Más allá de los planos: Los secretos de tía Amelia Capítulo VII
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Capítulo VII

La estancia

Qué distinta es la vida cuando uno atraviesa los días sin cosas extrañas, creyendo que somos los únicos habitantes de esta bendita tierra y que los muertos, muertos están.

Hubo una época en que nuestra existencia consistía en correr, trabajar durante horas interminables y caer, como tantos, en la rutina y el caos.

Después de lo vivido en aquella casa, esa certeza sencilla ya no nos pertenecía.

Así como nacemos y sabemos que venimos de algún lugar, empecé a pensar que quizá no todo pudiera explicarse únicamente por la unión de un óvulo y un espermatozoide.

Debía de existir algo más: algo capaz de hacernos sentir el bien y el mal, amar, soñar y perseguir verdades que a veces se esconden detrás de lo visible.

Y si la identidad de cada uno deja alguna huella en el espacio, entonces aquellos niños sin cuerpo material también la conservaban. Tenían nombres. Tenían una historia. Y, de alguna manera inexplicable, seguían allí.

Ya reveladas las fotografías miramos cuidadosamente cada una de ellas mientras escuchamos lo que Dolores había grabado.

En cada una, mirando a simple vista, estaba Francisco solo, no se olviden que no hay peor ciego que el que no quiere ver, buscamos la lupa y vimos nuevamente las figuras espectrales que ya habíamos visto en las anteriores.

Analizamos cada una de las palabras del diálogo y llegamos a la conclusión que realmente había algo que había turbado la vida de mi tía en aquella casa.

Estos niños parecían haber nacido en ese lugar y coincidía con aquellas cajas encontradas con ropas de bebé y juguetes que los primeros días habíamos hallado.

La gran pregunta fue ¿Habría tía tenido hijos? Y si fue así, ¿por qué nadie se enteró?

Algo habíamos averiguado pero nos faltaba chequear la información. No pretendíamos juzgar a nadie. Lo hecho, hecho estaba, y si no había tenido remedio nosotros solo estábamos para investigar y si lográbamos encontrar precisiones creo que ayudaría a mamá a finalizar una situación que la abrumaba.

Acorazadas por las magnitudes de los hechos llegamos casa. Sí acorazadas porque tuvimos que ponernos fuerte ante tal situación.

Mi madre nos estaba esperando para decirnos que había descubierto algo más.

En las revistas que habíamos traído de la biblioteca, estaba el anuncio del compromiso de la señorita Amelia del Castillo Azcuénaga con el Sr. Lorenzo Federico Estrada a realizarse en la sociedad Italiana el día 17 de enero de 1940.

Así que tía estuvo comprometida y debemos encontrar en otras revistas de años posteriores si existe una fecha o el anuncio de casamiento en otras revistas.

El problema es que no existían ejemplares a partir de 1941, y no sabíamos en que lugar buscar.

-Tenemos dos caminos, el registro civil o la iglesia. Propuse inmediatamente.

—No sé a dónde quieras dirigirte vos. Dijeron sin hacer objeción.

—Bueno por algún lugar hay que empezar, busquemos en los dos y veremos que hallamos. Insistí dando órdenes.

Empezamos por la iglesia más céntrica, la Basílica de la ciudad, donde nos atendió un padre muy amable y al contarle que estábamos pensando en reconstruir el pasado de mi tía, él accedió amablemente a mostrarnos los libros del lugar.

Nos llevó a una sala y nos enseñó su manejo, también nos aconsejó que tratáramos con cariño esos libros para no destruirlos.

Los libros en donde se asentaban los nacimientos estaban mezclados con los de los casamientos y las actas de defunciones.

Buscamos lo que debíamos y vimos lo que no debíamos.

En 1942 estaba asentada el acta de bautismo de Nelson Jesús Estrada Castillo Azcuénaga, nombre que nos llamó la atención.

Al seguir leyendo vimos los nombres de los padres.

Eran mi tía y tal vez su esposo, tal vez porque no habíamos podido encontrar el acta de matrimonio.

Nelson, lo habíamos leído, ahora sabíamos que era hijo de tía, del que nadie había sabido su existencia, al menos nosotros.

No era por nada, pero intuíamos que alguien debía saber algo más.

La existencia de un niño no se esconde así porque sí.

Alguna razón había para ese silencio, no solo de la familia de mi madre, sino también el de la sociedad.

Una boda, un hijo, ¿Qué demonios ocurría?

Unas páginas más y nos encontramos con un certificado de defunción del mismo niño por causas de pulmonía. Era solo un pequeñito cuando sobrevino su muerte, por eso decía que era un angelito.

