Más allá de los planos: Los secretos de tía Amelia Capítulo VI
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Capítulo VI

La fotógrafa

La cocina seguía siendo el lugar más incómodo de toda la casa.

Después de la inesperada huida del vidente, ninguno de nosotros volvió a sentirse tranquilo allí. Sin embargo, el miedo tiene una forma curiosa de manifestarse: cuando resulta insoportable, solemos disfrazarlo de risa.

Roberto encontró un viejo mantel blanco, se lo echó sobre la cabeza y comenzó a caminar lentamente por la cocina.

—Soy el espíritu de la casona... —dijo con una voz tan grave que parecía salir de una caverna.

Todos estallamos en carcajadas.

Néstor no quiso quedarse atrás.

Empezó a contar historias de aparecidos que, según él, habían ocurrido en antiguas estancias entrerrianas. Cada relato era más exagerado que el anterior.

—Y cuentan que, cuando alguien entraba al sótano, escuchaba pasos detrás suyo... pero al darse vuelta no encontraba a nadie.

—¡Callate! —rió Clara mientras le arrojaba un repasador.

Por unos minutos conseguimos olvidarnos del miedo.

Hasta que un destello blanco iluminó toda la cocina.

El fogonazo fue tan intenso que, por un instante, quedamos completamente cegados.

Nadie respiró.

Sentí cómo el corazón me golpeaba con fuerza en el pecho.

Giramos al mismo tiempo hacia la puerta.

Allí estaba Dolores.

Cámara en mano.

Todavía sostenía el dedo sobre el disparador.

—¿Qué pasó? —preguntó desconcertada.

Los cinco comenzamos a hablar al mismo tiempo.

—¡Casi nos matás del susto!

Ella abrió los ojos sorprendida.

—¿Por el flash?

Clara todavía tenía una mano apoyada sobre el pecho.

—Elegiste el peor momento para sacar una foto...

Dolores rompió a reír y enseguida pidió disculpas.

—Perdón... jamás imaginé que estuvieran tan concentrados.

Néstor la acompañó por la casa y le mostró los lugares que el vidente había señalado como los más extraños.

Ella fotografiaba todo.

Los pasillos.

La escalera.

Los vitrales.

La cocina.

Los dormitorios.

Cada rincón.

Lo hacía con el entusiasmo de quien enfrenta el desafío más extraño de toda su carrera.

Nosotros, en cambio, comenzábamos a esperar que aquella cámara fuera capaz de mostrar aquello que nuestros ojos no conseguían ver.

Al mediodía el calor se hizo sentir.

Como el patio permanecía protegido por los altos muros, decidimos almorzar al aire libre.

Habíamos preparado sándwiches, frutas, gaseosas y una gran jarra de limonada con hielo.

Mientras acomodábamos la mesa, Roberto fue hasta el auto y regresó con un viejo grabador portátil.

—Basta de tanta tensión. Pongámosle un poco de música a esta casa.

Todos estuvimos de acuerdo.

Por primera vez desde que habíamos heredado la casona, comenzamos a imaginarla llena de vida.

Hablamos de sembrar césped.

De plantar rosales.

De recuperar el jazmín que sobrevivía al fondo del jardín.

Néstor incluso propuso construir una pequeña piscina.

—Imaginen los veranos acá...

La idea nos hizo sonreír.

Entonces ocurrió.

La música seguía sonando.

De repente escuchamos un tintineo.

Muy suave.

Muy lejano.

Giramos hacia el salón.

La enorme araña de cristal se balanceaba lentamente.

Sus caireles chocaban entre sí produciendo un sonido delicado, casi musical.

Ninguna ventana se había cerrado.

No corría una sola brisa.

Y, sin embargo...

La araña seguía moviéndose.

Roberto apagó el grabador.

El silencio volvió a llenar la casa.

Poco a poco...

La araña dejó de oscilar.

Nadie comentó lo sucedido.

No hacía falta.

Todos habíamos visto exactamente lo mismo.

En ese momento apareció mamá.

Llevaba la segunda carta entre las manos.

Se sentó junto a nosotros y comenzó a leer.

"Todo llegará a su debido tiempo.

Sé que ya has buscado ayuda.

Pero nadie podrá romper el hechizo.

Solo tú podrás hacerlo.

No permitas que el miedo de los demás se convierta también en el tuyo.

La casa ya comenzó a mostrarte dónde buscar.

Vas por el camino correcto.

