Capítulo IX
La empatía
Los caminos parecían cerrarse y nuestras manos quedaban atadas ante tanta hipocresía.
Nadie sabía nada; y quien sabía, no quería hablar.
Regresamos a casa decididos a pedirle a mamá que hiciera lo imposible por descubrir aquella verdad que, vista desde nuestro tiempo, ya no parecía merecer semejante condena.
Recordamos entonces aquella idea atribuida a Rousseau: el ser humano nace bueno y es la sociedad la que termina corrompiéndolo. La verdad permanecía oculta detrás del juicio ajeno. ¿Quiénes habían sido ellos para condenar a Amelia al encierro y a una espera interminable de la muerte?
Comenzábamos a sentir en el alma algo de lo que quizá había sentido tía. Una tristeza inmensa nos oprimía el pecho. También apareció la culpa por no haber estado a su lado cuando más nos necesitaba. Tal vez ella no nos hubiese permitido ayudarla; aun así, sentíamos que debimos haberlo intentado.
A veces una mira sin ver y escucha sin oír. Eso era exactamente lo que nos estaba ocurriendo. En su propia casa no conseguíamos comprender la dimensión de su lucha. Nos faltaban piezas y, sin ellas, era imposible reconstruir su vida completa, mucho menos su silencio.
Fuimos anotando cada dato en un cuaderno, como quien escribe un diario íntimo para que nada importante se pierda. Poco a poco, entre fechas, nombres y recuerdos ajenos, la historia de tía Amelia comenzó a tomar forma ante nosotros.
Mamá estaba segura que podía encontrar las dos cartas restantes, así que seguía revolviendo cuanta cosa había en el lugar y de tanto buscar halló en uno de los cajones de la mesita de luz en un sobre bien sellado algunas cosas que nos abrieron nuevas pistas.
Hasta el momento solo sabíamos que había formado pareja con un poderoso estanciero, que él le regalaba cosas lujosas, habían tenido un hijito, que había fallecido, que la familia de él no la aceptaba, que el hombre bebía mucho, y que era acosada por los golpes y el maltrato.
—¿No será que estamos poniendo toda nuestra energía en la vida de tía, y lo que debemos pensar más en el pasado de Lorenzo? Pregunté en forma incondicional.
—Puede ser que tengas razón. Él era alcohólico y maltrataba a Amelia. ¿Buen muchacho no? Dijo Clara sin empacho.
—Diría que tía no ha tenido buen karma. Pongamos nuestra mente en Lorenzo y Nelson.
A ese niño lo habíamos visto por la casa.
Nosotros no pero Francisco sí y en las fotos aparecían como un espectro.
Sabíamos que era Nelson, pero lo que no lográbamos entender era el por qué de la presencia espectral, ya que los muertos para nosotros descansaban en paz en lugares donde ningún ser humano podía ver ni llegar.
El otro interrogante fue la presencia espectral de la niña, que según Francisco se llamaba Milagros y acompañaba a Nelson.
Debíamos encontrar la pieza del rompecabezas que nos indicara el por qué de tal situación.
—¡Qué barbaridad! —¿No podemos ser una familia normal? ¿Por qué tenemos que heredar una casa con estas cosas? Expresé indignada.
—No hables tanto de anormalidad, la misma se mide a partir de la normalidad y si te molesta tanto por que no te vas. Respondió Clara evidenciando su enojo.
—No me hables así, qué te he hecho yo que te enoja tanto. Le pregunté.
—Nada, sos una persona calculadora que no respeta el proceder de los demás. Siempre estás vos, primero vos, segundo vos, siempre vos. Respondió mostrándome los dientes.
Varios días juntas no podíamos estar sin que mi hermana me trabe pelea.
Agaché la cabeza y no quise seguirle la corriente. No me interesaban las peleas.
Mamá buscaba y buscaba en la casa. Su mente estaba centrada en las cartas, y por eso no vio un sobre bien sellado decía”: A mi querida hija Milagros, regalo del amor y del cielo".
Fue una sorpresa. Nunca pensamos que hubiese tenido una hija. Según el sobre, la niña, había sido un regalo del cielo.
Allí había una respuesta, pero no sabíamos de la existencia de un padre para esta niña.
Mientras nosotros trabajábamos de detectives, Dolores pudo reconstruir un álbum seriado con las fotografías.
Revisando y en orden encontramos que estos niños no solo aparecían con Francisco sino que también estaban en algunos lugares de la casa, como en el dormitorio de tía, el living, por los pasillos, y solo la cocina no había aparecido.
Las fotos de este lugar se habían velado casi todas, sí todas las que sacó desde la escalera, pero las que tomó desde la puerta que lindaba con el patio de la casa, no.
Esto indicaba que había algo o alguien que no se dejaba ver, y que esos pequeños fantasmitas por algún motivo no entraban a aquel lugar.
Así, pensamos —en el casete grabado el día que Dolores hizo algunas tomas y logró que Francisco trasmita lo que ella le preguntaba de los niños y rebobinando escuchamos cuando hablaba de un señor que habitaba el lugar y que trataba mal a los fantasmitas pero sobre todo a Milagros.
Milagros, ¡hermoso nombre para una niña!, ¿Cuan significado poseía para tía que la nombraba en aquel papel membreteado?, ¿Qué secreto resguardaba?, ¿Qué escondía que no se dejaba encontrar?
Las soluciones tal vez estaban en esa caja fuerte que no podíamos abrir. Seguro allí encontraríamos lo que nos faltaba. Era poco, solo un poco más y estaríamos frente a la verdad completa.
Con todos los adelantos tecnológicos y sin poder abrir aquella caja fuerte, quien no lo intentó, tres cerrajeros, un soldador, y hasta los rezos de mi madre y nada conseguíamos. ¿Por qué era tan testaruda mi madre? Hubiese tenido que dejar que la rompan. Total después se mandaba a hacer una nueva.
El cuadro seguía en el taller de don Alberto que no había podido restaurar. Así que decidimos llevarlo nuevamente a la casa y lo dejamos en su lugar.
Eran dos cosas imposibles. Algo sellaba esta pared.