Capítulo X
El espiritista
Nos acostumbramos a los ruidos extraños de la casa y a los movimientos de los objetos y hasta los olores desagradables que no sabían de dónde provenían.
Cuando alguien estaba alegre o se escuchaba música se movían sin cesar.
Ya nada nos inquietaba, ni nos molestaba, ni dejaba de hacerlo.
Una indiferencia total hacia aquellas cosas extrañas.
Sin hacer caso a las cosas sobrenaturales y habiendo perdido todo miedo decidimos invitar a un señor que decía ser espiritista que trabajaba con un tablero de ouija.
José se hacía llamar. En realidad no era su verdadero nombre.
Todo el pueblo hablaba de sus descubrimientos que por lo cierto no eran científicos.
Cuentan que una vez, en un barrio alejado de la ciudad logró hablar con doña Magdalena, una bruja que había maldecido a la gente del lugar, en épocas en que eran mal vistas estas cuestiones.
Así fue como se revirtió la situación y el barrio pudo adelantar.
Más allá de todo comentario, sería una opción diferente.
La sesión debía ser por la noche y teníamos que aportar una mesa de tres patas. Como no sabíamos en donde conseguir una, fuimos a lo del carpintero que al darle las explicaciones nos fabricó una. Después de usarla tuvimos que regalarla.
Un viernes por la noche nos dirigimos hasta el lugar. Parecía a propósito que junto con lo que estábamos por hacer, el cielo se rajaba en mil pedazos. Relámpagos y truenos asustaban a cualquiera, y sobre todo a nosotros que del susto entrábamos y salíamos del baño.
La tormenta parecía acompañar nuestra decisión, como si el cielo hubiese elegido aquella noche para recordarnos que no todo podía mantenerse bajo control.
José sacó su tabla, la colocó encima de la mesa de tres patas y nos hizo arrodillar alrededor y tomarnos de las manos.
Su mirada era penetrante, las manos enormes tocaban apenas la parte de la tabla que tiene movimiento.
Una luz seguida de un trueno irrumpió el silencio, cuando cobardemente se escuchó las risas de nosotros que los nervios habían traicionado nuestro inconsciente.
José dijo:
—Si esto no les parece serio yo me retiro. Su ceño se frunció y las cejas se levantaron. Los ojos permanecían bien abiertos clavados en nosotros.
Por favor, perdónenos, es que del susto nos da risa. Dijo mi madre, seria.
—Está bien, comencemos. Propuso bajando despaciosamente su mirada.
Tomó la tabla, colocó nuevamente sus manos sobre la parte móvil, y preguntó.
—¿Alguien habita esta casa? Con voz grave.
Y sus manos comenzaron a moverse con rapidez y tocaban cada una de las letras de la tabla en donde se iban formando las palabras.
Decía: Sí
—¿Me pueden decir sus nombres? Pregunta indispensable
—Nelson y Milagros
—¿Por qué están aquí?
—Cuidamos a mamá.
—¿Cómo se llama su mamá?
—Amelia.
—¿Ella también está acá?
—No, ella nos dejó solos.
—¿Por qué?
—No sé.
—¿Hay alguien más con ustedes?
En ese momento la tabla se enloqueció, las manos de aquel hombre no alcanzaban para formar palabras totalmente incoherentes. Fue entonces cuando nos explicó que había alguien que no podía o no quería darse a conocer porque era un espíritu que no había pagado el mal que había hecho.
Esperó un momento y lo intentó nuevamente.
—¿Hay alguien más en esta casa?
—Sí.
—¿Quién?
—Lorenzo.
Después de varias preguntas, las cuales no tuvieron respuesta, volvió la quietud y la calma.
Dijo que los espíritus se habían retirado y que era inútil seguir intentándolo. Pregunté con insistencia:
—¿Usted puede asegurar que son solo tres las almas que habitan la casa?
—¿Sí ellas se han dejado conocer?
—¿Alguna vez ha fallado en estas sesiones? Consultó Clara.
—Jamás. Afirmó en forma definitiva. ¿Saben lo que sucede con ustedes?
—No. Dije sorprendida.
—No han terminado de creer en el más allá. Si no lo logran jamás verán lo que deban ver.
-¿Por qué cree que no creemos? Inquirí enfáticamente.
—Porque noto que hace bastante que no logran resolver un misterio que a simple vista se puede descifrar. Respondió sonriente, dejándonos ver que él sabía y lo diría.
—Disiento con usted, José, me parece que se burla de nuestra buena voluntad.
—Voluntad y creencias no significan lo mismo. No confunda a los demás ni se mienta usted misma, la verdad está delante suyo.
—De qué verdad me habla, acaso lo que yo crea, o lo que pueda comprobar. Acusé con enojo.
—Las cuestiones del más allá muchas veces no son empíricas. Más espero que nunca le toque enfrentarse a un alma perdida, porque no sabrá qué hacer.
-José. Creo que tiene razón, pero déjeme decirle que no estoy aquí porque quiera saber de fantasmas, sino por que quiero redimir la situación de mi tía que la pasó mal en vida.
—Sé por qué estás, no me debes explicar, pero para lo que quieres lograr deberás enfrentar situaciones, que sin tu credulidad será perder el tiempo.
Creo que no quise seguir con esto. Lo despedí extendiéndole mi mano.