era tanta que no sabían que hacer con tanto dinero.
También fuimos al arroyo que cruzaba por el campo.
Era un lugar de esparcimiento en donde se podía cazar, pescar, y también disfrutar un día de campo con alguien querido.
Aquel lugar era el paraíso en la Tierra.
Solo los piar de los pájaros, el silbar del viento, el mugido de alguna vaca, o el cacareo de alguna gallina, rompía la monotonía del tiempo.
La casa del capataz quedaba a varios metros de la casa grande, hombre robusto de características campestres por su manera de vestir.
Él controlaba a cada uno de los peones de la estancia y era el baquiano del lugar.
Las decisiones importantes las tomaba la familia lo demás solo estaba a su cargo.
Lo único que le habían prohibido, por alguna razón, era hablar del niño Lorenzo, como lo llamaban ahí.
Regresamos a la casa y la cocinera había preparado una picada con chacinados fabricados en el lugar. El olor a pan casero inundaba las galerías, y se mezclaba con el aroma de los jazmines que la rodeaban. Aquel olor nos pareció conocido, pues era el mismo que había en casa de tía Amelia.
Ada nos mostró luego el dormitorio de Lorenzo y nos explicó que por primera vez sería revisado por alguien.
Los muebles eran similares a los de tía.
Un gran ventanal dejaba entrar los rayos de sol, por entre los postigones de madera y las hendijas de las cortinas.
Todo estaba oscuro. El olor a humedad lastimaba nuestra garganta.
En la punta de la cama había un baúl; era el mismo del que nos había hablado su sobrino.
A solicitud nuestra, Ada nos trajo la llave.
Evidentemente su hijo había entrado varias veces porque nos había hablado del mismo.
Por otro lado nos había entregado algunas cartas.
Mantuvimos el silencio para no crear discordia.
En él había de todo, cartas, papeles, fotos, un pañuelo de mujer y una rosa seca.
Miramos cada una de las cosas halladas, mientras Ada nos contaba cosas bastante interesantes:
Hace muchos años cuando yo llegué aquí, mi suegra ostentaba de su posición económica y hacía mención que nadie se quedaría con sus hijos si no tenían la misma condición social.
Eso era lo único que le interesaba, el dinero y las apariencias.
Creo que me aceptó por que mi padre también era un estanciero adinerado pero no sucedió lo mismo con Amelia, que sin ser pobre también pertenecía al teatro, cosa que enojó mucho Rosario, que con sus ínfulas de gran señora destrozó el corazón de su propio hijo.
El padre de Lorenzo había dividido la estancia en partes.
Así, cada uno de sus hijos podía disponer de su fortuna, cosa que logró firmando unos poderes que se vencían cada año, es decir, si alguno manejaba mal el dinero, al año siguiente no se le renovaba el poder.
Cuando mi cuñado conoció a tu tía, en un primer momento pudo hacerle regalos lujosos, y creo que hasta la preciosa casa en donde vivía.
Con el pasar del tiempo cuando la presentó a la familia y Rosario no quiso que fuese su esposa, él perdió el poder y tuvo que vivir de una renta que no era mucha.
Pensó que con esto Lorenzo dejaría a tu tía y volvería a la estancia.
El gran amor que sentía por Amelia hizo que se enfrentara con Rosario, cosa que le costó mucho, muchísimo, ya que ella era muy absorbente. Fue entonces cuando abrumado por el desamparo de su familia se volcó a la bebida, convirtiéndose en alcohólico. De su personalidad poco quedó.
Por lo pronto creo que Amelia sufrió las consecuencias del alcoholismo. Él era tan bueno y honesto. Lo único que logró fue convertirse en un menstruo que golpeaba y hería con palabras y con su fuerza física. Y luego de este relato, secándose las lágrimas, siguió.
—¡Qué mujer tu tía! Era tan hermosa, elegante, fina y muy culta.
Por un tiempo fuimos amigas. En esa época yo vivía en un departamento en la ciudad.
Estudiaba en el profesorado, y de vez en cuando salíamos o nos reuníamos en su casa.
Estaba muy enamorada de Lorenzo, lo mismo él; pero mi suegra fue la primera en espinar sus vidas.
Ella sí que era una amiga; de esas que no se encuentran a diario.
Fiel a la amistad, y compañera para lo que necesitara.
Creo que le debo mucho. Ella me enseñó a mantener posiciones en la vida aunque se te acaben las fuerzas.