Cuando encuentres la tercera carta comprenderás mucho más de lo que ahora imaginas.

Perdóname por obligarte a descubrir la verdad poco a poco.

Las circunstancias nunca me permitieron escribir una única carta."

Terminó de leer.

La carta no respondía ninguna de nuestras preguntas.

Pero, al mismo tiempo, parecía conocernos.

Como si Amelia supiera exactamente lo que estábamos viviendo.

El tiempo comenzaba a jugar en nuestra contra.

En apenas una semana debíamos regresar a nuestras obligaciones.

Necesitábamos respuestas.

Esa misma tarde fuimos al taller de don Alberto.

El restaurador nos recibió con gesto preocupado.

—No entiendo qué pasa con este cuadro.

Nos mostró la pintura.

—Probé todos los métodos que conozco.

Las manchas desaparecen durante unos minutos...

y después vuelven a aparecer.

Nos explicó que estaba esperando un producto especial traído desde Italia.

—Quiero intentar una vez más.

Si tampoco funciona...

se los devolveré.

No voy a cobrarles un centavo.

Salimos del taller todavía más confundidos.

Para despejar la cabeza nos reunimos con Dolores en una confitería.

Ella nos contó que algunas fotografías habían salido perfectamente y otras se habían velado por completo.

No le dimos demasiada importancia.

Conversamos de cualquier cosa.

Reímos.

Por unas horas conseguimos olvidarnos de la casa.

A la mañana siguiente Dolores apareció con un sobre enorme.

Dentro estaban todas las fotografías reveladas.

Las acomodó cuidadosamente sobre la mesa.

Fuimos observándolas una por una.

La fachada.

El jardín.

El salón.

La escalera.

La cocina.

Todo parecía completamente normal.

Hasta que Francisco señaló una imagen.

—Mirá, mami...

Ahí están Milagros y Nelson.

Lo miré sin comprender.

—¿Dónde?

El pequeño apoyó su dedo sobre la fotografía.

—Acá.

Al lado mío.

Observamos la imagen.

No había absolutamente nada.

Dolores tomó una lupa.

La acercó lentamente.

Su expresión cambió por completo.

Nos pasó la lupa.

Miré.

Primero distinguí una leve sombra.

Pensé que era un defecto del revelado.

Seguí observando.

La sombra comenzó a adquirir forma.

Después aparecieron unos pequeños brazos.

Un rostro.

Un vestido antiguo.

A su lado...

otro niño.

Nadie respiraba.

Revisamos una segunda fotografía.

Luego una tercera.

Y otra más.

Siempre estaban allí.

Nunca en primer plano.

Nunca ocupando el centro de la imagen.

Como si hubieran evitado ser vistos.

Pero aparecían.

En todas.

Junto a Francisco.

La niña tenía la piel morena y el cabello oscuro.

El niño era muy blanco, casi transparente.

Vestían ropas de otra época.

Y ambos sonreían.

No eran manchas.

No eran errores del laboratorio.

Eran dos niños.

Los mismos que Francisco describía desde el primer día.

Sentí un profundo alivio.

Mi hijo no estaba inventando nada.

Las lágrimas comenzaron a correr sin que pudiera contenerlas.

Lo abracé con fuerza.

Él simplemente sonrió.

Como si todo aquello le pareciera completamente normal.

Durante horas analizamos las fotografías.

Buscamos explicaciones.

Discutimos.

Volvimos a mirar.

Hasta que, casi sin darnos cuenta, todos llegamos a la misma conclusión.

Los dos niños eran los "angelitos" de los que Amelia hablaba en sus cartas.

Los mismos que, según ella, la habían acompañado durante toda su vida.

Solo quedaba una pregunta.

¿Por qué ahora habían elegido acompañar a Francisco?

—¿Qué hacen dos almas pequeñas acá? ¿De qué nos protegen? Pensaba en voz alta meciéndome el cabello.

—_De algo deben protegerse. —dijo Dolores.

—¿Te parece que se refiere a la maldición?

—Puede ser. Ella les está indicando con palabras sutiles la peligrosidad de la imprecación.

No había motivo para sentir miedo, solo eran fantasmas. Niños de distintas razas, encerrados entre cuatro paredes y por lo visto hacía mucho tiempo que habitaban el lugar. Lo más importante era que si habían protegido a tía lo harían con nosotros.