Los acertijos se habían empezado a resolver, pero nos faltaba mucho para llegar al fondo de la cuestión. Tratamos de investigar la vida de este hombre, que recientemente habíamos descubierto su existencia: Lorenzo Federico Estrada.

Empezamos por buscar en los mismos libros la fecha de nacimiento, el nombre de los padres y el domicilio. Encontramos que vivía en las cercanías de la ciudad, en una estancia llamada "La Trinidad".

Ahora sí teníamos más datos, un lugar en donde indagar. Subimos al coche y fuimos en busca de un mapa de la ciudad y sus alrededores para localizar el lugar. Estudiamos por qué caminos dirigirnos y emprendimos el viaje. Pronto llegamos a la estancia.

Les aseguro que el lugar era extraordinario. Néstor abrió la tranquera, de allí hasta el casco de la estancia hicimos alrededor de cinco kilómetros, de campos a ambos lados tocado por la mano de Dios con verdes praderas de pastura, nunca vista.

Al ingresar al casco, dos leones de mármol de carrara a ambos lados estremecían por su belleza.

A pocos metros estaba la casa, más que casa era un palacio.

Rodeada de galerías con pérgolas de rosas y jazmines, una y una.

En el centro una fuente de agua del mismo material que los leones de la entrada.

Planta baja y primer piso. Pobre la servidumbre que le tocara la limpieza.

Una persona muy amable nos detuvo en el portón principal.

Nos preguntó que buscábamos. Nosotros le dijimos que andábamos en busca de un señor llamado Lorenzo Federico Estrada o a algún familiar de él.

Este señor nos dijo que siguiéramos con el auto y lo estacionáramos en un lugar a la sombra, al lado de la casa y que hiciéramos el favor de esperarlo.

Pasaron unos minutos hasta que llegó hasta el lugar y nos invitó a ingresar a la casa.

Tomen asiento, nos dijo, pónganse cómodos.

Nosotros nos sentíamos un poco intimidados.

Entonces se presentó como Lorenzo Amadeo Estrada, nos sorprendió, nosotros no queríamos comprometer a nadie.

Tal vez este hombre no se había casado con tía, a lo mejor había sido su amante.

No sé cuantas cosas pasaron por nuestra mente, pero lo cierto es que nos presentamos con nombres y apellidos sin nombrar a tía.

Muy amablemente nos ofreció algo de beber mientras llamaba a la servidumbre, luego preguntó:

—¿Qué quieren saber acerca de mi tío?

Con un poco de alivio por esta pregunta respuesta, le dijimos que estábamos interesados en su vida porque nos parecía que había estado relacionado con nuestra tía que hacía poco más de dos meses había fallecido.

Nos informó que Lorenzo había fallecido hacía muchos años, en el 1945 más precisamente.

—¿Cuál fue la causa de su muerte? Preguntamos.

No supimos con exactitud, pero su hermano, mi padre, decía que de tristeza se suicidó.

—Lamentamos hacerle recordar cosas tan dolorosas para UD.

—¿Usted nos podría contar algo de su pasado, cualquier dato nos podría servir?

El muchacho se retiró en busca de unas fotografías y por fin lo conocimos. Era un hombre de mirada dulce, ojos claros, cabello castaño, peinado hacia atrás lo que dejaba ver su frente amplia, mejillas no muy pronunciadas, nariz recta, orejas pequeñas. Nos pareció agradable.

Mucho no sé de él porque su vida fue un misterio, lo que sé, me lo contaron algunos peones viejos de la estancia, a escondidas, mi padre no quería que lo nombrasen. La palabra misterio se repetía asiduamente.

Solo les diré que en su vida existió una mujer, de la que se enamoró profundamente, con la cual se casó y a los pocos meses empezó su tragedia.

Tuvieron un hijo que murió poco después de nacido lo que destruyó su dicha.

Dicen las malas lenguas aquí en la estancia, que la copetuda con la que se había casado le había sido infiel y que eso junto a la muerte de su pequeño lo había llevado a la trágica determinación de quitarse la vida.

—Nos interesa lo que está diciendo ¿Tendrá usted datos precisos? Preguntó Roberto, acomodando su cabello hacia atrás.

—Hay algunas cartas en un baúl que datan de aquella época y a lo mejor le sirven para aclarar algunas dudas. Otra información no puedo darles, porque como les dije su vida y su muerte fueron un misterio.

La información era escasa, pero nos servía.