A nunca mirar a los demás por arriba de los hombros, y esas cosas que no se ven todos los días.
Pero el resultado en mí fue lo que le transmití a mis hijos.
Ellos saben bien cual es la diferencia entre ser quienes son o el despotismo.
Ella escribía poesías. Una vez escribió muchas para él. Yo tengo guardado un libro escrito por ella. ¿Lo conocen?
Sí, lo encontramos en la biblioteca. Comentó Clara.
—¿Entonces sabrán de lo que estoy hablando?
—La verdad que era muy buena escritora.
Déjame llevarte en mi corazón,
Déjame envolverte con un manantial de luz,
Déjame abrirme al mundo de los sueños
Déjame escapar del silencio ocioso,
Para llevarte junto a aquel jazmín
Y guardar el momento
Que solo los enamorados pueden sentir.
Y si esto no puede ser,
Déjame decirte una vez más
Aunque sea la última:
Te amo, solo, te amo.
Recitó con lágrimas en los ojos dejando un silencio y luego explicó:
—Les aseguro que no logró más, por la vida desdichada que llevó.
Este es uno que Lorenzo dejó caer de su mano junto a la pérgola del jazmín.
Yo sabiendo que mi suegra lo destruiría, lo guardé celosamente.
Ahora cuando algo anda mal o siento que la vida no vale la pena, recito esta poesía que he aprendido a comprender y amar.
—Estoy segura de eso. Respondí refiriéndome a las dotes de artista.
Cuando se casaron por un tiempo fueron felices, pero al alejarse de lo que él tanto quería, es decir el campo, no alcanzó el amor para sobrellevar la situación.
¿Qué locura? Perderlo todo por una madre castradora, inútil, cruel, y cualquier calificativo con que la nombre es poco para ella.
Perdonen la expresión pero era una vieja de mierda. Que en paz descanse.
La golpeaba y ella estaba embarazada de su primer hijo.
Al poco tiempo de nacer murió. Los médicos dijeron que era pulmonía pero yo creo que fueron las golpizas la que le causaron la muerte.
Ella enloqueció, estaba tan triste que no le importó perderlo a él también.
Imaginen lo que habrá sentido en aquel momento cuando no pudo ni siquiera retener el amor por medio de su hijo.
Mucho tiempo no pasaba con ella, porque su trabajo no se lo permitía, viajaba por todo Entre Ríos.
—Por ahora no creo que sea conveniente que sigamos hablando de esto, ya que nos pone mal a todos.
—Bueno si no te molesta quisiéramos dejar para más tarde.
—Por mí no hay problemas. Yo los espero abajo. Voy a ordenar la comida. Y se retiró restregándose los ojos todavía húmedos por las lágrimas.
Nuestras caras se habían transformado. Nuestros gestos y hasta los ojos estaban entristecidos por el dolor ajeno. Nos miramos sin decir nada, solo unimos las manos como queriendo calmar la angustia de aquella mujer que ya no existía.
Así fue que bajamos por las escaleras de madera oscura y nos dirigimos al comedor.
Las criadas sirvieron el almuerzo. Criadas es un decir, ya eran el personal de servicio. De entrada empanadas, y luego asado con ensaladas.
Mientras comíamos no tocamos el tema, pero al adular su comida Ada recordó que Lorenzo había llevado un cocinero para la ciudad, a la casa de tía:
Una de las cosas que sí estoy segura es que Lorenzo no quería que Amelia perdiese el tiempo con las cuestiones hogareñas. Él quería que ella fuera una gran escritora.
—Y si eso quería por qué le hizo la vida imposible. Pregunté enojada.
—Te entiendo, pero nunca supe que es lo que hace que las parejas se destrocen si están unidas por un gran amor. No lo entiendo, pero sí, tu ira.
—Disculpe. No es su culpa ni la nuestra, es la impotencia que siento de no haber sabido antes.
—No hay problema. Acá son de la familia, y pienso que no debe haber entre nosotros roces por ningún motivo. Dijo en forma muy sencilla, advirtiendo su amistad y parentesco.
—¿No sabe el nombre del cocinero? —preguntó mamá.
—Juan se llamaba, respondió luego de tomar un sorbo de vino.
Para cuando terminamos y estuvimos de sobremesa, las habitaciones estaban preparadas.
Dormimos la siesta, un buen rato. Francis quedó rendido de tanto jugar y andar a caballo. Desde nuestra habitación se veía a unos metros de la casa una pileta de natación.