No estábamos frente a cosas reales, sino fantásticas y mucho no sabíamos acerca de esto, tal vez las explicaciones de Amelia no eran muy claras así que hicimos una reunión familiar para discutir a qué nos enfrentábamos.

Al querer reconstruir un pasado casi desconocido, las situaciones nos sobrepasaban no teníamos armas para liberar estas visiones.

Esa extraña razón era la clave de todo lo desconocido, había que encontrar la verdad a cualquier precio.

Mamá, para tía, era la única que tenía el tesón y la fuerza para alcanzar la liberación total. A su vez era una gran responsabilidad la que le había demandado ¿Y si no lo lograba?

Tratamos de templar nuestro carácter a la realidad o fantasía que denotaba el lugar.

Nada más intrigante que cuestiones que uno no puede resolver. De no haber sido por el escaso tiempo que nos quedaba hubiésemos canalizado nuestros retos por otro lado.

Por alguna razón Francisco había logrado comunicarse con ellos y analizando todas las posibilidades llegamos a una conclusión: usaríamos a Francis como interlocutor entre los fantasmas y nosotros. ¡Acaso encontraríamos la verdad!

Lo factible era lógico, pero cómo pedirle sin que se dé cuenta de lo que estábamos buscando ya que para él eran reales y sobre todas las cosas sus amigos.

A dolores se le ocurrió que si ella le decía que le quería sacar algunas fotos junto a sus amigos él accedería y sabiendo utilizar un poco la psicología, en esa sesión podríamos interrogarlos fácilmente.

Para ella la parte psicológica de las personas era un hobby.

Siempre contaba que después de sacar fotos en distintos lugares, ya sea fiestas de cualquier tipo o las que hacía para los modelos, al revelarlas estudiaba las posturas o poses y sabía que canalizando todas las posibilidades descubría la personalidad de cada individuo.

Accedimos gustosos a este experimento, y llamamos a Francis y le dimos la noticia.

El no debía sospechar, entonces Dolores dijo:

—Bueno. Elijan un lugar en donde se sientan más a gusto. Cuando estén los tres juntos me llaman que yo iré con todos los elementos.

Vimos como les hablaba y les pedía que lo acompañaran, las pausas demostraban que así lo hacía y esperamos la respuesta.

—Dolores, ellos dicen que quieren quedarse cerca de la ventana porque les gusta mucho el sol.

—Bueno ¿por qué no se acomodan y comenzamos? Dijo con cámara en mano presta a la situación.

Dolores comenzó con las tomas, se hincaba, paraba, torcía la cámara hacia un lado hacia otro. Entonces comenzó el diálogo:

—Pregúntales si hace mucho que están en esta casa.

Francisco les preguntó —Dicen que desde que nacieron.

—¿Cuánto hace de eso? Y el niño seguía con las preguntas.

—No conocen lo que es cuanto.

—Y decime, ellos saben por qué están acá.

—No. Pero había una persona que los amaba muchísimo y que para que no estuviera sola decidieron acompañarla para hacerla feliz.

—¿Quién los amaba mucho?

—Dicen que la mamá.

—Y, alguien más vive en esta casa.

—Sí pero dicen que un señor muy malo. Prosiguió Francis con una mirada que nos indicaba que se estaba violentando.

—¿Dónde lo podemos ver?

—Dicen que vive en la cocina y que nunca se deja ver. Señalando con su mano la dirección

—¿Y por qué vive allí?

—Porque es oscura y triste.

—Pregúntales si hablan con él.

—No. Solo los corre y les grita, sobre todo a Milagros.

—¿La mamá también lo veía?

—Él fue el culpable de que mamá estuviese tan triste.

Sin más preguntas sin más preguntas porque el interlocutor estaba distraído, Dolores siguió tomando fotografías y cuando terminó les indicó que ya podían ir a jugar.

No hicimos ningún comentario porque no queríamos que los niños nos oyesen, entonces mi amiga nos invitó a su laboratorio a Clara y a mí.

Los demás sabían que por alguna razón nos retirábamos de la casa y sin decir palabra nos fuimos.

Al llegar Dolores reveló las fotos, mientras con Clara preparamos unos mates, como es costumbre de los entrerrianos, y pusimos un poco de música.

La idea era distraerse aunque sea por unos instantes y volver a nuestra vida normal y monótona.

En definitiva nada de lo que sucedía lo habíamos dispuesto nosotras, y cuándo uno quiere cambiar por propia voluntad está bien, pero cuando te hacen vivir cosas que no entendes bien, no es muy agradable.