Nosotros le ofrecimos nuestra casa, y le contamos el por qué de nuestra búsqueda, y nos pidió disculpas por su comportamiento cuando hablo de la copetuda, y acentuó su disculpa en lo que había oído desde niño.

Él nos dijo que su madre volvía de un viaje en una semana y que tal vez ella podría darnos otros datos. Si queríamos volver que lo hiciésemos porque al esclarecer las dudas también en su memoria le haríamos un favor a la familia.

Nos despedimos y quedamos en encontrarnos en otra oportunidad.

Al dejar aquel lugar nos sentimos aliviados puesto que los misterios se iban revelando uno a uno pero la tristeza nos embargó el alma, por esas muertes que había tenido que soportar esa mujer.

También nos llamó la atención lo que el muchacho había registrado, de la infidelidad de tía.

Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que su familia la había abandonado y la sociedad juzgado.

Sabíamos que uno puede reponerse a muchas cosas, pero la muerte de un hijo marca desde el fondo del corazón hasta las entrañas mismas, y la muerte te acompaña siempre vayas a donde vayas, hagas lo que hagas. En tu corazón guardarás el recuerdo de una vida.

No sabíamos si leer o no esas cartas sacadas del baúl; Néstor opinó que cuando llegáramos a casa, tranquilos las podríamos abrir.

La noche caía sobre nosotros y un manto de estrellas titilaban como luciérnagas enardecidas. Bajamos del auto y miramos el cielo que con las manos podíamos tocar, estaba tan claro y despejado que se podía ver la vía láctea, cuando descubrimos la hermosura de la naturaleza.

Guardamos cuidadosamente el momento y alcanzamos haber una estrella fugaz. Esto tenía que ser un buen augurio.

Nos limitábamos a buscar verdades ocultas, y nos habíamos encontrado con algo que sorprende y angustia. Habíamos descubierto algunas que no nos gustaban y en camino ya el silencio nos acompañó.

—Uno que muchas veces deja de sentirse libre, no razona parte de las cuestiones que esta viviendo. Pensé en voz alta.

Néstor que era un maestro en cuestiones de filosofía explicó:

Kant distingue dos mundos: el mundo de la naturaleza y el mundo de la libertad, el primero que está determinado por la causalidad natural y junto a ella la causalidad por la libertad.

El hombre es un sujeto psico-físico que está sometido a leyes físicas y psíquicas.

Él lo llamaría un yo empírico. La voluntad se determina por estímulos y en este sentido no es libre.

A su vez hay un yo puro que está determinado por las leyes de la libertad, y esto tiene mucho que ver con la moralidad.

En esta esfera podríamos hablar de lo que le sucedió a Amelia.

Luego de una clase elegante y una manera de explicar la naturaleza y libertad del hombre, llegamos a destino inundados por el silencio.

Cada uno de los que habíamos estado allí pudimos pensar en una idea más justa de lo que es realmente la libertad y sus determinantes.

¿Acaso la ética no influye en cada ser humano de una forma regulativa?

Cada cosa sucede por alguna razón. No hay nada librado al azar. Néstor nos había aclarado gran parte de lo que debíamos pensar.

En la casa no solo habitaba un espectro sino tres, dos niños y un hombre que de no haber sido por Dolores nunca lo hubiésemos sabido.

El niño coincidía con los datos encontrados en la iglesia y las respuestas del sobrino nieto de Lorenzo, pero de los otros dos eran un misterio.

Según las fotografías eran dos pero, ¿por qué dos?, Si todo indicaba que tía había tenido un solo hijo. Nos faltaban algunos datos sobre la niña morena, yo diría todos, ya que de ella no sabíamos nada y menos del hombre que también habitaba el lugar.

Los lazos por alguna circunstancia los unían a todos, al menos eso delataba nuestra intuición.

Pensando en lo que yo tenía agradecí a Dios y abrazando a mi marido e hijo, lloré.

No sabía expresar mis sentimientos. Por muchos años mi esposo me pedía lo que en el transcurso de unos minutos había logrado.

Muy adentro todavía llevaba una pesada carga por el abandono de mi padre, a quien amaba y nunca se lo había podido decir.

Así que me prometí a mi misma llegar a él para decirle que lo amaba.

Después de cenar abrimos una a una las cartas y las leímos. Todas estaban dirigidas a tía. Creo que Cupido los había flechado fuerte, porque en ellas se juntaban el amor y la pasión; y todas terminaban con... quien te ama...

Hablaba mucho de una enredadera que junto a la pérgola los acompañaba. Nada indicaba el trágico destino de esas dos personas que tanto se amaban.